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Las Incondicionales

martes, 10 de agosto de 2010

Fuego Quemante



Wiiii...por fin mis niñas hermosas, preciosas, mias de mi corazon. Les traigo un nuevo capitulo de Custodiando al amor con ranking M...sip, hoy hay lemmon y no se preocupen que prox sera aun mejor!!
Espero les guste, y comenten...no me abandonen plis. Miren que muero si lo hacen.
Se mueren...este capi tiene 16 pags :S jajaj lo que hace el atrasarse..jajaj
Aclaracion: Creo que cometi un error al decir que este fic estaba "basado" en un libro de Connie Lane....hace unos dias aprendi que en realidad es una "adaptacion" de la historia...espero las presonas que me lo dejaron claro lo tengan en cuenta cuando me manden esos correitos tan bien versados en palabras zoeces....en fin.
Las que siguen este fic, gracias por leer...ya lo tienen mas claro ahora...Es increible pero les aviso que quedan pocos capis.
Sin mas que decir, ademas de darle las gracias por el recibimiento que ha tenido FER y su historia Angel Mio, solo me despido con un enorme beso para cada una de ustedes
Las Quieroooo
Neny W Cullen


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FUEGO QUEMANTE

Bella se miró al espejo de la cómoda y recordó una vez más que Edward era un seductor de nacimiento. Recordó también una vez más que eso a ella no le afectaba. Se preguntó, una y otra vez, por qué, si todo aquello era cierto, si sabía quién era él y supuestamente ella era inmune a sus encantos, se había vestido para ir a la bolera.

Buena pregunta. Sin respuesta; al menos ninguna que ella considerara correcta sin salir perjudicada. Sabía que si lo hacía, las palabras «superficial» y «egoísmo» resonarían en su cabeza, junto al popular «más caliente que el infierno».

De no haber sido ella superficial y egoísta, no se habría sentido arrastrada a lo que, a todas luces, era una maniobra por parte de Edward para tranquilizar su enojo. Aunque prefería pensar que no se había puesto más caliente que el infierno, estaba dispuesta a admitir que los dos minutos que había pasado con el en el porche le habían provocado un calentón de los que solo el en los últimos meses le sabia provocar. De otro modo, no habría permitido que esos ojos color miel la persuadiesen.

No habría escuchado la vibración de su voz en el aire como pecado puro, no habría notado que, durante todo el tiempo que la había tenido tomada de la mano, había descrito círculos en la palma con su pulgar. Eso no le habría afectado. Nada de todo ello. Y no estaría aún temblando como una adolescente arreglándose para su primera cita.

Pero allí estaba, con sus mejores vaqueros azules y la camiseta de la bolera de alguien llamada Esme, que le quedaba simplemente perfecta, quizá un poco ajustada en el pecho. Bella se compuso la camiseta y echó el brazo hacia atrás para asegurarse de que los botones no saltarían cuando lanzase la bola. Con la seguridad de que no sería así, agarró el bolso y se encaminó hacia la puerta.

Antes de llegar a ella, oyó que el ya llamaba con unos golpecitos.

—¿Estás lista? —le preguntó—. He visto a Jasper y Alice sacando el coche, estarán aquí en un par de minutos.

—Sí, ya voy —Bella se miró por última vez al espejo. Luego abrió la puerta y contuvo el aliento, asombrada.

Al parecer, Carlisle, seria exactamente igual al tamaño de Edward pues la camisa de la bolera le quedaba simplemente espectacular. La llevaba abierta encima de una camiseta blanca. Su aspecto sin duda iba a llamar la atención entre los otros jugadores, pero Bella intuyó que esta vez a el no le importaría llamar la atención del resto del mundo. Además, no había sido aquel audaz atuendo lo que la había asombrado. Tampoco había sido la media sonrisa vacilante que jugueteaba en sus labios. Era el desordenado ramo de flores que llevaba en la mano.

—Son para ti —le dijo, tendiéndole el ramo.

Bella miró las petunias y las caléndulas de amortiguados colores bajo la luz crepuscular del pasillo: un dorado que parecía haber perdido el brillo, un rojo demasiado marrón y un blanco tan amarillo como una sábana antigua. Las flores provenían de ese pequeño trozo de tierra pedregosa que el, con excesiva benevolencia, llamaba su jardín. Desde el primer día que trabajó en él había quedado claro que no tenía ni idea de lo que era la jardinería, y los frutos de sus esfuerzos eran prueba de ello.

Con una mirada al ramo de flores, Bella supo que aquel hombre tenía una legión de diseñadores de ropa, interioristas y decoradores que hacían que todo lo que tocaba pareciese costar un millón de dólares. Si hubiese estado acostumbrado a tomar decisiones sobre su vestuario, habría preparado aquel ramo con bastante más estilo. En cambio, las caléndulas, gruesas y redondas, estaban todas en un lado y las petunias, con su forma atrompetada, estaban en el otro.

Era otro intento evidente de aquietar las turbulentas aguas que discurrían entre ellos; pero el ramo no había quedado muy lucido. Era un ramo de flores patético, se dijo a sí misma, y era también una de las cosas más dulces que había visto en su vida.

Se le formó un nudo de emoción en la garganta y tosió para librarse de él, al tiempo que se recordaba que Edward era un seductor profesional.

—¡Muy bien! —le dijo—. ¡Te ha quedado muy bien! —Le quitó las flores porque no soportaba verlo allí, tendiéndole el ramo, ni un minuto más—. ¿Te has creído que una salida a la bolera y unas cuantas flores van a hacer que me sienta mejor por lo que ocurrió la semana pasada? ¿Te has vuelto loco?

—No —sonrió el- Mira... —Metió las manos en los bolsillos de los vaqueros. Bella no pudo evitar fijarse en el modo en que los pantalones le caían por debajo de la cadera, porque le daban un aire apetecible y peligroso. Se negó a dejarse afectar por su sonrisa infantil y por el brillo de sus ojos, chispeantes como fuegos artificiales en la penumbra del pasillo. Se prohibió recordar cómo le había acariciado la palma de la mano con el pulgar, porque de hacerlo, la palma de la mano y el resto de su cuerpo gritarían pidiendo más, y se negaba a darle algo más a un tipo que no era sino un niño mimado. —Sé que en la velada de lucha lo estropeé todo. Y sé lo enojada que estás, tienes todo el derecho a estarlo. Has hecho todo lo que has podido por mi seguridad y yo he estado tonteando con el peligro desde el primer día. —rápidamente cruzó el umbral de la puerta y se acercó al ramo de flores que ella se había colocado ante su pecho como si fuera un escudo. Arrancó un solo pétalo de una de las caléndulas y, sosteniéndolo entre el índice y el pulgar, rozó con él la mejilla de Bella que rapidamente se sonrojo. Su tacto era suave como una pluma, era un pétalo muy liso. Su aroma especiado le llenó la nariz y, aunque sabía que era un movimiento estratégico equivocado, la muchacha cerró los ojos.-

-Solo nos queda un mes de estar juntos. —La voz de Edward resonó en su interior como aquella embriagadora fragancia y el cosquilleo de sus dedos—. Y te prometo... —Se inclinó hacia ella, bajó la voz y, le gustase o no, Bella se obligo a abrir los ojos. Tenía que ver qué se traía entre manos. Vio que el se encontraba a escasos milímetros de distancia y no sonreía. Estaba totalmente serio. Era una parte de él que nunca había llegado a ver o que tal vez nunca había notado—. No puedo prometerte que seré perfecto —le dijo—, pero te prometo que no me escabulliré más. No puedo prometerte que éste será el mejor mes de tu vida, pero te prometo que no te molestaré ni haré que te preocupes pensando que estoy jugando con mi vida. No puedo prometerte que te haré feliz, Bella, pero te prometo que lo intentaré. Estoy en deuda contigo por todo lo que has hecho por mí.

Para ser un niño mimado, había aprendido muy bien a disculparse.

Bella ni siquiera se había dado cuenta de que había estado conteniendo el aliento hasta que descubrió que ya no le quedaba aire en los pulmones. Respiró hondo y, de forma instintiva, retrocedió un paso para poner distancia entre Edward y todas las sensaciones que la presencia de éste despertaba en su interior.

Al parecer, por primera vez el no se vio despreciado ante sus dotes de Romeo. Le dedicó una sonrisa tan cargada de electricidad como para iluminar la Gran Manzana la víspera de Año Nuevo.

—¿Preparada para ir a la bolera? —preguntó. Acto seguido, le ofreció el brazo y Bella lo aceptó, por más que supiera que al hacerlo estaba aceptando mucho más que eso

***

Desde el punto de vista de Bella, tendría que haber sido capaz de encontrarle algo de sentido a lo que estaba ocurriendo. Era una investigadora con experiencia y, aunque en aquel momento no le venía a la mente ninguna, sabía que a lo largo de su carrera había afrontado situaciones mucho más desconcertantes que ésa.

Tendría que haber imaginado qué derroteros tomaría la velada al ver que Jasper le abría la puerta del auto a Alice y que Edward hacía lo propio con ella. Tendría que haberlo sabido cuando su vecino corrió a comprar más cerveza y cheetos de queso para su esposa y Edward lo imito aun cuando a ella le quedaba media cerveza y habia confesado no gustarle los cheetos.

En algún lugar recóndito de su ser, allí donde el cerebro todavía le funcionaba y los nervios no estaban alterados y la imaginación no corría desbocada investigando todas las posibilidades, probabilidades e improbabilidades, Bella sabía que tendría que haber descifrado el código, adivinado el acertijo.

Pero no fue así.

Porque al otro lado de una de las mesas rojas de fórmica del bar de la bolera, mesas que le conferían al salón un toque especial, Jasper tomó a Alice por el hombro y la atrajo hacia sí. Y Bella se preguntó si Edward haría lo mismo con ella; la expectativa le produjo un cosquilleo.

Y tal como había esperado, tal como había deseado y tal como había temido, su compañero no perdió ni un solo segundo. Por el rabillo del ojo vio cómo alargaba un brazo por encima del respaldo, forrado con algo que no tenía la calidad suficiente como para ser calificado de piel sintética. Al cabo de un segundo, la tomó por el hombro y la atrajo hacia sí.

A Bella se le detuvo el corazón. Sabía que eso era físicamente imposible, pero habría jurado que era cierto. El corazón se le detuvo y luego se puso en marcha otra vez, con tal estruendo, que se preguntó si todo el mundo en la bolera lo habría notado por encima del ruido de los bolos que caían y de las bolas que se deslizaban por la madera encerada de las pistas.

El brazo de Edward se posó sobre sus hombros. El vello oscuro de sus brazos le hacía cosquillas en la nuca. Con la mano, la tomó del hombro y sus dedos repiquetearon alegres en su brazo.

En aquel momento supo que era mejor no pretender encontrarle el sentido a nada, porque sabía que no podría hacerlo y porque cada una de sus terminaciones nerviosas, esos pequeños individuos que se pusieron firmes, y saltaron y subieron y bajaron gritando su rendición le mandaron un claro mensaje. No le importaba qué pretendía el, ni por qué, siempre y cuando no se detuviese.

—Así que ésta es la historia —termino Jasper con una risotada a lo que le estaba contando a lo que Alice y Edward se unieron a las carcajadas Bella hizo lo propio aunque no tenía ni idea de qué se reían. No había prestado atención a la conversación.

Alice se inclinó sobre la mesa y miró a Bella con impaciencia.

—Ahora te toca a ti —dijo—. Cuéntanos cómo se conocieron.

El cerebro de Bella tardó un par de segundos en ponerse en marcha. Cuando por fin lo hizo, miró a Edward para transmitirle el mensaje de que lo tenía todo bajo control. La persona que en Nueva York había creado sus nuevas identidades, sus antecedentes familiares, había previsto que, algún día, tendrían que responder de ellas. Asi que ella se sabía de memoria la historia desde antes de salir de Manhattan.

—Nos conocimos en el trabajo. —Sonrió a los vecinos y cuando vio que éstos la miraban boquiabiertos, borró su sonrisa—. En el trabajo —repitió, pensando que no la habían oído. Y si la habían oído, que esperasen un poco a saber más—. Trabajábamos juntos, en la acería.

—Cariño, creo que los chicos ya se lo imaginaban. —Edward le dio un pellizco en el hombro—. Lo que desean es la historia auténtica.

—La historia auténtica—Bella abrió la bolsa de cheetos para ganar tiempo y dar con una historia auténtica—. No hay mucho más que contar —añadió. Tomó un puñado y se los metió en la boca. Esperó unos segundos antes de empezar a masticarlos—. Pues eso, Emmett y yo nos conocimos en el trabajo, y ya está.

—¡Así es mi chica! Demasiado tímida para reconocer la verdad. — Edward rió y se echó hacia delante llevando consigo a Bella, empujándola con la cara interior del codo. Se acomodó en un extremo del reservado, volviéndose de tal modo que Bella, con un leve movimiento, pudiese sentarse en su regazo.

La posibilidad le produjo un chisporroteo de sensaciones en todo el cuerpo y, durante un segundo, estuvo a punto de seguirle el juego al hombre que tenia a su lado. A los vecinos no les habría importado. Para ellos, Emmett y Rose eran jóvenes y recién casados, y las parejas jóvenes de recién casados, cuando salían juntos, solían dejarse llevar por ese tipo de demostraciones. Pero desenmascararlo a él habría significado desenmascararse a sí misma y realmente no estaba preparada para ello. No estaba dispuesta a admitir que sentarse tan cerca de Edward Cullen no sólo provocaba en ella pensamientos impuros, contra los que sor Mary Helen les había advertido, sino otros que ni dos sor Mary Helen juntas habrían logrado imaginar. Aquello era en lo último que quería pensar allí, en un reservado de la bolera.

Bella se quedó paralizada. No podía hacer otra cosa que permanecer sentada, con Edward abrazándola y rozándole el muslo con el suyo, sintiendo su boca tan próxima que, cuando se volvía a mirarla, su aliento le acariciaba la mejilla. Eso habría sido un problema de no haber decidido que le gustaba. Le gustaba, y mucho, y quizá le sacaría el máximo partido posible.

Con un suspiro, apoyó la cabeza en el hombro de el. Olió su colonia barata. El aroma se mezclaba con el calor de su piel y las fragancias características de la bolera: los perritos calientes cociendo en la barra al otro lado del pasillo, la cerveza en vasos de plástico y las zapatillas alquiladas.

La cabeza le daba vueltas como un remolino, Jasper y Alice parecían dispuestos a tragarse cualquier fantasía que Edward les explicara y ella decidió escuchar.

—Yo trabajaba en la fábrica —dijo el y, aunque escuchaba con tanto interés como los vecinos, Bella se preguntó si alguna vez Edward se habia visto a si mismo en una fabrica; imaginó que, de haber estado, lo habría hecho montado en un coche eléctrico y rodeado de ejecutivos—. Y mi Rose trabajaba en la oficina de la fábrica. Y les diré una cosa, la primera vez que la vi... —Edward se echó a reír y ella alzó la cabeza de su hombro para mirarlo. Vio que sacudía la suya como si intentase ordenar sus recuerdos. No la miraba, tenía la mirada perdida más allá de sus amigos, más allá de la barra del bar y la televisión que retransmitía el partido de los Indians, en algún lugar donde los jugadores de bolos estaban a punto de reanudar la partida tras el descanso. En su expresión había tanta ensoñación como en su tono de voz—. La primera vez que la vi pensé que alucinaba o algo así. Es tan bonita... Pero cuando la vi por primera vez llevaba uno de esos trajes de falda larga y chaqueta que ocultan todo lo que una mujer hermosa nunca debería ocultar. Y una de esas camisas —añadió—, de esas abotonadas hasta la garganta. Iba vestida así porque estaba haciendo su trabajo, y estaba intentando convencer a alguien de que hiciese algo, pero ese alguien era muy cabezota y un estúpido y un creído y no quería dejarse convencer ni pensaba que necesitase ayuda de nadie para hacer nada. Y ella hizo su trabajo y lo hizo muy bien.

-

Edward regresó del lugar al que sus recuerdos le habían llevado, sonrió a Bella mirándola a los ojos y ésta sintió un respingo en su corazón.

—Bella le salvó la vida a ese tipo —añadió con devocion—, y él ni siquiera se ha tomado la molestia de darle las gracias.

—¿Le salvó la vida? —El sonido de la voz de Alice rompió el hechizo que había hecho olvidar a Bella que no estaban solos.

—Le salvó la vida, metafóricamente hablando, claro —se apresuró a añadir el con una carcajada—. Bueno, yo trabajaba en la cadena de montaje. —Se encogió de hombros y frotó la espalda de la chica que tenia sentada a su lado con el brazo. Esta hizo caso omiso del temblor que recorrió su columna vertebral y se hizo con otro cheeto—. Sabía que aunque tuviera el coraje de abordarla, no me haría caso. Sabía que si le pedía para salir, me diría que pertenecíamos a mundos distintos.

Bella habría podido fingir que no había captado el sentido oculto de la primera parte de la historia, pero en esta ocasión ya no pudo hacerlo. Sabía exactamente a qué se refería el. Se atragantó con los ganchitos y tuvo que beber un sorbo de cerveza. Después de eso, cuando se volvió, vio que Edward la observaba con atención.

En sus ojos había un mensaje inconfundible, y la pequeña sonrisa que vibraba en la comisura de sus labios hacía vibrar la diminuta cicatriz en forma de luna creciente. La única cuestión era saber cuál era ese mensaje.

Al parecer, estas cuestiones no preocupaban a Edward, que siguió adelante con su historia.

—Pero no dejé que eso me detuviese —dijo, mirando a los vecinos—. No me importaba lo que Rose dijera. Cada día me buscaba una excusa para ir a la oficina. Mi supervisor me descubrió enseguida, pero se puso de mi parte y siempre me mandaba allí con pequeños recados, como recoger el correo, etcétera. Y siempre que iba, miraba fijamente a Rosalie. —Puso un dedo bajo la barbilla de Bella y volvió su rostro hacia él.

Aunque ella sabía que el relato y las miradas amorosas que lo acompañaban eran falsos, notó que se le aceleraba el pulso y que se le calentaban las entrañas. Era todo inventado, se recordó. Era todo ridículo, formaba parte de una elaborada mentira para engañar a las dos personas que tenía sentadas delante, para que creyesen algo que estaba lejos de toda posibilidad, que ni tan sólo era divertido.

—Y una vez... —Edward respiró hondo y soltó el aire despacio, en forma de suspiro que rozó los labios de Bella—. Una vez me fijé en cómo entraba la luz del sol por esas altas ventanas que había en la oficina y vi que el cabello de esta mujer era de color miel y que sus labios parecían rosas y que sus ojos eran tan azules como el retazo de cielo que yo veía por la ventana. Y allí, en aquel preciso momento, supe que me casaría con ella

Mentiras. Aquella palabra resonó en la cabeza de Bella.

Mentiras, mentiras, mentiras.

Mentiras que sonaban muy bien y que sentaban muy bien. Mentiras que ablandaban su interior y convertían el exterior en una gigantesca antena de radio que recibía alto y claro el mensaje de Edward, convertido en impulsos electrónicos que campanilleaban en cada centímetro de su piel.

—¡Qué romántico! —Alice estaba tan excitada como Bella, aunque no se trataba del mismo tipo de excitación ni lo estaba por la misma razón, pero se revolvía en el asiento, impaciente y ansiosa por oír más.

—¿Y le pediste que se casara contigo, allí mismo y en aquel momento?

—¡Qué va! —rió Edward volviendo a la historia, la falsa historia—. No le dije ni una palabra. Al cabo de un par de semanas hice acopio de fuerzas para pedirle que saliese conmigo.

—¿Y? —Alice se inclinó hacia delante.

—Y cuando llegué a la oficina, descubrí que había dejado el empleo, que ya no trabajaba allí.

Jasper y Alice se desinflaron como globos ante los ojos de Bella y ella lo comprendió a la perfección. Dondequiera que llevase la historia que estaba improvisando no importaba, pues era una buena historia. Incluso ella estaba impaciente por saber cómo se encontrarían de nuevo Rosalie y Emmett.

Jasper tomó un gran trago de cerveza. Al parecer, la intriga y el suspense eran demasiado para él.

—Y entonces, ¿qué hiciste? —preguntó.

—Eso —dijo Bella, sin poder contenerse. Todo aquello le resultaba asombroso. Miró a Edward para indicarle que, ya que se había animado a construir semejante historia, sería mejor que la rematase de manera interesante—. ¿Qué hiciste?

—Ya sabes lo que hice —le respondió, jugueteando con su mano—. Les pedí tu dirección, y ya sabes que no quisieron dármela, porque decían que era confidencial. Que no podían revelarla porque formaba parte de la ficha del empleado.

—¡Qué pena! —Alice suspiró, con los ojos bien abiertos y engulló otro ganchito—. Suerte que sé que esta historia tiene un final feliz, si no, no podría soportarlo. ¿Y cómo encontraste a Rose?

—Pregunté por ahí. Además, era una persona muy reservada, nadie sabía mucho de ella, pero entonces recordé que un día, después del trabajo, la vi montar en el autobús que se detenía justo delante de la fábrica y tomé ese autobús.

—¿En serio? —preguntaron Bella y Alice al unísono.

—Claro que sí —sonrió el—. Tomé ese autobús cada día durante dos semanas. Ni siquiera sabía qué buscaba pero no dejaba de mirar por la ventanilla hasta que un día... Bueno, allí estaba, camino de su apartamento.

—¿Y tú...?

—Me apeé del autobús de un salto —le respondió Edward—. Corrí por la calle y al tenerla delante le dije que era la muchacha más bonita que había visto nunca. Estaba dispuesto a pedirle que se casase conmigo, pero bueno, esperé a que saliéramos juntos por primera vez.

—¿Te pidió que te casaras con él la primera vez que salieron? —Alice se llevó una mano al corazón y se volvió hacia Bella—. Qué romántico... ¿Y tú le dijiste que sí?

—No pude resistirme. —Bella intentó reír pero no lo consiguió, un nudo en la garganta se lo impedía. La historia era falsa, de principio a fin; se recordó que ya la conocía y que sería mejor que no la olvidase. Sin embargo, tenía un grado de ternura, un elemento de potencialidad, encerraba tantos «¿y si...?». Todo ello le hacía pensar que sus vidas habrían sido muy distintas si Edward no hubiese sido quien era y ella tampoco.

Hasta ese momento, nunca había pensado en ello. Las posibilidades, el potencial. Y nunca había querido admitir que, aunque estaba haciendo su trabajo, y haciéndolo muy bien pese a la escasa colaboración de Edward , estaba sucediendo algo más. Velaba por su vida porque tenía que hacerlo. Lo protegía porque al cabo de un mes tenía que declarar en un juicio contra determinadas personas que debían ser encerradas antes de que hiciesen más daño. Pero había otra cosa, más allá de preocuparse por él y seguirlo cuando se alejaba. Si mataban a Edward Cullen, la misión del FBI habría fracasado, pero además le dolería en lo más hondo de su ser. Si Edward dejaba de formar parte de su vida, lo echaría muchísimo de menos.

Al cabo de un mes, cuando ya no estuviesen juntos, lo echaría muchísimo de menos.

Ese pensamiento la pilló desprevenida. Pestañeó sorprendida, separándose de Edward, porque temía que de no hacerlo, él leería la verdad en su rostro. Sin ilusiones no hay desengaños. Bella sabía que era inútil malgastar la verdad en un ideal construido a base de mentiras y sueños imposibles.

—Eh, que nos toca volver a jugar. —Jasper se levantó de su asiento—. Tenemos tres partidas más, así que no te preocupes, Em —Pasó el brazo por encima de la mesa y le dio una palmada en la espalda—. Esta vez te saldrá mejor.

Bella lo dudaba, y por la expresión de Edward al contemplar las pistas de la bolera, a mitad de camino entre la abyecta rendición y un intensísimo dolor, supo que él también lo dudaba. Aunque su experiencia con los bolos era nula, al menos había querido intentarlo y, como mínimo, el resto del equipo no se resentía de sus inútiles intentos de tirar nada como no fuese la propia bola por la ranura lateral.

—¿Listos? —Bella salió del reservado y se dispuso a seguir a los chicos que ya iban adelante, camino hacia la pista número siete, donde esperaba el resto del equipo. Antes de llegar a su altura, Edward la tomó de la mano, tiró de ella y le preguntó:

—¿Qué te ha parecido mi historia?

—Improbable. —Bella puso los ojos en blanco y trato de ignorar el calor de su mano—. Más bien imposible. Demasiado traída por los pelos para que alguien pueda creerla.

—¿Lo cual significa que piensas que...?

—¿Has montado en autobús alguna vez en tu vida? No lo creo. —Se soltó de la mano de Edward y siguió caminando hasta la pista número siete antes de que él pudiese alcanzarla de nuevo. Pero si había aprendido algo de Edward era que se trataba de una persona persistente. Al cabo de un instante, estaba ya a su espalda. La volvió hacia él y le colocó ambas manos en la cintura.

Lo mínimo que podría haber hecho era pelearse con ella, por algo, con cualquier excusa. Lo menos que podría haber hecho era preguntarle por qué había salido corriendo para que ella pudiese ponerse a la defensiva y empezar a intercambiar insultos y acabar la partida y marcharse a casa sin nada en el aire entre ellos excepto el viejo resentimiento que había dado color a su relación desde el día en que se conocieron. Pero en el momento en que Edward la estrechó hacia sí, Bella supo que una pelea era lo último que el tema en mente. Le dedicó una sonrisa que se disolvió en ardiente calor.

—Nunca te he dicho lo mucho que agradezco todo lo que has hecho por mí.

—Es mi trabajo, ¿recuerdas? —Bella se pasó la lengua por los labios. Pese a la cerveza que había bebido, la boca se le quedó seca de repente.

—Pues haces muy bien tu trabajo. —La risa de Edward retumbó en su pecho y vibró en los huesos de Bella—. Y si siendo el director de una empresa he aprendido algo, es que siempre hay que darle las gracias a la gente que hace bien su trabajo.

Algo le dijo a Bella que si Edward se estaba refiriendo a dar buenas referencias suyas al FBI o a ofrecerle una prima por los servicios prestados, lo perdería de inmediato.

—¿Qué tienes en mente? —le preguntó.

—«Y ahora las noticias de última hora» —se oyó procedente del televisor. La vida real no se andaba por las ramas a la hora de interrumpir momentos importantes.

E

dward oyó esas palabras igual que ella. Retrocedió unos pasos y alzó la cabeza en dirección al televisor que había sobre la barra del bar.

Miraron hacia el televisor justo a tiempo de ver a un tipo atractivo con un traje de raya diplomática y unas gafas con montura metálica dando paso a unas imágenes en directo desde la terminal de un aeropuerto

—«Estamos en Los Ángeles- informaba una voz de mujer— y en este momento, Jacob Black, escritor, poeta y activista a favor de los derechos humanos está desembarcando del avión que le ha traído a la libertad. A arribado junto con su mujer Vanessa Wolf, quien a peleado por su vida desde el momento en que fue apresado»

—¡Eh! ¿Has oído eso? —La noticia era tan sorprendente que Bella no podía dar crédito a sus oídos. Por más que lo intentó, no había conseguido pasar de la tercera página del segundo capítulo de Extrañas libertades, pero no por eso se alegraba menos. Nadie merecía las falsas acusaciones de las que había sido objeto; todo el mundo merecía ser libre. Agarró la manga de Edward con las dos manos y le dio un pequeño tirón—. ¿Lo has oído? —le preguntó—. Black ha sido liberado. —Vio cómo Jacob Black bajaba las escalerillas del avión de la mano de su esposa y caminaba hacia las cámaras.

Se le veía más delgado que en la foto de la solapa del libro de Bella, más delgado y macilento pero más contento que unas pascuas. Se acercó a la nube de fotógrafos, dijo algo en indio y enseguida fue escoltado por unos tipos trajeados y con gafas de sol.

—¡Huau! —Bella contuvo el aliento, emocionada. Era agradable saber que en el mundo todavía eran posibles las historias con final feliz; al menos algunas. Hasta que las imágenes en directo terminaron y volvió a aparecer el locutor del traje a rayas, Edward no dijo absolutamente nada. Bella lo miró, lo vio sonreír de oreja a oreja y, como callaba, supuso que no tenía nada que decir. Intuyó que también estaba pensando en los finales felices.

—Increíble, ¿eh? —le dijo a Edward con una sonrisa.

El no respondió. En cambio, la atrajo hacia sí y estampo su boca contra la de ella.. de manera demandante, exigiente, robando su lengua al mismo instante que sintieron que ese beso venia de ambas partes.

Edward la soltó tan deprisa como la había agarrado y Bella se descubrió jadeante.

—No ha sido más que un pequeño regalo como muestra de agradecimiento. —El rostro de Edward estaba iluminado con una sonrisa que transmitía a la perfección el aire festivo que de ella emanaba

—¡Muy bien, tortolitos!- Esta vez fue Alice quien interrumpió el momento. Se volvieron para comprobar que el resto del equipo los estaba esperando en la pista número siete—Ahora no es el momento de juguetear —les dijo con una sonrisa complice—. Dejenlo para cuando lleguen a casa.

—¿Vamos a jugar? —dijo Edward entre risas.

—¿A los bolos? —Rió también Bella. Se sentía tan a gusto que era lo único que podía hacer—. ¿Tenemos que jugar a los bolos?

—Me temo que sí.

Cuando Edward le pasó el brazo por el hombro a Bella y la llevó junto al resto del equipo, ella lo miró de soslayo y dijo:

—Para ser uno de los peores jugadores de bolos que he conocido, estás de un humor excelente.

—¿Tú crees?

—Lo sé. Afróntalo, Romeo, como jugador de bolos das pena.

—Sí, la doy. —Un destello de luz brilló en sus ojos—. Pero ¿sabes una cosa? Los bolos, ahora mismo, no me importan demasiado.

—¿No?

—No.

Cuando llegaron a la pista, Edward acompañó a Bella a uno de los reservados de altos respaldos donde se sentarían a esperar que les tocara el turno. Luego fue a buscar la bola que había escogido, una que llevaba el logotipo de Industrias Cullen. La sopesó minuciosamente con ambas manos y antes de situarse en posición de lanzar la que con toda seguridad iba a ser su enésima bola fallada de la noche, se volvió y miró a Bella. Se detuvo y miró a su alrededor y a pesar de que los otros miembros del equipo emitieron fingidos gruñidos de protesta, Edward fue directo hacia ella.

Con una malévola sonrisa y una mueca igualmente endiablada, se acercó y le habló al oído.

—Los bolos no me importan porque los bolos no van a ser el punto culminante de la noche. —Se puso en pie y le guiñó un ojo—. Después de lo que ha dicho Alice, ¿a quién podrían importarle los bolos?

—¿Alice? —Se preguntó Bella para sí.

Edward acababa de volverse y se había situado al principio de la pista. Hizo rodar la bola, que vaciló, giró sobre sí misma y salió por la ranura lateral. Sus compañeros de equipo aplaudieron y Edward se volvió y les hizo una majestuosa reverencia con una maravillosa sonrisa torcida.

Bella empezó a aplaudir, pero se detuvo al momento porque notó que se le encendían las mejillas. Acababa de entender lo que Edward había dicho del comentario de Alice:

«Dejenlo para cuando lleguen a casa.»

Cuando estacionaron frente a la casa amarilla, Edward lucía con orgullo el trofeo al peor jugador de bolos de la noche, que quedaba muy bien en la mesa de conglomerado donde lo había puesto para exhibirlo. Bella se sentía como si estuviese conectada a una fuente de corriente de trescientos ochenta voltios. Intuía lo que se avecinaba y se sentía como un aro que saltase de un peldaño a otro. Lo de saltar no habría estado mal de no haber sido porque a esa sensación había que añadirle, cada vez que el la miraba, un calor que se extendía por lo más profundo de su ser.

Y se había pasado buena parte de la noche mirándola.

Con las manos sobre los números luminosos del panel del sistema de alarma, Bella dejó que ese pensamiento entrara y saliese de su mente, varias veces, y disfrutó del ardor del deseo que traía consigo. Durante toda la velada, Edward se había comportado de forma encantadora y divertida, y al mismo tiempo había sido muy atento.

Toda la noche había superado la apuesta inicial del mensaje que le había transmitido al explicar a los vecinos la fantástica y dulce historia de cómo se habían conocido Rosalie y Emmett. Lo había hecho de un modo sutil, mediante la referencia al comentario de Alice y una mirada de vez en cuando a Bella. Lo había hecho de una forma para nada sutil con el espectacular beso que se habían dado delante de todo el mundo en el bar. Y de regreso a casa, en el asiento trasero del coche de los vecinos, le había puesto una mano en el muslo y se lo había acariciado.

Bella se había dejado de preguntar por qué. Había decidido que no le importaba. Caballo regalado, sí, pero le había visto el dentado y le gustaba. Decidió disfrutar de la historia, al menos durante el tiempo que durase.

Por suerte, Jasper y Alice se habían ido a casa enseguida después de dejarlos en la suya, ni siquiera habían propuesto entrar a tomar una cerveza y hablar sobre los resultados de la partida, que distaban mucho de ser estelares.

Ahora que por fin estaba a solas con Edward, mientras pulsaba las teclas de la alarma las manos le temblaban. Cerró la puerta del armario donde estaba escondido el panel y cuando se volvió, vio que Edward estaba justo detrás de ella.

—Bueno, ¿qué opinas?

—¿Qué opino de qué?—Bella no quería que el pensara que se hacía la esquiva o peor aún, que la viese como una adolescente con pájaros en la cabeza que no tenía ni idea de lo que él perseguía. Pero tampoco quería sacar conclusiones precipitadas. Al fin y al cabo, Edward era el Romeo Cullen, era un profesional, sobre todo en lo que se refería a las mujeres. Por lo que sabía de él, su manera de comportarse en la bolera no le había supuesto esfuerzo alguno, era en él de lo más natural, y en su opinión, eso no debía significar nada.

Sin embargo, Bella sabía que sí significaba algo. Lo había visto en el brillo de sus ojos al mirarla, por el modo de enrollarse un mechón de sus cabellos en el dedo y por haberla atraído hacia sí.

—¿Necesitas una invitación por escrito?

—No. —Bella sacudió la cabeza y Edward le pasó un dedo por el rostro mientras se adentraba en sus cabellos con los otros dedos—. No necesito una invitación por escrito, sólo una demostración. Soy policía, sabes. Los distintos matices del gris no nos gustan, las cosas han de ser blancas o negras.

—Me parece justo. - Edward se acercó más pero no la besó y Bella no entendió por qué. Era lo que estaba esperando desde el asombroso momento en el bar en que la había besado como si fuese el fin del mundo. Echó la cabeza hacia atrás para simplificarle las cosas, pero lo descubrió observando los botones azul oscuro de la camiseta de la bolera.

—¡Malditos sean los besos! —murmuró Bella, y fue como si Edward no hubiese escuchado lo que dijo o fingiese no oírlo. Era un concepto difícil de explicar. Lo que no era tan difícil era saber exactamente qué había que hacer.

Se encontraban al pie de la escalera y no había demasiado espacio para maniobrar. Sin embargo, Bella consiguió subir un escalón para que Edward la viese en movimiento. Dejaron encendida una lámpara en la sala, su luz iluminó la vieja alfombra verde y todo se llenó de vetas de luz y sombra.

Bella se desabrochó el primer botón de la camiseta y vio que los ojos de Edward se oscurecían de expectación. Desabrochó el segundo y vio cómo se relamía. Después ya no se molestó en contar los botones, desabrochó el resto y se quitó la horrible camiseta de jugar a bolos.

—¿Seguimos hablando de lo mismo? —preguntó ella.

—Pues claro que si. —Edward inspiró hondo y de manera irregular y luego soltó el aire despacio. Recorrió con un dedo el borde de encaje de su sujetador por encima de sus pechos hasta llegar a los hombros.

En ese momento era ella la que tenía dificultades para respirar. No sabía por qué le preocupaba. Le resultaba imposible dejar de jadear, como tampoco podía impedir que los latidos de su corazón alcanzasen un ritmo frenético. Cerró los ojos y se sació de la eléctrica sensación que le erizaba el vello cada vez que Edward la tocaba. Cuando introdujo un dedo dentro del sujetador y le acarició el erecto pezón, le temblaron las rodillas.

—Esto ya lo hemos hecho antes —dijo Edward mirándola con sus ojos color chocolate—. La última vez me hiciste detenerme en este punto.

—Yo... —Un temblor de puro placer serpenteó en su espalda—. Yo no quería hacerte parar pero sabía que tenía que hacerlo.

—¿Y esta noche?

Era la última oportunidad que tenía de apartarse del precipicio, la última posibilidad de impedir su caída en un inmenso quién sabe qué escondido en la penumbra que los rodeaba.

—Esta noche no es como la otra noche, ¿verdad? —Cuando Edward pasó la mano por encima del otro pecho, Bella se balanceó y buscó su contacto—. Esta noche es... —Arqueó la espalda y la apoyó contra la pared para que él pudiese tomar el pecho en su mano sin dejar de jadear—. Esta noche es como si fueses otra persona. Más cariñoso y considerado y divertido y... —Bella no pudo contener el gemido que se escapó de su garganta. Lo que más le habría gustado hubiera sido dejarse llevar por las sensaciones sin racionalizar, seguir disfrutando de las maravillosas sensaciones que recorrían su piel y de la efervescencia que notaba en la sangre al fluir por sus venas.

Pero sabía que antes de hacerlo, tenía que contarle a Edward lo que estaba pensando.

Se afirmo bien en sus pies y pasó las manos por los hombros de Edward hasta llegar a las manos de el.

—Creo que éste eres tú, tu yo real y yo quiero acostarme con tu yo real.

—¡Qué maravilla! Entonces estamos hablando de lo mismo. —La carcajada de Edward resonó en el aire entre ambos. Sin dejar de sonreír, le pasó las manos por la espalda y le desabrochó el sujetador. Se lo quitó pasándolo por los brazos, lo dejó caer en las escaleras y retrocedió para que un retazo de luz le iluminase los pechos.

Bella vio que se quitaba sus estúpidas gafas y las dejaba en las escaleras junto al sujetador. Bella apreció cómo la observaba y el calor que sentía entre las piernas aumentó varios grados. El se acercó y hundió la cabeza entre sus pechos. En la desnudez de su piel, el cabello tenía un tacto suave y, cuando se llevó uno de los pezones a la boca, Bella agradeció tener una pared a su espalda. Claro que caer al suelo tampoco habría estado mal, siempre y cuando Edward se hubiese desplomado con ella.

Pensó que podía comentar con él la idea que acababa de tener y ver si él se avenía a hacerla suya allí mismo, y se lo habría dicho si en su mente hubiese podido formarse algún pensamiento coherente o si su voz hubiese podido articular palabras coherentes. En cambio, echó la cabeza hacia atrás y se deleitó con la sensación de la boca de Edward recorriendo su piel. La besó entre los pechos y en el cuenco de su garganta. Pasó la lengua por su cuello y le besó la oreja, y cuando Bella le buscó el cinturón para desabrochárselo, el beso se convirtió en un pequeño mordisco.

—¿En tu cama o en la mía? —le susurró él al oído.

—La tuya es más grande. —Otras partes de su cuerpo también lo eran. Bella pasó las manos por encima de la bragueta de los vaqueros de Edward y bajó la cremallera. No le bajó los pantalones porque, de haberlo hecho, no habrían llegado al dormitorio. En cambio, metió una mano en su interior y comprobó la longitud y el grosor de su miembro y la dureza de su erección contra la palma de su mano.

Y supo que lo que tenían que hacer era ir enseguida al dormitorio. A toda prisa.

Con un ágil movimiento, Bella agarró la camiseta de la bolera y corrió escaleras arriba. Edward la siguió y, al entrar en la habitación, la volvió hacia él, y antes de que ella pudiera recobrar el aliento le dio un largo y profundo beso en la boca. Un beso que le indico a Bella lo que se venia, una pasión desenfrenada y con delirios de ser la mejor noche de su vida

Cuando la lengua de Edward pidió permiso para entrar en su boca ella lo concedió entregando la suya y perdiéndose en la miel que el le daba.

Después de eso, Bella no estuvo muy segura de qué fue lo que sucedió. La sensaciones se encadenaban con fluidez y el tacto y el gusto se superponían; no sabía si Edward se había quitado la ropa o había sido ella la que lo había hecho. De lo que estaba absolutamente segura era de que lo que sentía era increíble, lo bastante increíble como para olvidarse de todas las advertencias que siempre se había hecho a sí misma. Lo bastante increíble para que se disipasen las dudas y las preocupaciones. Lo bastante increíble para hacerla sonreír al acariciar el amplio pecho de Edward al tiempo que recordaba la época en la que se detenía ante los puestos de revistas y se derretía con las fotos del Romeo del Corazon.

—¿Qué? —Edward le había llenado el cuello de delicados besos y, de repente, se dio cuenta de que ella sonreía—. ¿Qué pasa? ¿Qué te parece tan divertido?

—Nada en particular. —Pero Bella no podía contener la sonrisa y sabía que Edward no se quedaría satisfecho hasta que le contase por qué sonreía, y ella quería que quedase satisfecho para que siguiera haciendo lo que estaba haciendo—. Nada, pensaba en las revistas del corazón y toda esa historia de Romeo y...

No esperaba que Edward se tomara sus palabras tan en serio. No habían encendido las luces de la habitación y el cuadrado de claridad proveniente de los faroles de la calle que se colaba por la ventana le permitió apreciar la descarga de ira que surcó su rostro.

Se apartó rápidamente de Bella y ésta sintió que los latidos de su corazón titubeaban. Sin el calor de sus manos sobre su piel y el calor de su cuerpo junto al de ella, le pareció que la habitación se helaba de repente.

Edward se volvió enseguida hacia ella. Le pasó las manos por la cintura y la atrajo hacia sí.

—Esto no tiene nada que ver —le dijo con voz ronca. Luego la tomó por la barbilla y acercó su rostro—. Ya lo sabes, Bella, aquí y ahora. Esto no tiene nada que ver con todo eso. —La miró fijamente a los ojos—. Nunca he estado tan aquí hasta hoy; no así, no contigo. Nunca había advertido... —Respiró hondo y al soltar el aire las hebras de cabello de Bella temblaron—. Nunca había advertido que de una mujer podía desearse algo más que su cuerpo, pero sí se puede. ¿Puedes darme más, Bella? ¿Lo harás?

Ella le respondió con un beso que pretendía ser tan tierno como los sentimientos que albergaba su corazón, pero al cabo de un instante, el beso se hizo tan profundo que le abrasó el alma y la hizo desear tenerlo dentro de ella.

Al parecer, Edward pensaba lo mismo. Como un bailarín de salón, tomó a Bella en sus brazos y la depositó sobre la cama. En ese preciso instante, ella se acordó de la protección.

—¡Oh, demonios! —Bella se sentó antes de que su cabeza pudiese dejar una marca en la almohada.

Aunque estaban a oscuras, Bella observó cómo la excitación se desvanecía del rostro de Edward.

—Oh, demonios ¿por qué? ¿Porque te lo estás pasando muy bien o porque hay algo que va mal?

—Oh demonios porque, oh, demonios. Porque no se me ha ocurrido traer condones. —Bella hundió la cara entre las manos y realizó unos cuantos cálculos mentales. A aquella hora de la noche, el supermercado ya estaba cerrado, pero había una farmacia de guardia abierta las veinticuatro horas a un par de manzanas de distancia, y si...

Sus pensamientos se interrumpieron cuando vio que Edward se ponía en pie y cruzaba la habitación. Alzó la cabeza justo a tiempo para ver que sonreía y que sacaba algo del cajón superior de la cómoda. En toda su vida, ella nunca se había alegrado tanto al ver un paquete de preservativos.

—¿Y cómo...? —Bella se sentó en la cama y se interrumpió antes de decir algo de lo que más tarde pudiese arrepentirse—. No importa, no quiero saberlo y tampoco quiero esperar más, Edward.

Abrió los brazos para acogerlo y él volvió a la cama a toda prisa. Bella suponía que en algún laboratorio habrían realizado estudios para saber cuánto tardaba en ponerse un condón mediano un tipo más grande de lo normal. Con estadísticas o sin ellas, imaginó que habían batido el récord.

Probablemente también romperían los muelles de la cama y atravesarían el aislamiento contra el ruido.

Porque cuando, por fin, Edward se hundió en ella, lenta y deliciosamente, Bella soltó un gemido de puro placer. Sentirlo dentro de ella era lo mas mágico que le habia tocado en su fría vida. Sentirlo gemir su nombre a duras penas por que apretaba la mandibula tan fuerte debido a la exitacion. Sentirlo moverse dentro y fuera de ella, jadeando ante la imagen de ellos unidos por sus caderas.

Edward no pudo evitar gritar el nombre de Bella cuando ella le mordió el lóbulo de su oreja y le susurro que fuera mas rápido y fuerte. Sabia que habia sido un idiota al perderse de mujer en mujer sin haber encontrado exactamente eso que tenia con Bella. La sentía tan suya, tan mágicamente suya.

Se mordió el labio cuando, al hacerla estallar en un orgasmo, se les aturdio la mente y le llenó el cuerpo de descargas eléctricas, y ella hacer lo mismo con él

Bella supo en ese instante que era bastante seguro que habían hecho tanto ruido que habrían despertado a todo el vecindario.

Y lo mejor de todo era que no le importaba en absoluto.

* * *


jajaj a quien le iba importar despertar el vecindario con tal amante ^^

Espero coments y me digan que les parecio...poco lemmon?? jajaja se viene, se viene :)

Las quiero muchi muchisimo

Neny W Cullen

7 comentarios:

Electrica Cullen Black dijo...

Mi Neny bella... no puedo resistirme a comentarte la prime aunque aún no he podido leer el cap... jajaj ya sé ya sé eso es trampa... sip lo admito..jajaja lo leeré cari y te comentaré pero ahorita ando escasa de tiempo... ufff prometí subir esta semana y me qedé atascada en el segundo pov... en fin solamente que sepas que sigo por aquí aunque me retrase esta vez.

sara dijo...

neny es genial verte de vuelta la verdad esque hacia mucho tiempo que no e podido conectarme al ordenador pero me encanta este nuevo capitulo espero que todo valla bien y espero impaciente el siguiente un bes =)

Dalis dijo...

OMGGGGGGGG quedo buenisimo me encanto la TENCION Y EL FINALLLL mmmmmmmmmmmmmmmmmmmm rico quedo

Anónimo dijo...

Esta increibleee!!!!! me encanto!! quiero mas capitulos esta historia me tiene enganchada!! me encanta! =)

..//((^aLexcullen^))//::.. dijo...

Nenyyyy!!!!!!!!!!!!!!!! hay dios con una cosa como esa no me importaria despertar a los vecinos ¡dios!!!! Edward ahora creo que si cayo jojo neny hermosaaaaa te recontramega adoro es mas ya tienes como 2 pedestales en mi casa jajajaja encerio por la historia y dios por este cap que esta cargado de aaaaa ya no pudo resistirlo y grax a dios que has regresado y aaaaa ya kiero leer mass sisisisisisisi jojijijij en fin mi Neny presiosota cuidate kieres y toda la buena vibra para tu mami sale te kiero muchoooo asi muchoooo ya te convertiste en mi familia bueno si te dejas querer y ser parte de mi familia grax por todo adiossssss!!!!!!

Electrica Cullen Black dijo...

Neny... Dios pedazo de capitulo y pedazo de final y como que ¿poco lemmon? y que ya se viene... es que quieres matarme !!! jajaja.
Te adoroooooooooooo

Coni dijo...

waaaauuu me encanto! impacient por el proximo....
saludos

Afilianos ^^

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