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Las Incondicionales

sábado, 22 de mayo de 2010

Capítulo 13 Deseos

Ok,HAY mis nallas queridas!! por que pasaron los 10 coments ( Y MIL GRACIAS POR ESO!!) le dejo el capi de regalo. Espero les guste y sigamos con el mis mo sistema. Si hay mas de 10 coments para el lunes, subire otro...denme un poko de tiempo que tambien estoy trabajando en la historia de Rose y Amor a Toda Prueba si?
Muchas gracias por los animos y perdonenme la hora pero el frio de Santiago y la lluvia han hecho estragos en casa :S.
LAS QUIEROOO






Capítulo 13 Deseos

El corazón de Bella se saltó uno de sus latidos y la sangre se le encendió. Allí, en aquel círculo de luz rodeado de sombras, Edward parecía la encarnación de todas las fantasías de su vida. Su cabello negro se mezclaba con la noche, sus centelleantes ojos con el brillo de la vela, sugiriendo algo más ardiente. Torció los labios en una sonrisa de aire un tanto malévolo debido a la barba que ensombrecía su mandíbula. Su cuerpo...

Bella respiró hondo, esperando que pareciera que hacía acopio de fuerzas contra los truenos en lugar de contra la excitación que la recorría y la debilitaba. Tendría que haber supuesto que hacerle una pregunta significaría caer en una trampa. Se prometió que, cuando su respiración retomase su ritmo normal y su cuerpo dejara de vibrar, le diría que no. Pero, de momento, tenía que permitirse aquella fantasía. Era del todo impotente ante ella.

Miró a Edward, primero a los ojos, y luego su camiseta y sus pantalones de gimnasia con la goma gastada, que le caían hasta las caderas, aunque por delante, en ese momento, le quedaban apretados.

Volvieron a acudir a su mente los recuerdos del incidente del baño y las fantasías tomaron tales derroteros que se encontró devanándose los sesos para encontrar algo que decir que la salvara de la humillación.

—Un strip póquer. —Su risa sonó tan hueca como sus palabras. Se apresuró a proseguir antes de que él replicara—. No, definitivamente no. Me he vestido demasiado deprisa y me temo que debajo no llevo lo que debería llevar y además... —Se iba avergonzando a medida que hablaba. Se llevó una mano a la boca antes de seguir liando el asunto.

—¡Oh, menuda excusa! —rió el, por fortuna—. O sea que debajo de esa camisa no llevas nada. ¡Eso tendría que disuadirme de querer jugar contigo!

De no haber reído, Bella no habría sabido qué hacer. Pero había algo en aquella risa, dentro del santuario de luz que formaba la vela, que diluyó su vergüenza; del mismo modo que su compañía le había disipado el miedo por la tormenta.

Se recobró en un instante y le sonrió. Con una mirada recorrió todo su cuerpo, de la cabeza a los pies.

—Pues no creas que llevas mucha más ropa que yo.

Edward se miró la camiseta y el pantalón y se encogió de hombros.

—Si ganas dos manos, he perdido y estoy fuera.

Dos manos, ganar dos manos. Y lo que Edward no sabía era que entre sus colegas de la Academia del FBI, Bella se había hecho famosa con el apodo «cara de póquer»: los había entristecido, los había vuelto más listos y les había ganado una parte del sueldo.

La tentación nunca había sido tan grande ni tan excitante ni tan imparable.

Bella se revolvió en el asiento. Diciéndole a Edward que se había vestido demasiado deprisa, había sido sincera. La electricidad se había cortado poco después de que la despertaran los primeros truenos, había tenido que vestirse a oscuras. No se había puesto sujetador y, en esos momentos, sus pezones estaban erectos y se le clavaban contra la camiseta. Esa sensación tenía que haberle avisado de que las cosas ya habían llegado demasiado lejos, pero lo único que consiguió decidir era que en ese caso, habían llegado demasiado lejos pero no lo suficiente.

Lo triste era tener que pensar en la alarma y en Aro Vulturi al mismo tiempo.

Intentó convencerse de que debía prevalecer en ella la sensatez. De acostarse con Edward, tendría que conformarse con media hora, más o menos. En media hora no ocurriría nada, nada que le hiciese necesitar la pistola y la placa. Luchó para controlar las deliciosas sensaciones que corrían por todo su cuerpo.

Pero fue inútil.

La última vez que había mirado a Edward se había sentido como si se lanzara al abismo, había tomado precauciones contra la pasión que se desataba entre ellos, pero también recordó que Edward Cullen era demasiado guapo y buena persona como para que el mundo perdiese semejante joya. Y era precisamente eso lo que podía ocurrirle si se metía en la cama con él. No podía olvidar que su misión era mantenerlo a salvo. Si eso significaba que Bella tenía que renunciar a las tentaciones que él le provocaba, eso sería lo que haría. Estaba de servicio.

Como para darse confianza a sí misma, acercó la mano a la pistola.

—¡Eh, que lo había dicho en broma! ¿No habrás pensado que quería jugar en serio? —le preguntó poniéndose en pie ante ella.

Edward no pensaba que Bella fuese a matarlo, por supuesto, ni siquiera a amenazarlo con el arma y, sin embargo, abandonó por completo su pose de Romeo. Se convirtió tan deprisa en el amigo de toda la vida, en el chico de la puerta de al lado, que Bella se preguntó quién de los dos estaba intentando frenar las tentaciones.

—Me refería al póquer —dijo, dejándose caer en el sofá junto a ella—. Al póquer de toda la vida, sabes jugar, ¿verdad?

Edward le quitó las cartas de la mano antes de que pudiera responder. Las barajó deprisa y se sentó erguido para poder repartirlas encima de la mesa. Mientras lo hacía, a Bella le pareció que murmuraba algo entre dientes, algo que, por sorprendente que resultara, sonó como «maldita caballerosidad».


Por si no se había dado cuenta aún, cuando el reloj le indicó que eran casi las cuatro, supo por qué Edward había triunfado de aquel modo en los negocios: su «cara de póquer» era tan buena como la de ella. En las reuniones del consejo de administración debía de ser invencible cuando se trataba de cerrar negociaciones. No le daba miedo hacer faroles y fingir y escabullirse hasta la victoria, incluso tratándose de una partida de cartas con apuestas falsas, que Bella hacía sobre la portada de un viejo National Geographic que se encontraba en la mesa de café.

No sería difícil molestar a un tipo que ni siquiera parpadeaba cuando sólo tenía una parejas de doses. Habría resultado fácil disgustar a una persona que ganaba con más facilidad que sus ex compañeros de la Academia.

Probablemente, habría sentido una mezcla de esas emociones de no haber sido por el hecho de que Edward era de lo más atractivo.

Bella bebió un sorbo de café; él acababa de llenarle la taza. Después de cuatro trazas de café y de la descarga de adrenalina que Edward le provocaba, probablemente no dormiría en cuatro días. Llegados a ese punto, tampoco le importaba. Intentó escabullirse de sus propios sentimientos porque, de otro modo, temía estallar como un cohete cada vez que él la mirase.

Desde que Edward se había sentado a su lado y habían empezado la partida de cartas, algo sorprendente había tenido lugar. El póquer había conseguido lo que no habían conseguido ocho semanas de convivencia: los hacía sentir a gusto el uno con el otro.

La tormenta había pasado y una suave y constante lluvia golpeaba el tejado. Era el sonido perfecto para acompañar una partida de cartas y una conversación que, pese a que estaban solos y podían gritar, seguía siendo lánguida como la luz de la vela.

La oscuridad invitaba a las confidencias y, aunque no estaban en disposición de confesarse sus más profundos y oscuros secretos, consiguieron mantener una conversación más amable que agresiva.

Era maravilloso saber que podían llevarse bien; aunque tal vez era sólo una especie de alucinación inducida por la cafeína. Tal vez tenía la mente algo confusa por no haber dormido, o bien se debía a la marca de aquel café tan fuerte. Fuera lo que fuese, se sentía muy a gusto y se desperezó y al hacerlo viendo que se alzaba la camiseta y dejaba a la vista un pedazo de su vientre, ni siquiera se ruborizó y tiró de la camiseta como una adolescente avergonzada.

Edward admiró su contorno y Bella le sonrió con agradecimiento al tiempo que recomponía su aspecto.

—Ok, Al parecer —dijo ella, mordiendo el extremo de un bolígrafo mientras consultaba el tanteo—, me debes tres millones cuatrocientos treinta y siete dólares. —Su sonrisa se iluminó—. En realidad, eres la única persona que conozco que podría pagar una deuda de ese calibre.

Con un resoplido de buen humor, Edward dejó sus cartas perdedoras sobre la mesa y dijo:

—Te debo tanto únicamente por culpa de la última mano. Si no hubieses subido la apuesta inicial a dos millones...

—Si no hubieses querido ver las cartas y no hubieses subido otro millón...

—Ahora estaríamos a la par.

Edward no había contado con el hecho de que Bella era tan buena con los números como con las cartas. Ella afinó los cálculos y añadió:

—No es exacto. —Señaló los números con el bolígrafo para que él los viera—. Incluso sin esta última mano, te estaría ganando dieciocho dólares.

—Lo cual significa que si hubiésemos jugado al strip póquer, ahora mismo estaría desnudo.

—¡Eso no es justo! —Tal vez se debió a la cafeína, porque Bella no fue capaz de imaginar qué otra cosa podía haberla poseído para discutir de forma tan chillona lo que había tardado un par de horase en olvidar mientras jugaban—. Lo que pretendes es distraerme y que olvide que me debes tres millones cuatrocientos...

—Treinta y siete dólares. Sí, sí, lo sé. —Edward movió la mano en el aire como si con ello pudiese hacer desaparecer la exorbitante cifra. Por lo que Bella veía, se comportaba exactamente igual que en los negocios, cuando estaba en Nueva York—. Ésa no es la pregunta adecuada. La pregunta correcta es: ¿te distraería que me hubiese quedado desnudo? —Rozó su rodilla con la de ella.

—Esperas que me marque un farol. —Bella advirtió demasiado tarde que estaba sujetando las cartas con tanta fuerza que las había doblado. Las tiró en la mesa y las mezcló con las demás antes de que el se diera cuenta y pudiese leer sus pensamientos—. ¿Sabes una cosa? Estoy cansada de marcarme faroles y de mentir. La respuesta es sí. —Miró a Edward a los ojos y se alegró de haberlo pillado con la guardia baja. Se había quedado petrificado y ella sabía que era porque no imaginaba lo que ella podía hacer a continuación—. Me distraería muchísimo —admitió. Juntó todas las cartas en un ordenado montón—. Bueno, ahora ya lo sabes. ¿Te alegra escucharlo?- pregunto alzando una ceja y sonriendole

—Me hace muy feliz.

—¿Porque significa que, en definitiva, has ganado? ¿Porque significa que tengo que aceptar que soy otra débil mujer que se rinde a tus pies a la mínima insinuación?

Edward se inclinó hacia delante. Se hallaba a muy pocos centímetros de ella, pero no la tocó y tampoco alzo la voz. Solo solto un susurro suave.

—Porque eso significa que me encantaría distraerte mientras estoy en cueros. —Le pasó un dedo por el brazo izquierdo, hacia arriba, y luego lo hizo descender por la parte delantera de su camiseta—. Porque eso significa que sería mucho más divertido y excitante si tú también estuvieras desnuda.

—¡Vaya, no lo suponía! —Bella respiró hondo. Las caricias de Edward eran ligeras como una pluma, incluso cuando su dedo se movía por encima de su pecho. Supo que él sabía a la perfección qué era lo que estaba haciendo: hacerla enloquecer. Volvió a mover la mano hacia arriba, se detuvo en el erecto pezón que se adivinaba bajo la camiseta y puso la mano plana sobre él.Bella cerró los ojos y tragó saliva para contrarrestar las sensaciones que se desencadenaban en su interior.—Divertido o no, eso no cambia las cosas —dijo. Abrió los ojos y vio que Edward estaba aún más cerca, lo bastante para tomarla por la cintura. La estrechó aún más y una de sus manos se coló bajo la camisa.

Comparados con la ardiente piel de Bella, sus dedos estaban fríos. Le recorrió las costillas despacio hasta llegar al pecho. Lo abarcó con la mano al tiempo que le acariciaba el pezón con el índice y el pulgar.

—Eso cambia algunas cosas. —Más que oír las palabras, Bella las sintió, sintió la sonrisa que tiraba de sus labios y notó el roce de la mejilla de Edward contra la suya; parecía papel de lija. Le pasó entonces los brazos por el cuello—. ¿Qué más quieres cambiar?

Bella quería cambiarlo todo. Quería cambiar un mundo en el que un hombre podía correr peligro por ser honrado y consecuente. Ella también quería cambiar y convertirse en una mujer para la que la pasión estuviese por encima del deber, una mujer que cediera a las sensaciones que la invadían.

Como sabía que no podía hacer nada de todo eso, se conformó con alcanzar los labios de Edward y besarlos.

Eso, en sí mismo, bastó para que se produjeran algunos cambios. Notó que los músculos de Edward se ensanchaban bajo sus manos y lo oyó suspirar antes de profundizar en el beso.

Bella ya sabía que Edward besaba de fábula. ¿Cómo habría podido olvidarlo? Sabía que, cuando su boca volviera a poseer la suya, sabría a café, a excitación y a la promesa de un millón de increíbles intimidades que ella ni siquiera era capaz de imaginar. Pero no tardó mucho en saber que dos y dos son cuatro y en descubrir que el beso que antes había recibido procedía de Edward Cullen, de su figura pública. Al fin y al cabo, si la había besado esa primera vez había sido por intercesión de Alice.

En esos instantes, estaban solos, y Edward Cullen, el competente, el triunfador, el ligón, iba a besar en privado. Los dos solos, rodeados de la oscuridad y envueltos en el repiqueteo de la lluvia y el ritmo acelerado de su respiración. Profundizó en el beso hasta un nivel nuevo de intimidad que iba más allá de cualquier demostración de sus mañas de seductor, más allá incluso del beso teatral que le había dado la primera vez, lo que provocó que, en esos momentos, sus fantasías fueran más explícitas y gráficas que nunca.

Una de ellas se estaba convirtiendo en realidad justo en ese preciso instante.

Cuando Edward recorrió su nuca con una serie de ardientes besos, Bella echó la cabeza hacia atrás y suspiró. Las manos de el se separaron solo para que una quedara dentro de la camiseta, abarcando uno se sus pechos con dulzura, para que la otra bajara lentamente acariciando su rodilla y subiendo por el muslo hasta tocar la humedad entre sus piernas.
Lo oyo gruñir y volvió a su boca con decisión, su lengua la acariciaba, demostrándole lo bueno que podia ser lo que seguía al beso.
La mano en su entrepierna acaricio lentamente y ella solto su boca para suspirar y sonreir.

—No está mal, ¿eh? —La voz de Edward parecía salida de la misma ensoñación que el beso.

—Muy bien…. Pero yo ya sabía que lo estaría. —Era cierto y Bella decidió que no servía de nada negarlo.

«Muy bien», por descontado, ni siquiera rozaba la descripción de las sensaciones que se agolpaban en ella o del calor que se ondulaba y vibraba en todo su cuerpo. Pero, de momento, o tal vez para siempre, tendría que contentarse con ese «muy bien».

Como si Edward hubiese adivinado exactamente qué estaba pensando, dejó resbalar la mano sobre sus costillas y la sacó de debajo de la camiseta. Alejo la otra y la puso en su rodilla resignado. Se apartó de ella lo suficiente para verla bien.

—O sea que está muy bien y siempre habías sabido que sería así... Entonces no entiendo por qué hemos parado.

—Hemos parado porque yo todavía soy yo y tú todavía eres tú. —Bella aprovechó la oportunidad para recostarse en el sofá y evitar de ese modo el destello de invitación que brillaba en los ojos de Edward.

—Y eso, ¿qué significa?

¿Si era tan listo, por qué no alcanzaba a verlo con tanta claridad como ella? Bella agarró la jarra de café con las dos manos, pero el calor del recipiente no bastó para sustituir el calor del cuerpo de Edward junto al suyo.

—Significa que no soy la Cenicienta. —Lo miró y como apreció que seguía sin entender, prosiguió—: Significa que cuando termine el baile tú seguirás siendo el príncipe y yo volveré a ser una calabaza.

—¿Y quién dice que el príncipe y la calabaza no pueden bailar su propia canción? —Le recorrió el muslo con el dedo pulgar, arriba y abajo, acercándose cada vez más a su entrepierna tratando de recuperar el camino recorrido—. Una mujer de tu mundo y un hombre del mío...

—¡Exacto!—Bella se alejó aún más antes llegar a convencerse de que el aquí y el ahora era más importante que la combinación total del resto de sus «mañanas»—. Tú lo ves así, ellos y nosotros, pero yo no soy un nosotros, soy un ellos. Nunca seré una de los vuestros. Limusinas, chóferes y...

—¿Me estás diciendo que soy un elitista? —Edward estaba desconcertado. Se reclinó en el asiento e inclinó la cabeza a la espera de una respuesta.

—Yo no digo que... Lo que digo es que... —No era Bella quien hablaba: la cafeína lo hacía por ella, la falta de horas de sueño, las terminaciones nerviosas que aún repicaban como las campanillas de los renos de Santa Claus. No encontró las palabras adecuadas y suspiró resignada—. Lo que quiero decir es que no podemos. La electricidad está cortada y la alarma no funciona. Aro Vulturi anda por ahí fuera. —Señaló la puerta con un movimiento de cabeza—. Y yo estoy de servicio y... ¡Maldita sea! —Bella intentaba irse por las ramas—. De acuerdo, lo admito. Estoy de servicio y voy a cumplir con mi deber. Y voy a protegerte, Edward. Y eres tan guapo que no quiero ni imaginarme cómo quedarías si cayeras en manos de Vulturi. Además, si pasaras a mejor vida, ¿por quién suspirarían todas las mujeres de este país?

Bella no creía que él fuera a responder, pero permaneció unos segundos pensativo y luego contestó con otra pregunta.

—¿Renunciarías a la posibilidad de que nos acostásemos juntos sólo para asegurarte de que no corro peligro? ¿Eso harías por mí?

En la voz de Edward había auténtica sorpresa, y a Bella no le pasó por alto el hecho de que estaba tirando de sus fibras más íntimas. No se trataba exactamente de que lo lamentara por él, pero sí lamentaba que ambos tuviesen que hacer un sacrificio.

—Lo cual no quiere decir que acostarnos juntos no fuera a ser maravilloso —dijo Bella, con la esperanza de que ambos se sintiesen mejor.

—Sería más que maravilloso. —Edward suspiró y se rindió. A Bella le dio la impresión de que estaba más cerca que nunca de reconocer que ella tenía toda la razón—. Al menos, eso podemos reconocerlo, al menos admitimos que sería maravilloso.

—Más que maravilloso.

—En algún otro lugar, en alguna otra ocasión.

—¡En otro universo! —Bella soltó una carcajada—. Claro, podríamos ampliar un poco las posibilidades del juego si me pagases los tres millones que me debes.

Los ojos de Edward centellearon y sus labios se torcieron en una sonrisa que dejo a Bella mas que ardiendo y que envolvió su corazón. Cada vez que conseguía convencerse de no hacer algo, le habría gustado convencerse de lo contrario, ya que él la miraba con ese rostro que dejaba sin aliento; el rostro de un héroe salido de una novela romántica.

—Es la primera vez que alguien ha conseguido que desee regalarle tres millones de dólares.

*******


El suelo estaba embarrado, la hierba estaba empapada, y aunque la lluvia había por fin cesado a eso de las seis de la mañana, el barrio estaba todavía cubierto de agua y tachonado con charcos que reflejaban el edredón que formaban las gruesas nubes grises. Edward se arrodilló y se le empaparon los vaqueros.

Contempló las flores alineadas junto al porche y sacudió la cabeza, compungido por el desastre. Las petunias y las caléndulas que había pedido a Alice no habían salido bien paradas de la tormenta. La fuerte lluvia había salpicado de barro los pétalos color cobrizo de las caléndulas. Los delicados pétalos de las petunias blancas y rojas no teman mejor aspecto. El viento había arrancado las flores. Tenían las hojas planas como si las hubiesen pisado unas grandes botas. Las raíces nadaban en charcos formados por una lluvia tan fuerte que había arrancado parte de la tierra de las macetas de plástico.

Pero, ¿qué otra cosa podría haber esperado?

Tampoco él había sobrevivido con entereza a la tormenta.

Se puso en cuclillas. Desde que la tormenta había pasado y el fluido eléctrico se había restablecido, ni Bella ni él habían dormido. Supuso que la cafeína la había desvelado y que era inútil pensar en dormir. Y si bien él había sido más listo y había tomado la mitad del café que ella había llegado a ingerir, pues creyó que era mejor subir al dormitorio, cerrar los ojos y vaciar la mente, enseguida pensó que eso lo llevaría a la perdición, porque sabía que ir a la cama no significaría dormir.

Por primera vez había podido apreciar la sabiduría del viejo refrán «las manos ociosas son el taller del demonio»; en este caso, era la mente ociosa lo que le preocupaba. Y el demonio era ahora la tentación más diabólica que todavía seguía cosquilleándole las puntas de los dedos, la que había empezado justo en el momento en que había acariciado la piel desnuda de Bella, la misma que aún barría su interior como una ráfaga de viento.

Edward contuvo la tensión repentina y brutal que se apoderó de su cuerpo. De nada servía atormentarse. Tan sólo pensar en cómo los pezones de Bella se habían endurecido como guijarros era ya suficiente tormento. Era inútil añadir más sufrimiento a su estado reviviendo el sabor de su lengua o la aturdidora y mareante posibilidad de que lo que había empezado en el sofá pudiese finalizar en su cama.

Lo que tenía que hacer era intentar ponerse a salvo antes de que fuese demasiado tarde.

—Tranquilo, chico —se aconsejó en voz baja al tiempo que clavaba la azada en el lodoso suelo. Tomó una de las maltrechas petunias de la jardinera, clavó las raíces en la tierra empapada y formó con ella un montón alrededor de la flor cuyo tallo era tan fino como un palillo.

Se recordó que ésa era la razón por la que se encontraba allí, en el barro, a aquella hora intempestiva: quería mantener las manos ocupadas. Y se suponía que también tenía que mantener ocupada la mente. Tenía que pensar en las petunias y no en Bella, ni en el sabor de sus labios ni en la forma en que sus pechos le habían llenado las manos o en la humedad que habia tocado entre sus piernas. Tenía que mantenerse ocupado arreglando el jardín para no pensar en entregarse a una mujer que era más tentadora, más lista, valiente y decidida que cualquier persona que hubiese conocido, ya fuese hombre o mujer.

En cambio, allí estaba, explorándose el alma, con la mente llena de pensamientos que, cuando dio comienzo aquella pequeña mascarada, no habría podido siquiera imaginar. Sacudió la cabeza sorprendido, disgustado y confundido a la vez. Si bien Bella se había mantenido ocupada todo el verano velando por su vida, a su testigo estrella le preocupaba mucho más perder la cabeza o el corazón.

Por fortuna para Edward, sus pensamientos se vieron interrumpidos por el timbre de la bicicleta del chico que cada mañana traía el periódico. Lo lanzó junto a Edward, y éste sabía leer una señal en cuanto aparecía. Esa señal decía: ¡haz algo para sacartela de la cabeza!, como si estuviese escrito con negrilla en la portada. Edward recogió el periódico y caminó hacia el porche.

Ojeó los titulares. El que ocupaba la parte superior contaba un rifirrafe entre dos conocidos políticos locales. A continuación, anunciaba el estreno de una nueva exhibición en el Salón de la Fama del Rock and Roll. Como no le interesó, desdobló el diario y leyó la mitad inferior.

«BLACK ES DECLARADO CULPABLE.»

Ese titular lo dejó petrificado. Se dejó caer en el segundo peldaño, respiró hondo y soltó aire junto con una maldición.

—Mierda. «Al veredicto se llegó por decisión unánime...» —leyó apresuradamente en voz baja. Continuaba en una página interior y pasó las hojas para encontrar el resto del artículo. Por desgracia, en él no había nada que ofreciese más esperanzas que la portada.—«... culpable de delitos contra el Estado por un jurado que parecía estar más interesado en una sentencia rápida que justa. La sentencia de Black se hará firme dentro de dos semanas y, si bien ningún miembro del Gobierno realizará comentario alguno sobre el destino que le espera, hay fuentes que afirman que sólo existen dos posibilidades: Jacob Black será condenado a cadena perpetua con trabajos forzados o tendrá que colocarse ante un pelotón de fusilamiento.»

—Maldita sea. —Edward dejó de lado el periódico y luego lo agarró otra vez como si mirarlo por segunda vez fuera a cambiar algo. Sabía que no sería así y volvió a dejarlo en el escalón—. Maldita sea.

Faltaban sólo dos semanas y no tenía ninguna esperanza de poder conseguir nada en tan poco tiempo. Menos aún si no llegaban noticias de Seth. Y tenían que llegar deprisa.

Ese pensamiento coincidió con el silbido del tren que pasaba junto a la casa. No sabía qué le ocurría, no comprendía por qué su cerebro parecía atrapado en el lodo como las petunias. Suponía que podía achacarse al hecho de no haber dormido y se conformó con eso. Era mejor que admitir que no podía pensar en otra cosa que en Bella.

La apartó de nuevo de su mente, agarró el periódico y lo hojeó en busca de los clasificados.

—«Dama sexy para placeres desconocidos... Soltera, profesión liberal, sin niños, no fumadora —leyó para sí—. Busco médico judío... No soy alta ni guapa ni tengo dinero. Te busco para compartir lo que probablemente será un limitado futuro.»

El corazón de Edward se aceleró. Se puso en pie con una descarga eléctrica.

—«No soy alta ni guapa ni tengo dinero —volvió a leer, como si no lo hubiese interpretado bien—. Te busco para compartir lo que probablemente será un limitado futuro.»

El rostro de Edward se iluminó con lo que, a todas luces, debía de parecer una estúpida sonrisa. Eran las palabras que Edward había memorizado a instancias de Seth. Leyó el resto del anuncio hasta donde su amigo indicaba dónde y cuando quería que se encontraran: el 7 de agosto a las ocho de la noche en el Gund Arena de Port Angeles.

Edward había leído bastante el periodico de Forks como para saber que el Gund Arena era uno de los principales pabellones para conciertos y espectáculos deportivos de la zona. Le dio gracias a Seth en silencio. Era un plan brillante. En un lugar público muy concurrido. Un lugar en el que ambos podrían escabullirse de la atenta mirada de Bella y, además, podrían hablar un momento, el tiempo suficiente para darle a Seth la información necesaria para salvar la vida de Jacob Black.

El 7 de agosto. Seth no dispondría de demasiado tiempo para preparar todo lo preciso, pero era una persona eficiente y con muchos recursos. Edward sabía que podía confiar en él por completo.

Se sintió mejor y notó que los músculos se le destensaban. Pensó en cuál sería el espectáculo del Gund Arena esa noche y en cómo conseguiría convencer a Bella para acudir allí. ¿Le diría que jugaba un equipo al que se moría de ganas de ver? Sacudió la cabeza para descartar la idea antes de que terminara de formarse. Era verano y, por lo que sabía, ni los clubes de baloncesto, ni los de fútbol o hockey jugaban en verano. Los Indians de Cleveland jugaban en el estadio contiguo al pabellón, de modo que el béisbol no podía ser la excusa.

¿Tal vez Seth quería que se encontrasen en un concierto de rock? Edward asintió, satisfecho. No le gustaba la música estridente pero tuvo que admitir que una noche de guitarras enloquecidas, luces psicodélicas y fans gritando sería el escenario perfecto para que pudieran encontrarse de forma discreta.

Ansioso por probar su teoría, hojeó el periódico en busca de la sección de ocio y espectáculos. Entre las reseñas de las películas y una entrevista a la estrella de una serie cómica de televisión, en la que confesaba al mundo que no era una mujer sino un hombre, encontró una lista de las actividades de la semana.

—El 7 de agosto —murmuró entre dientes mientras recorría con el pulgar la columna de la primera semana de ese mes. Se detuvo sobre el 7 de agosto y leyó las palabras allí impresas. Su excitación se vino abajo. Su confianza en la sensatez de Seth flaqueó, se desintegró. Si ése era su sentido del humor...

Volvió a la columna de clasificados para asegurarse de que los ojos no le habían gastado una mala pasada. Luego pasó de nuevo a la de espectáculos. Se encogió de hombros y la excitación que había sentido tras toparse con el anuncio se desvaneció, junto con el proyectado aumento de las bonificaciones que pensaba pagarle a Clearwather a final de año.

—Maldita sea —murmuró.

—¿Qué? ¿Ya te has peleado otra vez con Rose?

Edward se sobresaltó y vio a Jasper en la acera de enfrente, mirándolo. Cerró el periódico a toda prisa y balbució:

—¿Qué? ¿Si me he peleado con Rose? —Soltó una carcajada. Si Jasper supiera... Tal vez pelear habría supuesto una mejor opción, visto lo que se llevaban entre manos en esos momentos. Durante los días en que peleaban a todas horas, no se pasaba los ratos muertos pensando en el tacto sedoso de su piel, en la calidez de su boca y en...—. No —respondió antes de que sus fantasías se disparasen o Jasper pensase que tenía problemas—. Qué va, hace semanas que no peleamos.

—Ya me lo imaginaba... Anoche, a la luz de la vela...

—¿La vela? —Edward tardó unos segundos en reaccionar—. Pero si las cortinas estaban corridas, no pudiste ver nada.

—No vi nada, te lo prometo. Pero me desperté con la tormenta, eso es todo. Vi ese poquito de luz tras las cortinas de vuestro salón y supe que no era una linterna. Eres un demonio. —Le guiñó un ojo y le dedicó una amplia sonrisa—. Quién iba a pensar que una tormenta como ésa podía convertirse en una oportunidad romántica. Tú siempre piensas, ¿verdad?

A Edward no le gustaban los derroteros por los que discurría la conversación pero no sabía cómo cambiar de tema.

—Quieres decir que cuando te despertaste y viste la vela decidiste hacerlo...

—Sí, decidí imitarte —asintió Jasper con vehemencia—. Me costó un buen rato encontrar una vela, pero luego recordé que Alice siempre guarda una en el botiquín del baño. De esas que huelen a vainilla o algo así. Llevaba guardada y envuelta unos tres años, desde que Alice la había traído del supermercado, por lo que pensé que si la encendía a ella le gustaría, pero cuando la desperté... —El rostro de Jasper se puso del color de la grana. Con un golpe de tos, se desprendió de la vergüenza y dijo—: Sólo deseo que Rosalie y tu se hayan divertido tanto como nosotros a la luz de la vela...

Edward abrió la boca pero no supo qué decir. Volvió a cerrarla y miró a Jasper sorprendido.

Dondequiera que morasen los hados que controlaban su vida, debían de estar partiéndose de risa. En lo que iba de mañana, había pasado por la perplejidad, la calentura y el terror. Un pánico que había desaparecido al encontrar el mensaje de Seth. De la esperanza había pasado a la incredulidad. Y ahora, aquello. Si bien Bella había tenido sus buenas razones para no acostarse con él la noche anterior, y aunque esas razones fueran las más sensatas y buenas e incluso admirables, los resultados eran los mismos.

Darse cuenta de aquel detalle le revolvió el estómago y le heló la sangre. Mientras el soltero más codiciado del país era despreciado, el vecino, con su tripa cervecera, había vivido una experiencia de sexo desenfrenado y ardiente.

Edward sonrió a su vecino sin hacer ningún comentario y dejó que fuese el vecino quien decidiera si Rose y él se lo habían pasado tan bien como ellos o no.

—¿Qué estás haciendo? —Jasper cambió de tema con la misma facilidad con que cambiaba el aceite del coche.

—Plantando esas flores —dijo, con el periódico aún en la mano. De repente, se le ocurrió una gran idea.

Observó a Jasper con mucha atención. Si el sospechaba ya que Edward estaba pensando en utilizarlo como cabeza de turco para poner en marcha su plan, no lo demostró. Absorto en sus pensamientos, el grandullón metió las manos en los bolsillos de los vaqueros, se volvió sobre sus talones y se marchó con la cabeza ladeada. Mientras Edward lo contemplaba, vio que sus ojos centelleaban y que tenía una sonrisa de oreja a oreja.

Edward sacudió la cabeza para librarse de sus manías junto con la punzada de celos que había sentido, quisiera o no, cuando Jasper le había insinuado lo que habían hecho la noche anterior. Estaba claro que en casa de los vecinos no había habido una partida de póquer entre compañeros y un par de inocentes besos. Tal como Edward lo veía, Jasper estaba en deuda con él.

—Eh, Jass, ¿qué van a hacer Alice y tu el 7 de agosto? —preguntó.



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Y que opinan?? Despues de esa noche ya va a ser bastante imposible que esos dos se deseen mas de la cuenta...TONTA BELLA!!! jajajaj miren que prefiere cumplir con su deber (tono sarcastico)
Me gustaria saber que opinan chicas.
Adelanto: Prox capitulo se llamara "Nuevas Desiluciones"


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—¡Bájame! —gritó Bella, dando puñetazos a los durísimos brazos que la llevaban en volandas—. ¡Bájame! —Pero nadie parecía oírla. El público debía de pensar que aquel numerito formaba parte del espectáculo. La multitud enloqueció.

****

—Vaya, mira quién está aquí...- Bella gruñó. Reconoció la voz, y aunque no hubiese sido así, no habría tardado en saber quién había entrado en el lavabo de hombres. Se volvió y chocó contra una mole de carne tatuada, Estaba atrapada.



Les gusto??
jajajaj
GRACIAS POR COMENTAR!!
*NENY W CULLEN*


13 comentarios:

romina dijo...

oooooooo por dios... soy la primera!!!!!
que capitulo chika!!!!!!!!!! ya me dejaste muerta por el que sigue, más les vale que todas comenten pqra leer el que sigue jajaja... ya quiero leerlo, y pues bella... que responsabilidades, ni que estoy de turno ni que nada!!! jajja... esa negación me dejo =O jajjaja-.. bueno neny besotes y nos leemos pronto

brenda dijo...

ese capitulo me encanto!!!!!!! son las 2 am y se me quito el sueno totalmente!!!!pero no me gusta q edward traicione la confianza de bella eso me enoja mucho!!!

loka cullen dijo...

me encanto seguro k por culpa de edward cogieron a bella en el siguiente cap =( ojala k la salve y aya lemmon =) aora stoy comiendome el coco cn lo k podria pasarr... jeje sige asi

saracebo94 dijo...

que bien casi casi... espero que subas uno el lunes =P

Anónimo dijo...

Yo no m l ubiera pensado ni 1 vz jejeje
xro x salvar a edward todo....
Ooo publik pronto.... Muero de curiosidad
k pasarA??? Oooo sube pronto jejeje
lindo CAP emocinante jejejej
=)

Beth dijo...

Que temple esta chica, de veras. Son las dos de la mañana en Madrid, estoy muerta de sueño pero ví qeu habías subido uno más y me dije que por 10 minutos no pasaba nada. Espero poder parar aquí y no mirar el blogger porque sino estoy perdida.Me levanto las 6:30, por lo que dormiré cuatro horas pero vale la pena.
Me encanta cuando escribes dando tantos detalles de todo lo que hacen o piensan: parece que seamos nosotras las protagonistas.
Gracias y buenas noches.
Upps, se me olvidaban los besos

Electrica Cullen Black dijo...

bueno mi Neny... claro que me gusto este capi... como no me iba a gustar... con todo ese lujo de detalles... ese casi pero no... y además, por si fuese poco ese adelanto!!! ains... menos mal que me corté las uñas porque si no me las estaria mordiendo.

Isabella dijo...

Hay dios!! de donde saca Bella tanta fuersa, yo nunca, pero nunca podria averme negado ajjaa
:D ojala que comente ya quiero leer!!!!
Besos

Anónimo dijo...

HAAAA para cuando eee?
Uff por poquito habia LEMMON sinceramente nos esras torturando Neny!!

Hay en que lio metio a Bella, esta vez Edward?? :S Adios

Maria Cullen dijo...

HAAAA SI SOY EL COMENTARIO Nº 10!!
Vas a tener que publicar!!
hay que emosion!! esta BElla y su autocontro uff

Adiosito!!

♥yuri♥ dijo...

AYYY MI NERY ME ENCANTOOO!!!! Y EL ADELANTO QMG YA MUERO POR LEERLO!!!!

P.D:ESOS DOS SI K VAN A SUFRIR UNA CONBUSTION ESPONTANEA JAJAJAJAJAJA :P

Juli dijo...

No ibas a publicar hoy????

Anónimo dijo...

Neny¡¡¡¡¡
Por dios que me costo tanto leer estos dos capitulos que subiste, pero la espera fue gratificada....
Por favor publica el siguiente capitulo¡¡¡¡¡
Eres excelente, genial, falta palabras para explicar lo fantastica que es tu imaginacion y me encanta.
besos y kariños por montones
Mical = Micky

Afilianos ^^

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