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Las Incondicionales

lunes, 24 de mayo de 2010

Capítulo 14 Nuevas y terrorificas Desiluciones

Ok, diganlo, Mala mala mala Neny!!!
Lo se y lo siento!!!
En serio queria tener el capi para ayer lunes pero jodi! no pude. Y me atrase, pero aqui esta. MAlO, que quieren que les diga, por hacerlo a la rapida no funciono!
(doy una aclaracion, yo me baso en la historia de Connie Lane, Hay capis bastante parecidos pero en realidad yo lo cambio mucho. Solo para que sepan el por que quedan tan los capis tan largos es por eso mismo, por que me guio segun sus capitulos)
Este no me gusto, intente arreglarlo pero Filo!
A ver si para el viernes el proximo capitulo queda mejor Vale?
No pedire coments por que Daly tiene razon, es chantaje puro, y sali perdiendo.
Si quieren comentar no tengo problemas.
LAS QUIERO





Capítulo 14 Nuevas y terrorificas Desiluciones



—¿Y eso es excitante o qué?!

Con una sonrisa, Jasper tomo a Alice por la cadera mientras echaba la cabeza hacia atrás y contemplaba la impresionante fachada del pabellón. Eran las siete y media y la temperatura debía rondar los treinta y dos grados. La acera del edificio estaba llena de cuero negro y tatuajes. Bella no había visto tantos desde la vez en que hicieron una redada en un local de los Ángeles del Infierno, a las afueras de Phoenix.

No era «excitante» precisamente la palabra que tenía en la mente.

De manera instintiva, agarró con fuerza su gran bolso de piel sintética. Qué estupidez necesitar la seguridad que le daba notar que llevaba dentro la semiautomática de nueve milímetros... Qué estupidez sentirse tan conspicua y vulnerable pero, fuese o no una estupidez, Bella agradecía el valor que le ofrecía la pistola. Aunque la concurrencia no debía de ser tan dura como indicaba su aspecto, tenía que manejarse con cuidado. No necesitaba recordarse que ya había hecho el sacrificio definitivo en nombre de la seguridad de Edward.

Las posibilidades de todo lo que había rechazado la noche de la tormenta seguían plagando sus sueños de imágenes eróticas. La abstinencia le llevaba a estar de malhumor y la hacía más decidida que nunca en lo referente a velar por la vida de Edward, sobre todo después de haber renunciado por ello a tantas cosas.

Bella miró a su alrededor con ojos expertos. La ruidosa multitud que se congregaba fuera del pabellón era de lo más variopinto. Hacía menos de quince minutos que habían aparcado el coche y Bella ya había visto tipos musculosos en pantalón corto y camisetas muy ceñidas, mujeres tan duras que parecían capaces de morder y tantas personas a las que les faltaban dientes que un dentista, con ellas, se habría hecho de oro.

La mujer que estaba delante de Bella llevaba un peinado estilo colmena y una camiseta muy corta, que mostraba tanta carne que resultaba de un mal gusto espantoso; por no decir indecente. Lucía un tatuaje en el hombro izquierdo en el que se autoproclamaba «la zorra de Bubba». El hombre que estaba junto a ella, y que Bella supuso que debía de tratarse del propio Bubba, llevaba muchos aros en las orejas y una cola de caballo que le llegaba hasta la mitad de la espalda. También llevaba una serpiente tatuada en el brazo que se ondulaba desde el hombro hasta la muñeca. La cabeza de la serpiente, con los colmillos al descubierto, cubría la totalidad de su mano. La pareja que los acompañaba era algo más sentimental. Iban vestidos absolutamente conjuntados: pantalones de cuero, chaqueta de cuero y collares de pinchos.

A la derecha de Bella, Jasper y Alice se veían absolutamente convencionales en medio de aquella colorida multitud, pese a haberse puesto sus vaqueros nuevos y camisas de cuadros para la ocasión. Bella no necesitó recordarse el aspecto de Edward. A pesar de que ella le había dicho que lo mejor sería que pasase inadvertido entre toda aquella gente, él había insistido en ponerse unos vaqueros azules y un polo de color rojo muy chillón, con botones delante y un símbolo bordado sobre el corazón; una mala imitación de la marca de un famoso diseñador.

Parecía un asistente social o, peor aún, un policía. Bella lo miró y apartó los ojos enseguida porque temió que, si lo miraba durante más tiempo, tal vez la gente se daría cuenta y también lo observaría. En realidad, era la primera vez que se alegraba de estar muy apretujados en la cola, esperando para entrar en el pabellón. Con tanta gente, la posibilidad de que alguien se fijaran en el era remota.

Aunque cualquiera que tuviese dos dedos de frente habría advertido que era demasiado tarde para salirse de la cola que avanzaba hacia las puertas abiertas del pabellón, Bella supo que tenía que intentarlo. Una vez más. Se movió hacia la izquierda, cerrando el espacio ya excesivamente escaso entre Edward y ella.

—¿Estás seguro de lo que hacemos? —le preguntó.

—¿Seguro? —Edward jugaba con ventaja. Era más alto que Bella y alargó el cuello para mirar hacia la puerta por encima de la gente—. ¿Por qué no iba a estarlo?

Era lo mismo que le había escuchado decir una y otra vez desde que Jasper le anunció aquella salida al auditorio, una especie de mantra que Bella podía repetir incluso dormida. Suspiró, pero antes de tener la oportunidad de discutir o rendirse a la evidencia, recibió un fuerte empujón por detrás que la hizo volver a la realidad.

De manera instintiva, metió la mano en el bolso, se volvió y se encontró con la nariz pegada a una gran mole de carne tatuada.

El propietario de la carne y de todos esos tatuajes medía casi metro noventa, vestía pantalones de motorista y una cazadora de cuero que no llegaba a cerrarse sobre su torso desnudo. Debía de ser gato viejo en lo que se refería a intimidar a la gente. Retrocedió un par de centímetros y miró a Bella de arriba abajo.

—¿Se puede saber qué miras? —le preguntó el gigante en tono crudo.

Bella notó que, a su lado, Edward se tensaba y daba un paso hacia delante. Muy considerado por su parte, estilo años cincuenta, pensó ella; pero era ella quien estaba allí para trabajar. Parte de ese trabajo consistía en impedir que nadie le abriese la cabeza, le rompiera los brazos u otras partes de su cuerpo; partes en las que, en ese momento, no quería pensar. Y el tipo que tenía detrás parecía aficionado a ese tipo de juegos.

Con el movimiento de una mano y una media sonrisa, Bella supo que la única manera de afrontar a esos provocadores era jugar su mismo juego. Se puso de puntillas y quedó a la altura del piercing que el tipo llevaba en el pezón izquierdo. Echó la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos, deslustrados y enrojecidos, ejemplos de manual de en qué puede convertirse un hombre después de fumar demasiada hierba.

—Yo no te estaba mirando a ti —le dijo Bella con un gruñido. Sacudió la cabeza e hizo un inconfundible gesto con la mano.

El tipo respingó. Al parecer, no esperaba que le plantase cara una mujer que vestía una camiseta con ositos de peluche amarillos. Asi, Bella, satisfecha se volvió hacia las puertas y esperó que la cola avanzase deprisa, antes de que el tipo decidiera ir a la carga otra vez.

—¿Crees que ésa es la mejor manera de tratar a estos tipos? —le preguntó Edward al oído, haciéndola temblar por completo.

Ella lo tranquilizó con un gesto pero, en su interior, no se sentía relajada. Había visto que el labio superior de Edward se había fruncido mientras era testigo de cómo le paraba los pies al grosero de atrás. Había visto que Edward se había movido entre el gentío, con los brazos pegados a los costados y los hombros duros como una piedra. Total y absolutamente incomodo, desagradado…entonces ¿Qué rayos hacia ahí, por que habia aceptado ir?

Bella sopesó todas las posibles respuestas a esa pregunta pero no dio con la solución, igual que le había ocurrido el día en que el vecino los invitó al auditorio y Edward había aceptado encantado. Por eso hace dos días habia decidido preguntárselo abiertamente.

—¿Y por qué no? —le dijo el—. Al fin y al cabo, han sido muy amables invitándonos.

—Sí, invitándonos al infierno. —Volviendo al presente, Bella murmuró esas palabras sin importarle que alguien las oyera. A su izquierda, dos individuos se insultaban, pasando acto seguido a las manos. La multitud los espoleó hasta que expresó su decepción con silbidos cuando dos de los tipos de seguridad del recinto que parecían más colocados se acercaron a separarlos.
Cuando la refriega terminó, estaban ya tan cerca de la puerta que notaron el aire acondicionado del interior del pabellón.

—¿HEy, están bien ustedes dos? —Jasper miró a su alrededor y les dedicó una sonrisa como las que Bella suponía que los hombres intercambiaban cuando se cruzaban en el salón de masajes del barrio—. Va ser una pasada de noche.

—Fantástico. —Esa única palabra, salida de entre los dientes apretados de Edward, le dijo a Bella mucho más de lo que le había revelado el mantra «¿por qué no iba a estarlo»?, repetido durante toda la semana. Curiosa, se volvió para observarlo más de cerca, pero él se comportó como si no hubiese dicho nada y se preguntó si no lo habría imaginado todo.

Al cabo de un minuto, al entrar en el recinto, comprobó que no había imaginado nada. El aire frío, en contraste con la piel caliente, le puso la carne de gallina en los brazos y en la espalda. Ella respiró hondo. El aire acondicionado la hacía estremecer pero, al mirar a su alrededor, comprobó que lo que había dicho respecto a encontrarse en el infierno, había sido totalmente acertado.

Aquello era el verdadero infierno, sobre todo para una agente del FBI cuya misión era velar por la seguridad de un testigo.

Había tenderetes en los que se vendía de todo, desde perritos calientes de un palmo de largo hasta programas de la velada de esa noche, pasando por camisetas, serpientes de plástico, carteles de los grupos y mucha más cerveza de la necesaria para una multitud ya hiperexcitada.

Bella notó un cosquilleo en todos los nervios de su cuerpo y, por primera vez, supo que la sensación no tenía nada que ver con la proximidad de Edward. Se le erizó el vello de la nuca y su instinto de policía la puso sobre aviso. —Esto es peligroso. —Bella agarró a Edward por el brazo, llevándolo hacia un lado—. Tenemos que sacarte de aquí ahora mismo.

—Ya hemos vivido situaciones parecidas. —Cuando Edward vio que los vecinos se habían detenido para ver qué les ocurría, les indicó que siguieran con un gesto de la mano y Bella deseo que Edward no fuera tan buen actor, se descubrió deseando poder saber que pasaba por la mente del maldito playboy—. Hemos venido y nos quedaremos. De otro modo los vecinos sospecharían.

—Pues que sospechen. —Bella se apartó para que un adolescente que tenía mucha prisa pudiera pasar—. Aquí hay demasiada gente, Edward, pueden surgir infinitas complicaciones. —Miró los tenderetes junto a los que se encontraban y a las decenas de puertas que llevaban a los lavabos y a las dependencias de primeros auxilios—. Vulturi puede estar escondido en un centenar de lugares.

—El no está escondido en ninguna parte. —Mientras lo decía, miró a su alrededor y Bella se fijó en ello. Si en realidad Edward no creía que Aro Vulturi se encontraba ahí no entendía por que buscaba a alguien.

Edward miró hacia la entrada por la que todavía accedían docenas de personas al recinto.

—Es imposible que sepa que estamos en Forks verdad? —preguntó, pero no esperó respuesta. Simplemente miro hacia donde se encontraban Alice y Jasper y sonrio cuando vio que este ultimo compraba cuatro latas de—Y aunque cerrase los ojos y señalara un punto del mapa al azar y ese punto fuese Forks, ¿cómo iba a saber que esta noche vendríamos al auditorio? —La miró a los ojos. Su voz había sonado de lo más paciente, lo cual, para Bella, todavía empeoraba más las cosas ya que no podía decirle que no tenía razón.

—Sí, bueno. —Bella soltó un bufido de preocupación—. Ok verdad, pero eso no quita que siga siendo peligroso.

—¿Asustada? —Edward formuló la pregunta con una de sus sonrisas torcidas marca de la casa, con las cejas arqueadas por encima de la montura de sus gafas y los ojos brillantes—. ¿Tienes miedo de que esta gente sea demasiado dura para ti?

—No me voy a dignar a responder a eso. —Bella se negó a participar en aquel pique propio de adolescentes. Edward sabía que no soportaba que se pusiese en cuestión su valor y, en lugar de reconocerlo o verse arrastrada a una pelea en un sitio tan concurrido, caminó hacia sonde se encontraban Alice y Jasper, sabiendo que Edward venia atrás suyo esbozaba una sonrisa de triunfo.

—Y que les parece ah?- pregunto Jasper emocionado—. ¿A que es excitante?

—Sí, lo es —respondió ella, muy seria.

Bella siguió a los vecinos hasta sus asientos sin perder de vista a su protegido. Anhelaba encontrar algo en su expresión que le permitiese comprender, ante todo, qué demonios estaban haciendo en aquel infierno; pero por más entregada que estuviese, no importaba. Su expresión era tan indescifrable como la de una esfinge.

Nada tenía sentido. Ni el lugar ni el espectáculo ni el repentino deseo de Edward de demostrarle a los vecinos que no era más que un buen chico. A Bella todo le resultaba incomprensible.

Se abrieron paso por el pabellón y descendieron por las gradas hasta el espacio central. Bella advirtió que si buscaba detalles que tuvieran sentido, se había equivocado de sitio. Desde la parte central del auditorio, donde tenían lugar los acontecimientos deportivos o musicales, el mundo real parecía encontrarse a millones de kilómetros de distancia. Las luces estroboscópicas la cegaban una centésima de segundo y la sumían en la oscuridad más total a la centésima siguiente. La música sonaba tan fuerte que resonaba en su interior haciendo temblar el vaso de plástico de la cerveza.

—Magnífico —gruñó, sin saber si lo hacía debido a las molestas imágenes de corderos degollados que se habían formado en su mente o al hecho de descubrir que tenían entradas de primera fila. Intentó sentarse en el asiento que daba al pasillo pero cuando iba a sugerirle a Edward que le cambiara el sitio, las luces se apagaron por completo y todos empezaron a gritar como posesos—. Realmente magnífico —repitió antes de ser golpeada por los tipos de la hilera de detrás, que se dedicaban a dar saltos y a gritar a pleno pulmón. Bella se dejó caer en el asiento más cercano y suspiró, resignada a vivir la que iba a ser su primera asistencia a una velada de lucha profesional.


Edward no sabía que los asientos iban a estar tan cerca de donde se desarrollaba la acción, que podrían contemplar tan bien todos los movimientos de los luchadores. Un tipo vestido de verde, con una horrenda cicatriz encima del ojo, saltaba con los dos pies sobre otro tipo musculoso y de pelo largo con una cara que parecía esculpida en piedra.

Bella no se lo creía, no entendía como era posible que estuvieran frente a un ring de lucha libre y para colmo en la primera fila. Oyendo como el auditorio era un verdadero volcán en erupción. Durante todo ese tiempo, Bella permaneció sentada al lado de Edward, todo lo cortés e interesada que alguien pudiese mostrarse por más de cien kilos de sudor, músculos cubiertos de aceite y las malas actitudes del cuadrilátero.

En realidad, no prestaba demasiada atención a la pelea. Cada vez que Edward la miraba, la descubría mirando a su alrededor. No sabía qué buscaba, pero sabía por qué lo hacía. Aquel lugar era una pesadilla, sobre todo para una agente de la ley que se tomaba su trabajo tan en serio. El podia notar la tensión acumulada en el cuerpo de la agente. Agradecía que velase por su seguridad, y esperaba poder decírselo algún día. Pero ese día parecía aún muy lejano y la única manera de poder hacer lo que había ido a hacer al pabellón era escabullándose.

Antes y después del descanso, le había dicho que iba al baño y las dos veces Bella lo había seguido y lo había esperado fuera. Antes y después del descanso, Jasper se había hurgado el bolsillo buscando dinero para cervezas y Edward se lo había quitado y había ido él a por ellas. En ambas ocasiones Bella lo acompaño.

Tal como estaban las cosas, no podría encontrarse con Seth.

La idea cayó en su estómago como el perrito caliente que había ingerido para cenar. Produjo el mismo efecto. Se le encogió el estómago y se sintió descorazonado y asustado. Edward se preguntó por qué los gustos de Seth habían pasado de lo selecto a lo repulsivo y echó otro vistazo al cuadrilátero. Sin embargo, que él estuviese allí no tenía nada que ver con el buen o el mal gusto. Confiaba en su amigo más que en ningún otro ejecutivo con los que hubiese trabajado, y aunque su lógica le decía que era improbable que se encontrara con él en un sitio con tanta gente, no perdía la esperanza de hacerlo.

Entre los dos tipos que peleaban, el de verde y el del pelo largo, se declaró un vencedor y, quienquiera que fuese, al instante siguiente ya lo habían olvidado. Brillaron un par de flashes y Bella se volvió para estudiar a los fotógrafos. No parecían sospechosos ya que, de otro modo, no se habría vuelto a sentar sino que se les habría lanzado al cuello.

—Esto lo retransmiten por la tele, ¿verdad? —preguntó Bella, como si acabase de ocurrírsele.

—¡Dios, espero que no! —En segundos Edward se hundió en su asiento y se aguantó la cabeza entre las manos. La idea de que lo vieran en un combate de lucha le parecía atroz. El que lo reconociesen le hizo imaginar lo que dirían sus compañeros de los clubes de campo y lo que haría la prensa sensacionalista con semejante historia. Ya veía los titulares: «¡Romeo en la lucha libre! ¡Romeo el rey del ring! ¡Un paseo por el lado salvaje de la lucha con el hombre más guapo del país!»

El estómago se le revolvió de nuevo, pero antes de que la sensación desapareciera se le ocurrió otra idea: ¿no era precisamente eso lo que quería, que lo vieran?

La pregunta sonó como un pinchazo de culpabilidad en la conciencia de Edward. ¿No había cosas más importantes que lo que dijeran de él las revistas de cotilleos? ¿No era eso lo que llevaba diciéndose todo el verano? ¿No era eso lo que había aprendido de Jacob Black? ¿Había cosas por las que merecía la pena arriesgar el sentido del ridículo e incluso la integridad física?

Como no estaba de humor filosófico no se molestó en responder a sus propias preguntas. Se sentó y miró de nuevo a su alrededor. No había cámaras de televisión a la vista, lo cual suponía una bendición en una velada llena de sangre, sudor y escarnios. A Seth, sin embargo, no se le veía en ningún sitio y, mientras presentaban a los siguientes luchadores, aprovechó para ponerse en pie y observar mejor. Como era de esperar, a Bella eso no le gustó en absoluto. Se puso en pie de un salto, lo agarró por el brazo y lo hizo sentar.

—De pie eres un objetivo fácil —le dijo con una expresión vigilante pero sin perder la sonrisa para no asustar a los vecinos.

—Sí, lo sé. Lo siento. —Edward la miró con cara de cordero degollado y esperó que lo viera pesaroso y no contento. De ese modo, ella no sospecharía lo que acababa de ocurrir, entre el ponerse en pie y el volverse a sentar. Había visto a Seth Clearwather y había cruzado una mirada con él.

Solo habían bastado un par de segundos para reconocerse. Después advirtió que Seth llevaba una camiseta amarilla con el distintivo de personal del espectáculo en la parte delantera; como la que llevaban los gorilas apostados en los pasillos. Su amigo nunca había parecido un gorila, difícilmente podría parecerlo pues había sobrepasado la cuarentena, estaba medio calvo y llevaba gafas. Y, sin embargo, allí estaba, al fondo de uno de los pasillos, con los pies separados y las manos cruzadas sobre el pecho.

Seth vio a Edward en el mismo momento en que éste lo veía a él. Sus ojos se encendieron de alegría y alivio al comprobar que ponerse en contacto con Seth había sido la decisión correcta.

Su amigo había estado a punto de saludarlo con la mano pero se contuvo a tiempo, le hizo un gesto con la cabeza y sonrió. Justo antes de que Bella lo obligara a tomar asiento, vio a su amigo mirando por encima de su hombro y Edward supo qué significaba. Justo detrás de Seth había un cartel en el que se leía «zona 545». Ahí era donde quería que se encontrasen. Ahora Edward solo tenia que encontrar el modo de ir hasta Seth sin que Bella lo pillase

En la Academia, nunca le habían hablado de eso. Por muchas grandes ideas de situaciones nunca habría supuesto esta. Bella se recostó en el asiento y observó a la multitud. Nadie le había dicho nunca que tal vez se encontraría un día a un metro de distancia de unas bestias musculosas, anchas espaldas y excitadas por la testosterona intercambiando porrazos. En todo caso, de encontrarse en una situación así, sería para detener a esas bestias musculosas, de espaldas anchas y excitadas por la testosterona.

Cuando anunciaron a los dos luchadores siguientes y la multitud enardeció, su humor incluso empeoró. Pareciera que ese combate era diez veces mas esperado que el anterior por que el ruido fue el doble al igual que la ansiedad de Bella. En un lugar asi, fácilmente podrían dispararle a Edward diez veces y nadie lo notaria.

—Me vendrían bien unas palabras de ánimo —gruñó incomoda, pero aunque lo hubiese dicho gritando, nada habría cambiado. Aunque estaba sentado a su lado, Edward no lo oyo. Contemplaba la acción que se desarrollaba en el cuadrilátero, una acción que en aquel momento consistía en los golpes que intercambiaban un tipo grande con un taparrabos negro y otro tipo aún más grande con una silla plegable de metal; Bella no entendía como se estaban desarrollando los hechos. Por lo que sabía de Edward, no entendía que no se hubiese marchado antes, si no a casa, hasta que los vecinos quisieran, sí a comprar serpientes de plástico o a tomar café aguado, cualquier cosa que no fuera estar tan cerca de aquella carnicería falsa, patética y mezquina.

Empezó a repetirse mentalmente esa pregunta hasta que se controló. Era inútil darle más vueltas a aquella cuestión, pues no llevaba a ninguna parte.
—¿No te parece entretenido? — preguntó Jasper, que estaba sentado a su derecha y se había acercado a ella para hacerse oír—. Espero que lo estén pasando bien ustedes dos.

—De maravilla —respondió ella lanzando una mirada asesina a Edward quien no tenia la imagen de estar disfrutándolo, pareciera que simplemente quería salir corriendo de ahí
-Hey, que le ocurre a Emmett?- pregunto su vecino viendo lo incomodo que estaba Edward

-Emmett se pone un poco ansioso cuando tiene que estar sentado tanto rato —le dijo ella sin dudar un segundo—. A veces siente algo de claustrofobia. Por eso me sorprendió un poco que hubiese aceptado tu invitación.

—¿Mi invitación? —Uno de los luchadores se encaramó en las cuerdas del cuadrilátero y saltó sobre su adversario. Jasper también salto del susto y grito un par de maldiciones. Mostro una gran sonrisa y volvió a sentarse a su lado—. Ese Emmett... Es un diablillo no? —Jasper sacudió la cabeza, admirado. Miró a Edward pero éste no le prestó ninguna atención—. Probablemente quería sorprenderte. Venir esta noche aquí ha sido idea suya.

En la cabeza de Bella sonó una alarma, algo que le avisaba que algo no estaba bien

—¿Quieres decir que fue él...? ¿Estás seguro de que...? —Su cerebro se aceleró trazando posibilidades, y ninguna de ellas le gustaba.- ¿O sea que esto ha sido idea tuya? —Bella le gritó a Edward, antes de advertir que habría sido más efectivo abordar la cuestión de una manera más serena y razonable.

Pero nada importo por que Edward no tuvo chance alguna de responder. Justo cuando se volvió a ella la multitud grito y uno de los luchadores salió volando del cuadrilátero y cayó a sus pies.

Bella habría podido controlarse y tomar las riendas de la situación de no haber sido porque el otro luchador salió en busca del que había caído. Saltó del cuadrilátero, aterrizó sobre su adversario y siguió golpeándolo en un charco de sudor a medio metro de donde Bella se encontraba.

Dos aficionados que estaban en la fila de detrás no pudieron contener su excitación y, sorteando los asientos, se fueron directos hacia la pelea. Los gorilas guardias de seguridad llegaron a dispersar a las masas. Uno de ellos agarro a un aficionado y lo lanzo directo hacia Bella.
Es ese instante Edward tomo del brazo a Bella con fuerza para que se levantara de su asiento.
En segundos Bella estaba en el suelo, desorientada y con uno de los luchadores de cuerpo excesivamente sudado a solo milímetros de ella.

—¿Estás bien? —oyó que decía Edward por encima del griterío. Metió el brazo entre aquel amasijo de cuerpos que se retorcían para ayudarla a ponerse de pie. Sin entender que era Bella se encontró con los ojos de Edward, que le transmitían algo, un sentimiento. Y recordó aquella vez que lo salvo de repartidor de pizzas falso. Recordó aquel momento que la ayudo a ponerse de pie y descubrió una diferencia. Esta vez fue por ella. No perdió ni un segundo pensando en sí mismo. Toda su preocupación había sido lo que pudiese ocurrirle a ella.

Cuando Bella se dio cuenta de ello, se quedó helada, y eso que segundos antes se había visto invadida por una agradable calidez.

—Gracias —sonrió, todavía agarrada a la mano de Edward, que no tuvo tiempo de devolverle la sonrisa ya que alguien lanzó un puño y Bella lo apartó de un empujón al tiempo que se agachaban.

Uno de los luchadores chocó contra ella y notó la presión de un cuerpo musculoso sobre el suyo. Notó que sus pies se alzaban del suelo y descubrió que la habían levantado en el aire.

—¡Bájame! —gritó Bella, dando puñetazos a los durísimos brazos que la llevaban en volandas—. ¡Bájame! —Pero nadie parecía oírla. El público debía de pensar que aquel numerito formaba parte del espectáculo. La multitud enloqueció.

Para que el tipo la escuchase fue necesario un codazo bien dirigido a su estómago. Cuando la dejaron en el suelo se dio cuenta que ya no estaba donde mismo, la habían alejado del tumulto, a salvo. Pero muy lejos de Edward quien ahora se dirigía hacia las escaleras de salida y se perdia en el.

—¡Eh! —Bella reaccionó de forma instintiva. Gritó a Edward y corrió hacia allí pero no pudo cruzar el amasijo de cuerpos que formaban luchadores, gorilas y aficionados que, justo en ese momento, empezaba a disolverse. Y aunque hubiese podido pasar, eso no habría cambiado las cosas, ya que Edward seguía avanzando hacia la salida. La última vez que lo vio, su polo de color rojo brillante desaparecía por una de las puertas.

—¡Maldicion! —Bella pateó el suelo e intentó sortear la pelea. Corrio hacia la otra salida mas cercana pero dos gorilas custodiaban la puerta-Disculpen tengo que salir

—No, señorita. —El gorila sacudió la cabeza. En su oreja brilló un pequeño diamante bajo la luz de los focos—. Tendrá que esperar a que los de seguridad hayan despejado la zona.

—No, usted no entiende, tengo que salir. —Bella esbozó una sonrisa que no hizo variar la pétrea expresión del gorila, el cual cruzó los brazos sobre el pecho—. ¡Esto es una locura! —Volvio a su asiento donde ya no habia gente y busco su bolso que habia caído entre las sillas. Asi si se ponía peor la cosa al menos podría mostrar su placa. Asi que volvió a mirar al guardia mastodonte y sonrio —Mire —le dijo—, tengo que marcharme. Si me atiende un segundo...

—No —ladró el tipo con la cordialidad propia de un instructor de los marines. Le lanzó una feroz mirada y Bella comprendió por qué estaban esperando a los de seguridad.

El gorila pensaba que Bella se había visto implicada en la pelea, que no era sólo una inocente espectadora de la misma. ASi que no la dejarían salir hasta que la policía se la llevara, si eso ocurria no podría encontrar a Edward.

Bella hizo un intento de evadir al gorila pero este se dio cuenta y la agarro. Antes de hacer nada Bella recordó que el tipo estaba haciendo su trabajo, pero que ella también estaba haciendo el suyo. Y no habia tiempo para. Simplemente uso la técnica de la huida femenina, un golpe bajo en la entrepierna con su rodilla lo dejo sin aire. En solo milésimas de segundos Bella ya estaba fuera del pasillo. Subió las escaleras de dos en dos, corriendo hacia el lugar por el que había visto desaparecer a Edward. Abrió la doblé puerta que daba al ancho pasillo donde estaban los tenderetes. Con el cerebro bullendo de pura adrenalina y el corazón latiéndole desbocado, hizo una pausa y miró a un lado y al otro del corredor casi vacío.

—¡Mierda! —Si, hubiera sido comico y hasta tierno haber encontrado a Edward esperándola ahí en la salida. Pero no habia sido asi. Se apresuró hacia el primer puesto de la hilera de chiringuitos—. ¿Has visto a un tipo moreno, con polo rojo y gafas? —preguntó a la vendedora.

La asombrada mujer sacudió la cabeza. Bella empezó a hacer la misma pregunta en todos los puestos. Al parecer, en un recinto pon veinte mil personas resultaba difícil fijarse en una cara, por más que se tratase de una cara capaz de provocar millones de fantasías.

Bella siguió recorriendo el pasillo y, al doblar un recodo vio el centro de operaciones de los de seguridad. Disminuyó el paso e hizo un repaso de la mercancía que podía comprarse, desde cámaras de un solo uso hasta camisetas, pasando por unas botellas con la foto de alguien llamado Malagasi Cobra, un tipo con tanto músculo que Bella se preguntó cómo podía moverse.

—¿Eres admiradora de Malagasi Cobra? —preguntó el vendedor.
—Sí, claro.- mintió descaradamente cuando dos gorilas pasaron detrás de ella buscando indicios de su presencia. Saco un billete de 20 y se los dio al vendedor, se puso la camiseta y salió sin siquiera aceptar el cambio que le tendía el tipo. Pero en la puerta se quedo mirando alrededor- Oye, no habrás visto por aquí a un tipo muy guapo con gafas, ¿verdad? —le preguntó, esperando que cuatro dólares y noventa centavos fuese propina suficiente como para hacerlo hablar—. Ah, y lleva un polo rojo brillante.

—Pues acabo de verlo.

—¿Y dónde ha ido? —Bella pregunto ansiosa.

El hombre señaló una puerta que se encontraba unos tres metros más adelante y Bella salió a la carrera. Abrió la puerta de golpe y se precipitó al interior. Entonces advirtió que estaba lleno de urinarios y se sobresaltó.

Era el lavabo de hombres pero no había nadie, por lo que a nadie le importaría que una mujer hubiese hecho una incursión en una zona de dominio masculino tan íntima. Se adentró más en el baño y miró a su alrededor. Frente a ella vio una puerta que llevaba de vuelta al corredor y se descorazonó al intuir lo que probablemente había sucedió. Sin embargo, y como todavía estaba allí, pensó que merecía la pena intentar encontrar a Edward.

—¿Edward? —llamó—. Edward, ¿estás aquí? No obtuvo respuesta. No la necesitó. Sabía que aun en el caso de que Edward hubiese estado allí, ya se habría marchado. Pensando en eso, Bella oyó cómo se abría y se cerraba la puerta que tenía a sus espaldas.

—Vaya, mira quién está aquí... Bella gruñó. Reconoció la voz, y aunque no hubiese sido así, no habría tardado en saber quién había entrado en el lavabo de hombres. Se volvió y chocó contra una mole de carne tatuada. Estaba atrapada... por si fuera poco con el tipo del piercing en el pezón.
* * *

*****
Espero no esten enojaditas conmigo :S
GRACIAS POR COMENTAR (si es que quieren obvio)
BESOS

*NENY*

sábado, 22 de mayo de 2010

Capítulo 13 Deseos

Ok,HAY mis nallas queridas!! por que pasaron los 10 coments ( Y MIL GRACIAS POR ESO!!) le dejo el capi de regalo. Espero les guste y sigamos con el mis mo sistema. Si hay mas de 10 coments para el lunes, subire otro...denme un poko de tiempo que tambien estoy trabajando en la historia de Rose y Amor a Toda Prueba si?
Muchas gracias por los animos y perdonenme la hora pero el frio de Santiago y la lluvia han hecho estragos en casa :S.
LAS QUIEROOO






Capítulo 13 Deseos

El corazón de Bella se saltó uno de sus latidos y la sangre se le encendió. Allí, en aquel círculo de luz rodeado de sombras, Edward parecía la encarnación de todas las fantasías de su vida. Su cabello negro se mezclaba con la noche, sus centelleantes ojos con el brillo de la vela, sugiriendo algo más ardiente. Torció los labios en una sonrisa de aire un tanto malévolo debido a la barba que ensombrecía su mandíbula. Su cuerpo...

Bella respiró hondo, esperando que pareciera que hacía acopio de fuerzas contra los truenos en lugar de contra la excitación que la recorría y la debilitaba. Tendría que haber supuesto que hacerle una pregunta significaría caer en una trampa. Se prometió que, cuando su respiración retomase su ritmo normal y su cuerpo dejara de vibrar, le diría que no. Pero, de momento, tenía que permitirse aquella fantasía. Era del todo impotente ante ella.

Miró a Edward, primero a los ojos, y luego su camiseta y sus pantalones de gimnasia con la goma gastada, que le caían hasta las caderas, aunque por delante, en ese momento, le quedaban apretados.

Volvieron a acudir a su mente los recuerdos del incidente del baño y las fantasías tomaron tales derroteros que se encontró devanándose los sesos para encontrar algo que decir que la salvara de la humillación.

—Un strip póquer. —Su risa sonó tan hueca como sus palabras. Se apresuró a proseguir antes de que él replicara—. No, definitivamente no. Me he vestido demasiado deprisa y me temo que debajo no llevo lo que debería llevar y además... —Se iba avergonzando a medida que hablaba. Se llevó una mano a la boca antes de seguir liando el asunto.

—¡Oh, menuda excusa! —rió el, por fortuna—. O sea que debajo de esa camisa no llevas nada. ¡Eso tendría que disuadirme de querer jugar contigo!

De no haber reído, Bella no habría sabido qué hacer. Pero había algo en aquella risa, dentro del santuario de luz que formaba la vela, que diluyó su vergüenza; del mismo modo que su compañía le había disipado el miedo por la tormenta.

Se recobró en un instante y le sonrió. Con una mirada recorrió todo su cuerpo, de la cabeza a los pies.

—Pues no creas que llevas mucha más ropa que yo.

Edward se miró la camiseta y el pantalón y se encogió de hombros.

—Si ganas dos manos, he perdido y estoy fuera.

Dos manos, ganar dos manos. Y lo que Edward no sabía era que entre sus colegas de la Academia del FBI, Bella se había hecho famosa con el apodo «cara de póquer»: los había entristecido, los había vuelto más listos y les había ganado una parte del sueldo.

La tentación nunca había sido tan grande ni tan excitante ni tan imparable.

Bella se revolvió en el asiento. Diciéndole a Edward que se había vestido demasiado deprisa, había sido sincera. La electricidad se había cortado poco después de que la despertaran los primeros truenos, había tenido que vestirse a oscuras. No se había puesto sujetador y, en esos momentos, sus pezones estaban erectos y se le clavaban contra la camiseta. Esa sensación tenía que haberle avisado de que las cosas ya habían llegado demasiado lejos, pero lo único que consiguió decidir era que en ese caso, habían llegado demasiado lejos pero no lo suficiente.

Lo triste era tener que pensar en la alarma y en Aro Vulturi al mismo tiempo.

Intentó convencerse de que debía prevalecer en ella la sensatez. De acostarse con Edward, tendría que conformarse con media hora, más o menos. En media hora no ocurriría nada, nada que le hiciese necesitar la pistola y la placa. Luchó para controlar las deliciosas sensaciones que corrían por todo su cuerpo.

Pero fue inútil.

La última vez que había mirado a Edward se había sentido como si se lanzara al abismo, había tomado precauciones contra la pasión que se desataba entre ellos, pero también recordó que Edward Cullen era demasiado guapo y buena persona como para que el mundo perdiese semejante joya. Y era precisamente eso lo que podía ocurrirle si se metía en la cama con él. No podía olvidar que su misión era mantenerlo a salvo. Si eso significaba que Bella tenía que renunciar a las tentaciones que él le provocaba, eso sería lo que haría. Estaba de servicio.

Como para darse confianza a sí misma, acercó la mano a la pistola.

—¡Eh, que lo había dicho en broma! ¿No habrás pensado que quería jugar en serio? —le preguntó poniéndose en pie ante ella.

Edward no pensaba que Bella fuese a matarlo, por supuesto, ni siquiera a amenazarlo con el arma y, sin embargo, abandonó por completo su pose de Romeo. Se convirtió tan deprisa en el amigo de toda la vida, en el chico de la puerta de al lado, que Bella se preguntó quién de los dos estaba intentando frenar las tentaciones.

—Me refería al póquer —dijo, dejándose caer en el sofá junto a ella—. Al póquer de toda la vida, sabes jugar, ¿verdad?

Edward le quitó las cartas de la mano antes de que pudiera responder. Las barajó deprisa y se sentó erguido para poder repartirlas encima de la mesa. Mientras lo hacía, a Bella le pareció que murmuraba algo entre dientes, algo que, por sorprendente que resultara, sonó como «maldita caballerosidad».


Por si no se había dado cuenta aún, cuando el reloj le indicó que eran casi las cuatro, supo por qué Edward había triunfado de aquel modo en los negocios: su «cara de póquer» era tan buena como la de ella. En las reuniones del consejo de administración debía de ser invencible cuando se trataba de cerrar negociaciones. No le daba miedo hacer faroles y fingir y escabullirse hasta la victoria, incluso tratándose de una partida de cartas con apuestas falsas, que Bella hacía sobre la portada de un viejo National Geographic que se encontraba en la mesa de café.

No sería difícil molestar a un tipo que ni siquiera parpadeaba cuando sólo tenía una parejas de doses. Habría resultado fácil disgustar a una persona que ganaba con más facilidad que sus ex compañeros de la Academia.

Probablemente, habría sentido una mezcla de esas emociones de no haber sido por el hecho de que Edward era de lo más atractivo.

Bella bebió un sorbo de café; él acababa de llenarle la taza. Después de cuatro trazas de café y de la descarga de adrenalina que Edward le provocaba, probablemente no dormiría en cuatro días. Llegados a ese punto, tampoco le importaba. Intentó escabullirse de sus propios sentimientos porque, de otro modo, temía estallar como un cohete cada vez que él la mirase.

Desde que Edward se había sentado a su lado y habían empezado la partida de cartas, algo sorprendente había tenido lugar. El póquer había conseguido lo que no habían conseguido ocho semanas de convivencia: los hacía sentir a gusto el uno con el otro.

La tormenta había pasado y una suave y constante lluvia golpeaba el tejado. Era el sonido perfecto para acompañar una partida de cartas y una conversación que, pese a que estaban solos y podían gritar, seguía siendo lánguida como la luz de la vela.

La oscuridad invitaba a las confidencias y, aunque no estaban en disposición de confesarse sus más profundos y oscuros secretos, consiguieron mantener una conversación más amable que agresiva.

Era maravilloso saber que podían llevarse bien; aunque tal vez era sólo una especie de alucinación inducida por la cafeína. Tal vez tenía la mente algo confusa por no haber dormido, o bien se debía a la marca de aquel café tan fuerte. Fuera lo que fuese, se sentía muy a gusto y se desperezó y al hacerlo viendo que se alzaba la camiseta y dejaba a la vista un pedazo de su vientre, ni siquiera se ruborizó y tiró de la camiseta como una adolescente avergonzada.

Edward admiró su contorno y Bella le sonrió con agradecimiento al tiempo que recomponía su aspecto.

—Ok, Al parecer —dijo ella, mordiendo el extremo de un bolígrafo mientras consultaba el tanteo—, me debes tres millones cuatrocientos treinta y siete dólares. —Su sonrisa se iluminó—. En realidad, eres la única persona que conozco que podría pagar una deuda de ese calibre.

Con un resoplido de buen humor, Edward dejó sus cartas perdedoras sobre la mesa y dijo:

—Te debo tanto únicamente por culpa de la última mano. Si no hubieses subido la apuesta inicial a dos millones...

—Si no hubieses querido ver las cartas y no hubieses subido otro millón...

—Ahora estaríamos a la par.

Edward no había contado con el hecho de que Bella era tan buena con los números como con las cartas. Ella afinó los cálculos y añadió:

—No es exacto. —Señaló los números con el bolígrafo para que él los viera—. Incluso sin esta última mano, te estaría ganando dieciocho dólares.

—Lo cual significa que si hubiésemos jugado al strip póquer, ahora mismo estaría desnudo.

—¡Eso no es justo! —Tal vez se debió a la cafeína, porque Bella no fue capaz de imaginar qué otra cosa podía haberla poseído para discutir de forma tan chillona lo que había tardado un par de horase en olvidar mientras jugaban—. Lo que pretendes es distraerme y que olvide que me debes tres millones cuatrocientos...

—Treinta y siete dólares. Sí, sí, lo sé. —Edward movió la mano en el aire como si con ello pudiese hacer desaparecer la exorbitante cifra. Por lo que Bella veía, se comportaba exactamente igual que en los negocios, cuando estaba en Nueva York—. Ésa no es la pregunta adecuada. La pregunta correcta es: ¿te distraería que me hubiese quedado desnudo? —Rozó su rodilla con la de ella.

—Esperas que me marque un farol. —Bella advirtió demasiado tarde que estaba sujetando las cartas con tanta fuerza que las había doblado. Las tiró en la mesa y las mezcló con las demás antes de que el se diera cuenta y pudiese leer sus pensamientos—. ¿Sabes una cosa? Estoy cansada de marcarme faroles y de mentir. La respuesta es sí. —Miró a Edward a los ojos y se alegró de haberlo pillado con la guardia baja. Se había quedado petrificado y ella sabía que era porque no imaginaba lo que ella podía hacer a continuación—. Me distraería muchísimo —admitió. Juntó todas las cartas en un ordenado montón—. Bueno, ahora ya lo sabes. ¿Te alegra escucharlo?- pregunto alzando una ceja y sonriendole

—Me hace muy feliz.

—¿Porque significa que, en definitiva, has ganado? ¿Porque significa que tengo que aceptar que soy otra débil mujer que se rinde a tus pies a la mínima insinuación?

Edward se inclinó hacia delante. Se hallaba a muy pocos centímetros de ella, pero no la tocó y tampoco alzo la voz. Solo solto un susurro suave.

—Porque eso significa que me encantaría distraerte mientras estoy en cueros. —Le pasó un dedo por el brazo izquierdo, hacia arriba, y luego lo hizo descender por la parte delantera de su camiseta—. Porque eso significa que sería mucho más divertido y excitante si tú también estuvieras desnuda.

—¡Vaya, no lo suponía! —Bella respiró hondo. Las caricias de Edward eran ligeras como una pluma, incluso cuando su dedo se movía por encima de su pecho. Supo que él sabía a la perfección qué era lo que estaba haciendo: hacerla enloquecer. Volvió a mover la mano hacia arriba, se detuvo en el erecto pezón que se adivinaba bajo la camiseta y puso la mano plana sobre él.Bella cerró los ojos y tragó saliva para contrarrestar las sensaciones que se desencadenaban en su interior.—Divertido o no, eso no cambia las cosas —dijo. Abrió los ojos y vio que Edward estaba aún más cerca, lo bastante para tomarla por la cintura. La estrechó aún más y una de sus manos se coló bajo la camisa.

Comparados con la ardiente piel de Bella, sus dedos estaban fríos. Le recorrió las costillas despacio hasta llegar al pecho. Lo abarcó con la mano al tiempo que le acariciaba el pezón con el índice y el pulgar.

—Eso cambia algunas cosas. —Más que oír las palabras, Bella las sintió, sintió la sonrisa que tiraba de sus labios y notó el roce de la mejilla de Edward contra la suya; parecía papel de lija. Le pasó entonces los brazos por el cuello—. ¿Qué más quieres cambiar?

Bella quería cambiarlo todo. Quería cambiar un mundo en el que un hombre podía correr peligro por ser honrado y consecuente. Ella también quería cambiar y convertirse en una mujer para la que la pasión estuviese por encima del deber, una mujer que cediera a las sensaciones que la invadían.

Como sabía que no podía hacer nada de todo eso, se conformó con alcanzar los labios de Edward y besarlos.

Eso, en sí mismo, bastó para que se produjeran algunos cambios. Notó que los músculos de Edward se ensanchaban bajo sus manos y lo oyó suspirar antes de profundizar en el beso.

Bella ya sabía que Edward besaba de fábula. ¿Cómo habría podido olvidarlo? Sabía que, cuando su boca volviera a poseer la suya, sabría a café, a excitación y a la promesa de un millón de increíbles intimidades que ella ni siquiera era capaz de imaginar. Pero no tardó mucho en saber que dos y dos son cuatro y en descubrir que el beso que antes había recibido procedía de Edward Cullen, de su figura pública. Al fin y al cabo, si la había besado esa primera vez había sido por intercesión de Alice.

En esos instantes, estaban solos, y Edward Cullen, el competente, el triunfador, el ligón, iba a besar en privado. Los dos solos, rodeados de la oscuridad y envueltos en el repiqueteo de la lluvia y el ritmo acelerado de su respiración. Profundizó en el beso hasta un nivel nuevo de intimidad que iba más allá de cualquier demostración de sus mañas de seductor, más allá incluso del beso teatral que le había dado la primera vez, lo que provocó que, en esos momentos, sus fantasías fueran más explícitas y gráficas que nunca.

Una de ellas se estaba convirtiendo en realidad justo en ese preciso instante.

Cuando Edward recorrió su nuca con una serie de ardientes besos, Bella echó la cabeza hacia atrás y suspiró. Las manos de el se separaron solo para que una quedara dentro de la camiseta, abarcando uno se sus pechos con dulzura, para que la otra bajara lentamente acariciando su rodilla y subiendo por el muslo hasta tocar la humedad entre sus piernas.
Lo oyo gruñir y volvió a su boca con decisión, su lengua la acariciaba, demostrándole lo bueno que podia ser lo que seguía al beso.
La mano en su entrepierna acaricio lentamente y ella solto su boca para suspirar y sonreir.

—No está mal, ¿eh? —La voz de Edward parecía salida de la misma ensoñación que el beso.

—Muy bien…. Pero yo ya sabía que lo estaría. —Era cierto y Bella decidió que no servía de nada negarlo.

«Muy bien», por descontado, ni siquiera rozaba la descripción de las sensaciones que se agolpaban en ella o del calor que se ondulaba y vibraba en todo su cuerpo. Pero, de momento, o tal vez para siempre, tendría que contentarse con ese «muy bien».

Como si Edward hubiese adivinado exactamente qué estaba pensando, dejó resbalar la mano sobre sus costillas y la sacó de debajo de la camiseta. Alejo la otra y la puso en su rodilla resignado. Se apartó de ella lo suficiente para verla bien.

—O sea que está muy bien y siempre habías sabido que sería así... Entonces no entiendo por qué hemos parado.

—Hemos parado porque yo todavía soy yo y tú todavía eres tú. —Bella aprovechó la oportunidad para recostarse en el sofá y evitar de ese modo el destello de invitación que brillaba en los ojos de Edward.

—Y eso, ¿qué significa?

¿Si era tan listo, por qué no alcanzaba a verlo con tanta claridad como ella? Bella agarró la jarra de café con las dos manos, pero el calor del recipiente no bastó para sustituir el calor del cuerpo de Edward junto al suyo.

—Significa que no soy la Cenicienta. —Lo miró y como apreció que seguía sin entender, prosiguió—: Significa que cuando termine el baile tú seguirás siendo el príncipe y yo volveré a ser una calabaza.

—¿Y quién dice que el príncipe y la calabaza no pueden bailar su propia canción? —Le recorrió el muslo con el dedo pulgar, arriba y abajo, acercándose cada vez más a su entrepierna tratando de recuperar el camino recorrido—. Una mujer de tu mundo y un hombre del mío...

—¡Exacto!—Bella se alejó aún más antes llegar a convencerse de que el aquí y el ahora era más importante que la combinación total del resto de sus «mañanas»—. Tú lo ves así, ellos y nosotros, pero yo no soy un nosotros, soy un ellos. Nunca seré una de los vuestros. Limusinas, chóferes y...

—¿Me estás diciendo que soy un elitista? —Edward estaba desconcertado. Se reclinó en el asiento e inclinó la cabeza a la espera de una respuesta.

—Yo no digo que... Lo que digo es que... —No era Bella quien hablaba: la cafeína lo hacía por ella, la falta de horas de sueño, las terminaciones nerviosas que aún repicaban como las campanillas de los renos de Santa Claus. No encontró las palabras adecuadas y suspiró resignada—. Lo que quiero decir es que no podemos. La electricidad está cortada y la alarma no funciona. Aro Vulturi anda por ahí fuera. —Señaló la puerta con un movimiento de cabeza—. Y yo estoy de servicio y... ¡Maldita sea! —Bella intentaba irse por las ramas—. De acuerdo, lo admito. Estoy de servicio y voy a cumplir con mi deber. Y voy a protegerte, Edward. Y eres tan guapo que no quiero ni imaginarme cómo quedarías si cayeras en manos de Vulturi. Además, si pasaras a mejor vida, ¿por quién suspirarían todas las mujeres de este país?

Bella no creía que él fuera a responder, pero permaneció unos segundos pensativo y luego contestó con otra pregunta.

—¿Renunciarías a la posibilidad de que nos acostásemos juntos sólo para asegurarte de que no corro peligro? ¿Eso harías por mí?

En la voz de Edward había auténtica sorpresa, y a Bella no le pasó por alto el hecho de que estaba tirando de sus fibras más íntimas. No se trataba exactamente de que lo lamentara por él, pero sí lamentaba que ambos tuviesen que hacer un sacrificio.

—Lo cual no quiere decir que acostarnos juntos no fuera a ser maravilloso —dijo Bella, con la esperanza de que ambos se sintiesen mejor.

—Sería más que maravilloso. —Edward suspiró y se rindió. A Bella le dio la impresión de que estaba más cerca que nunca de reconocer que ella tenía toda la razón—. Al menos, eso podemos reconocerlo, al menos admitimos que sería maravilloso.

—Más que maravilloso.

—En algún otro lugar, en alguna otra ocasión.

—¡En otro universo! —Bella soltó una carcajada—. Claro, podríamos ampliar un poco las posibilidades del juego si me pagases los tres millones que me debes.

Los ojos de Edward centellearon y sus labios se torcieron en una sonrisa que dejo a Bella mas que ardiendo y que envolvió su corazón. Cada vez que conseguía convencerse de no hacer algo, le habría gustado convencerse de lo contrario, ya que él la miraba con ese rostro que dejaba sin aliento; el rostro de un héroe salido de una novela romántica.

—Es la primera vez que alguien ha conseguido que desee regalarle tres millones de dólares.

*******


El suelo estaba embarrado, la hierba estaba empapada, y aunque la lluvia había por fin cesado a eso de las seis de la mañana, el barrio estaba todavía cubierto de agua y tachonado con charcos que reflejaban el edredón que formaban las gruesas nubes grises. Edward se arrodilló y se le empaparon los vaqueros.

Contempló las flores alineadas junto al porche y sacudió la cabeza, compungido por el desastre. Las petunias y las caléndulas que había pedido a Alice no habían salido bien paradas de la tormenta. La fuerte lluvia había salpicado de barro los pétalos color cobrizo de las caléndulas. Los delicados pétalos de las petunias blancas y rojas no teman mejor aspecto. El viento había arrancado las flores. Tenían las hojas planas como si las hubiesen pisado unas grandes botas. Las raíces nadaban en charcos formados por una lluvia tan fuerte que había arrancado parte de la tierra de las macetas de plástico.

Pero, ¿qué otra cosa podría haber esperado?

Tampoco él había sobrevivido con entereza a la tormenta.

Se puso en cuclillas. Desde que la tormenta había pasado y el fluido eléctrico se había restablecido, ni Bella ni él habían dormido. Supuso que la cafeína la había desvelado y que era inútil pensar en dormir. Y si bien él había sido más listo y había tomado la mitad del café que ella había llegado a ingerir, pues creyó que era mejor subir al dormitorio, cerrar los ojos y vaciar la mente, enseguida pensó que eso lo llevaría a la perdición, porque sabía que ir a la cama no significaría dormir.

Por primera vez había podido apreciar la sabiduría del viejo refrán «las manos ociosas son el taller del demonio»; en este caso, era la mente ociosa lo que le preocupaba. Y el demonio era ahora la tentación más diabólica que todavía seguía cosquilleándole las puntas de los dedos, la que había empezado justo en el momento en que había acariciado la piel desnuda de Bella, la misma que aún barría su interior como una ráfaga de viento.

Edward contuvo la tensión repentina y brutal que se apoderó de su cuerpo. De nada servía atormentarse. Tan sólo pensar en cómo los pezones de Bella se habían endurecido como guijarros era ya suficiente tormento. Era inútil añadir más sufrimiento a su estado reviviendo el sabor de su lengua o la aturdidora y mareante posibilidad de que lo que había empezado en el sofá pudiese finalizar en su cama.

Lo que tenía que hacer era intentar ponerse a salvo antes de que fuese demasiado tarde.

—Tranquilo, chico —se aconsejó en voz baja al tiempo que clavaba la azada en el lodoso suelo. Tomó una de las maltrechas petunias de la jardinera, clavó las raíces en la tierra empapada y formó con ella un montón alrededor de la flor cuyo tallo era tan fino como un palillo.

Se recordó que ésa era la razón por la que se encontraba allí, en el barro, a aquella hora intempestiva: quería mantener las manos ocupadas. Y se suponía que también tenía que mantener ocupada la mente. Tenía que pensar en las petunias y no en Bella, ni en el sabor de sus labios ni en la forma en que sus pechos le habían llenado las manos o en la humedad que habia tocado entre sus piernas. Tenía que mantenerse ocupado arreglando el jardín para no pensar en entregarse a una mujer que era más tentadora, más lista, valiente y decidida que cualquier persona que hubiese conocido, ya fuese hombre o mujer.

En cambio, allí estaba, explorándose el alma, con la mente llena de pensamientos que, cuando dio comienzo aquella pequeña mascarada, no habría podido siquiera imaginar. Sacudió la cabeza sorprendido, disgustado y confundido a la vez. Si bien Bella se había mantenido ocupada todo el verano velando por su vida, a su testigo estrella le preocupaba mucho más perder la cabeza o el corazón.

Por fortuna para Edward, sus pensamientos se vieron interrumpidos por el timbre de la bicicleta del chico que cada mañana traía el periódico. Lo lanzó junto a Edward, y éste sabía leer una señal en cuanto aparecía. Esa señal decía: ¡haz algo para sacartela de la cabeza!, como si estuviese escrito con negrilla en la portada. Edward recogió el periódico y caminó hacia el porche.

Ojeó los titulares. El que ocupaba la parte superior contaba un rifirrafe entre dos conocidos políticos locales. A continuación, anunciaba el estreno de una nueva exhibición en el Salón de la Fama del Rock and Roll. Como no le interesó, desdobló el diario y leyó la mitad inferior.

«BLACK ES DECLARADO CULPABLE.»

Ese titular lo dejó petrificado. Se dejó caer en el segundo peldaño, respiró hondo y soltó aire junto con una maldición.

—Mierda. «Al veredicto se llegó por decisión unánime...» —leyó apresuradamente en voz baja. Continuaba en una página interior y pasó las hojas para encontrar el resto del artículo. Por desgracia, en él no había nada que ofreciese más esperanzas que la portada.—«... culpable de delitos contra el Estado por un jurado que parecía estar más interesado en una sentencia rápida que justa. La sentencia de Black se hará firme dentro de dos semanas y, si bien ningún miembro del Gobierno realizará comentario alguno sobre el destino que le espera, hay fuentes que afirman que sólo existen dos posibilidades: Jacob Black será condenado a cadena perpetua con trabajos forzados o tendrá que colocarse ante un pelotón de fusilamiento.»

—Maldita sea. —Edward dejó de lado el periódico y luego lo agarró otra vez como si mirarlo por segunda vez fuera a cambiar algo. Sabía que no sería así y volvió a dejarlo en el escalón—. Maldita sea.

Faltaban sólo dos semanas y no tenía ninguna esperanza de poder conseguir nada en tan poco tiempo. Menos aún si no llegaban noticias de Seth. Y tenían que llegar deprisa.

Ese pensamiento coincidió con el silbido del tren que pasaba junto a la casa. No sabía qué le ocurría, no comprendía por qué su cerebro parecía atrapado en el lodo como las petunias. Suponía que podía achacarse al hecho de no haber dormido y se conformó con eso. Era mejor que admitir que no podía pensar en otra cosa que en Bella.

La apartó de nuevo de su mente, agarró el periódico y lo hojeó en busca de los clasificados.

—«Dama sexy para placeres desconocidos... Soltera, profesión liberal, sin niños, no fumadora —leyó para sí—. Busco médico judío... No soy alta ni guapa ni tengo dinero. Te busco para compartir lo que probablemente será un limitado futuro.»

El corazón de Edward se aceleró. Se puso en pie con una descarga eléctrica.

—«No soy alta ni guapa ni tengo dinero —volvió a leer, como si no lo hubiese interpretado bien—. Te busco para compartir lo que probablemente será un limitado futuro.»

El rostro de Edward se iluminó con lo que, a todas luces, debía de parecer una estúpida sonrisa. Eran las palabras que Edward había memorizado a instancias de Seth. Leyó el resto del anuncio hasta donde su amigo indicaba dónde y cuando quería que se encontraran: el 7 de agosto a las ocho de la noche en el Gund Arena de Port Angeles.

Edward había leído bastante el periodico de Forks como para saber que el Gund Arena era uno de los principales pabellones para conciertos y espectáculos deportivos de la zona. Le dio gracias a Seth en silencio. Era un plan brillante. En un lugar público muy concurrido. Un lugar en el que ambos podrían escabullirse de la atenta mirada de Bella y, además, podrían hablar un momento, el tiempo suficiente para darle a Seth la información necesaria para salvar la vida de Jacob Black.

El 7 de agosto. Seth no dispondría de demasiado tiempo para preparar todo lo preciso, pero era una persona eficiente y con muchos recursos. Edward sabía que podía confiar en él por completo.

Se sintió mejor y notó que los músculos se le destensaban. Pensó en cuál sería el espectáculo del Gund Arena esa noche y en cómo conseguiría convencer a Bella para acudir allí. ¿Le diría que jugaba un equipo al que se moría de ganas de ver? Sacudió la cabeza para descartar la idea antes de que terminara de formarse. Era verano y, por lo que sabía, ni los clubes de baloncesto, ni los de fútbol o hockey jugaban en verano. Los Indians de Cleveland jugaban en el estadio contiguo al pabellón, de modo que el béisbol no podía ser la excusa.

¿Tal vez Seth quería que se encontrasen en un concierto de rock? Edward asintió, satisfecho. No le gustaba la música estridente pero tuvo que admitir que una noche de guitarras enloquecidas, luces psicodélicas y fans gritando sería el escenario perfecto para que pudieran encontrarse de forma discreta.

Ansioso por probar su teoría, hojeó el periódico en busca de la sección de ocio y espectáculos. Entre las reseñas de las películas y una entrevista a la estrella de una serie cómica de televisión, en la que confesaba al mundo que no era una mujer sino un hombre, encontró una lista de las actividades de la semana.

—El 7 de agosto —murmuró entre dientes mientras recorría con el pulgar la columna de la primera semana de ese mes. Se detuvo sobre el 7 de agosto y leyó las palabras allí impresas. Su excitación se vino abajo. Su confianza en la sensatez de Seth flaqueó, se desintegró. Si ése era su sentido del humor...

Volvió a la columna de clasificados para asegurarse de que los ojos no le habían gastado una mala pasada. Luego pasó de nuevo a la de espectáculos. Se encogió de hombros y la excitación que había sentido tras toparse con el anuncio se desvaneció, junto con el proyectado aumento de las bonificaciones que pensaba pagarle a Clearwather a final de año.

—Maldita sea —murmuró.

—¿Qué? ¿Ya te has peleado otra vez con Rose?

Edward se sobresaltó y vio a Jasper en la acera de enfrente, mirándolo. Cerró el periódico a toda prisa y balbució:

—¿Qué? ¿Si me he peleado con Rose? —Soltó una carcajada. Si Jasper supiera... Tal vez pelear habría supuesto una mejor opción, visto lo que se llevaban entre manos en esos momentos. Durante los días en que peleaban a todas horas, no se pasaba los ratos muertos pensando en el tacto sedoso de su piel, en la calidez de su boca y en...—. No —respondió antes de que sus fantasías se disparasen o Jasper pensase que tenía problemas—. Qué va, hace semanas que no peleamos.

—Ya me lo imaginaba... Anoche, a la luz de la vela...

—¿La vela? —Edward tardó unos segundos en reaccionar—. Pero si las cortinas estaban corridas, no pudiste ver nada.

—No vi nada, te lo prometo. Pero me desperté con la tormenta, eso es todo. Vi ese poquito de luz tras las cortinas de vuestro salón y supe que no era una linterna. Eres un demonio. —Le guiñó un ojo y le dedicó una amplia sonrisa—. Quién iba a pensar que una tormenta como ésa podía convertirse en una oportunidad romántica. Tú siempre piensas, ¿verdad?

A Edward no le gustaban los derroteros por los que discurría la conversación pero no sabía cómo cambiar de tema.

—Quieres decir que cuando te despertaste y viste la vela decidiste hacerlo...

—Sí, decidí imitarte —asintió Jasper con vehemencia—. Me costó un buen rato encontrar una vela, pero luego recordé que Alice siempre guarda una en el botiquín del baño. De esas que huelen a vainilla o algo así. Llevaba guardada y envuelta unos tres años, desde que Alice la había traído del supermercado, por lo que pensé que si la encendía a ella le gustaría, pero cuando la desperté... —El rostro de Jasper se puso del color de la grana. Con un golpe de tos, se desprendió de la vergüenza y dijo—: Sólo deseo que Rosalie y tu se hayan divertido tanto como nosotros a la luz de la vela...

Edward abrió la boca pero no supo qué decir. Volvió a cerrarla y miró a Jasper sorprendido.

Dondequiera que morasen los hados que controlaban su vida, debían de estar partiéndose de risa. En lo que iba de mañana, había pasado por la perplejidad, la calentura y el terror. Un pánico que había desaparecido al encontrar el mensaje de Seth. De la esperanza había pasado a la incredulidad. Y ahora, aquello. Si bien Bella había tenido sus buenas razones para no acostarse con él la noche anterior, y aunque esas razones fueran las más sensatas y buenas e incluso admirables, los resultados eran los mismos.

Darse cuenta de aquel detalle le revolvió el estómago y le heló la sangre. Mientras el soltero más codiciado del país era despreciado, el vecino, con su tripa cervecera, había vivido una experiencia de sexo desenfrenado y ardiente.

Edward sonrió a su vecino sin hacer ningún comentario y dejó que fuese el vecino quien decidiera si Rose y él se lo habían pasado tan bien como ellos o no.

—¿Qué estás haciendo? —Jasper cambió de tema con la misma facilidad con que cambiaba el aceite del coche.

—Plantando esas flores —dijo, con el periódico aún en la mano. De repente, se le ocurrió una gran idea.

Observó a Jasper con mucha atención. Si el sospechaba ya que Edward estaba pensando en utilizarlo como cabeza de turco para poner en marcha su plan, no lo demostró. Absorto en sus pensamientos, el grandullón metió las manos en los bolsillos de los vaqueros, se volvió sobre sus talones y se marchó con la cabeza ladeada. Mientras Edward lo contemplaba, vio que sus ojos centelleaban y que tenía una sonrisa de oreja a oreja.

Edward sacudió la cabeza para librarse de sus manías junto con la punzada de celos que había sentido, quisiera o no, cuando Jasper le había insinuado lo que habían hecho la noche anterior. Estaba claro que en casa de los vecinos no había habido una partida de póquer entre compañeros y un par de inocentes besos. Tal como Edward lo veía, Jasper estaba en deuda con él.

—Eh, Jass, ¿qué van a hacer Alice y tu el 7 de agosto? —preguntó.



*****************************

Y que opinan?? Despues de esa noche ya va a ser bastante imposible que esos dos se deseen mas de la cuenta...TONTA BELLA!!! jajajaj miren que prefiere cumplir con su deber (tono sarcastico)
Me gustaria saber que opinan chicas.
Adelanto: Prox capitulo se llamara "Nuevas Desiluciones"


****

—¡Bájame! —gritó Bella, dando puñetazos a los durísimos brazos que la llevaban en volandas—. ¡Bájame! —Pero nadie parecía oírla. El público debía de pensar que aquel numerito formaba parte del espectáculo. La multitud enloqueció.

****

—Vaya, mira quién está aquí...- Bella gruñó. Reconoció la voz, y aunque no hubiese sido así, no habría tardado en saber quién había entrado en el lavabo de hombres. Se volvió y chocó contra una mole de carne tatuada, Estaba atrapada.



Les gusto??
jajajaj
GRACIAS POR COMENTAR!!
*NENY W CULLEN*


viernes, 21 de mayo de 2010

Capítulo 12 La Noche

Okis, nuevo capi, se acerca, se acerca!!!
Espero les guste y COMENTEN! porfavor, mira que si hay mas de 10 coments por capitulo considerare seriamente subir mas de uno por semana, trato?
Ok, tambien dedico este capi a mi linda hermosa MIXXII que espero tenga mejor animo despues de todo...VAMOS QUE SE PUEDE cariño.
Besos a Todas, las quiero millones!





Capítulo 12 LA NOCHE

Edward rara vez leía las que consideraba secciones innecesarias de los periódicos. Las tiras cómicas quedaban descartadas. Y nunca leía los anuncios clasificados

Sin embargo, según el plan ideado por Seth , Edward encontraría un mensaje para él en los clasificados. Abrió la edición matutina del Plain Dealer de Forks sobre la mesa de la cocina y recorrió con el dedo una columna tras otra, como hacía cada mañana mientras Bella se duchaba, como lo había hecho cada día desde que compró la caja de condones en el supermercado

Pero durante la última semana, desde que Bella le contó que Vulturi había abandonado su vigilancia del Crepusculo, no había podido evitar preguntarse si el cargo de la tarjeta de crédito ya habría sido procesado, si ya habría llegado a Nueva York, si ya estaba en el escritorio de Seth.

Edward cerró los ojos y siguió pensando. Cuando regresase a Nueva York, tendría la agenda repleta, pero Jane conseguiría que su vida siguiera funcionando con la precisión de un reloj:
Allí, en Forks, sin que Jane lo acosase para recordarle todo lo que tenía que hacer y sin un horario que cumplir, había momentos en que casi no sabía qué día era.

Miró la fecha en el periódico para asegurarse y repasó todos los anuncios clasificados, buscando la palabras que Seth había insistido que memorizara.

«No soy alta ni guapa ni tengo dinero. Te busco para compartir lo que probablemente será un limitado futuro.»

Aquél no fue el día y, por sorprendente que pareciera, Edward se descubrió sonriendo aliviado. Por más que quisiera ponerse en contacto con Seth, se alegraba de que el anuncio no hubiese aparecido. Significaba que Bella se equivocaba, que el FBI se equivocaba, Seth no habría revelado a Vulturi ni a nadie su paradero, porque Seth no sabía dónde estaba

Al oír a Bella en las escaleras, pasó las páginas del diario y llegó a la sección de economía en la que una fotografía de un sonriente Bill Gates, rodeado de hombres muy bien vestidos, parecía estar anunciando algo.

Edward se recostó en la silla, se sintió como si un adversario le hubiese propinado un golpe en el plexo solar con la fuerza de los de Muhammad Alí y la deportividad de Snidley Whiplash.
No estaba seguro de qué era lo que más le preocupaba, ¿el que Gates hiciese las veces de anfitrión en una reunión que a el le había costado meses de sangre, sudor y lágrimas preparar? ¿O el darse cuenta de que se había visto tan metido en el mundo del cerdo y el chucrut, el bingo y los extraños sentimientos que Bella le inspiraba —los cuales, de repente, le parecieron parte de su nueva personalidad, como las gafas o el corte de pelo— que se había olvidado de todo el resto?

—¡Mira esto! —le dijo a Bella, clavando un dedo en la foto, cuando ésta bajó a la cocina

—. Mira este tipo. Mil trescientas personas; los mil trescientos líderes empresariales más importantes del mundo. Periodistas. Y un puñado de políticos. Y ahí está, actuando como si todo hubiese sido idea suya.

Bella se acercó a él dejando a su paso una estela de aroma de champú de fresas. Apenas miró la fotografía.

—No está actuando de ningún modo —dijo ella, camino de la cafetera—. Déjalo estar. Lo único que hace es sonreír, nada más.

—Pues tiene una sonrisa demasiado grande.

—Y también está haciendo su trabajo. —Bella se sirvió el café y le añadió leche y azúcar.

—Mi trabajo, querrás decir —replicó el con un gruñido.

Bella bebió un sorbo de café. Luego volvió a la mesa y dejó la taza justo encima de la nariz de Bill Gates.

—He estado pensando, ¿sabes? —dijo ella.

A Edward se le ocurrió apartar la taza pero decidió no hacerlo. Escondido bajo una taza de café, Gates ya no le irritaba tanto. Además, era obvio que ella tenía otra cosa en mente.

—¿Pensando? —preguntó, al tiempo que echaba un vistazo al resto del artículo en busca de su nombre. Al ver que no estaba, prestó atención a lo que Bella tenía que decirle—. ¿Pensando en qué?

—En el supermercado.

Menuda era la agente especial Swan... Lo había soltado como si se tratara de la cosa más natural del mundo, pero el quid de la cuestión no estaba en si su aire de inocencia era real o fingido.

Mientras él admiraba las cualidades que la convertían en la mujer que era, ella buscaba grietas en su armadura.

Y si Edward dejaba que las encontrase, estaría perdido.
El se recostó en la silla y pasó un brazo por el respaldo de la silla de al lado.

—¿Quieres ir a hacer la compra? —preguntó.

—He estado pensando en lo de Aro Vulturi —prosiguió, haciendo caso omiso de sus palabras—. ¿Por qué se habrá tomado la molestia de ir hasta la Riviera y luego dar media vuelta y regresar?

—A lo mejor quería tomar el sol y broncearse.

Ni siquiera intentó hacer una réplica de la broma, con lo cual la habría dignificado.

—¿Cómo supo que no estabas en el barco? ¿Cómo supo que estabas en Estados Unidos? —Cuando bebió otro sorbo sin apartar la vista de él por encima del borde de la taza, lo hizo como si fuera lo más natural del mundo. Volvió a dejar la taza con un golpe encima de la foto de Bill Gates—. Tal como lo veo, sólo hay una cosa que pueda explicarlo, y es que utilizaste tu tarjeta de crédito el día que estuvimos en el supermercado, antes de que yo llegara, quiero decir.

En esa ocasión, fue Edward el que no respondió. Una respuesta, cualquier respuesta, habría indicado que estaba haciendo lo posible por ocultar su culpable maniobra
Se encogió de hombros por toda respuesta y se prometió que algún día le contaría la verdad a Bella
cuando retomara su vida de siempre, cuando Jacob Black estuviera a salvo, le contaría toda la historia y ella tendría que admitir que había obrado bien

Mentirle a Bella le provocaba una curiosa sensación en el estómago.
Ella lo siguió mirando por encima del borde de la taza para apreciar el detalle que le indicase que estaba ocultando algo. Edward no desvió la mirada, su expresión no evidenciaba su culpa como les ocurría a muchos detenidos, superados por pequeños tics nerviosos y haciendo tamborilear los dedos.

No sabía si sentirse decepcionada o aliviada. Aceptó la respuesta por lo que era: ni admitía su culpa ni la desmentía.

—Dicen que hoy será uno de los días más calurosos del año.Esta noche hay posibilidades de tormenta —concluyó ella y deseó que Edward se tomara el cambio de tema como señal de que no lo consideraba culpable, para que se relajara visiblemente. Eso, en sí mismo, demostraría algo. Pero si buscaba una prueba fácil, la buscaba de forma incorrecta y con el hombre inadecuado.—Estoy segura que eres un extraordinario jugador de póquer. —Sin molestarse en explicar qué quería decir, Bella se puso en pie para ir a por un bol y el arroz hinchado. Antes de hacerlo, alzó la taza de café y vio el aro de color marrón que rodeaba la cara de Gates. Pero no fue el rostro sonriente de éste lo que le llamó la atención. Era el rostro del hombre que estaba justo detrás de él, a su derecha.

Al reconocerlo, sintió una descarga que le hizo temblar sus rodillas. Se dejó caer en la silla y agarró la sección de economía, volviéndola hacia ella para verla mejor.

El hombre tenía un aspecto blando, sobre todo rodeado de los hombres más ricos y poderosos del país. Bella supo al instante que el tipo de pose blanda no era otro que Aro Vulturi.

Un hombre de aspecto ordinario podía camuflarse fácilmente entre la multitud. Nadie lo notaría. Nadie repararía en él. Bella tampoco lo habría notado de no haber sido por un pequeño detalle.

—Es el único que no sonríe. —Señaló la foto y observó a Edward para ver si reconocía al tipo y, tras unos segundos, le ocurrió lo mismo que a ella. Bella se preguntó si también se había puesto blanca como la cera, si se le habían puesto unos ojos como platos igual que le estaba sucediendo a él.

—¿Vulturi? —Edward volvió a fijarse en el cabello color ceniza y en sus ojos sin color aparente, esperando que ella le dijese que se había equivocado. Al ver que callaba, volvió el periódico hacia él para ver la foto del derecho—. Ese es Aro Vulturi. ¿Qué demonios...?

—Un descarado hijo de santa madre, ¿verdad? —ella sacudió la cabeza, pasmada—. Ahí queda bien retratado, parece incluso que esté en su salsa. No se le ve incómodo. Pero, ¿cómo...? Volvio a sacudir la cabeza para dejar claro que no tema ni idea de cómo se las había apañado Aro Vulturi para asistir a una reunión que añadía una nueva dimensión a los términos «altas finanzas» y «ricos y poderosos».

—Sabía que tú no asistirías a la reunión. Todo el mundo lo sabía. Hace semanas que anunciaron que Gates ocuparía tu lugar por culpa de un problema de agenda.

—Entonces, a lo mejor Vulturi no es tan listo como tú crees.

—No es eso. —Bella no sabía por qué intuía que sabía qué es lo que sucedía, pero así era; eso lo tenía claro. Necesitó toda su fuerza de voluntad y toda su profesionalidad para mirar a Edward a los ojos y que la voz no se le quebrara de emoción.—Nos está mandando un mensaje —le dijo—. Nos está diciendo que puede burlar nuestros sistemas de seguridad cada vez que quiera. Quiere que sepamos que si hubieses ido a la reunión, ahora mismo estarías muerto.

*********

Un trueno despertó a Edward. Retumbó en su ventana haciendo temblar la vieja casa hasta los cimientos y despertándolo de un sueño que, por lo que recordaba, tenía que ver con Bill Gates, Aro Vulturi y un plato lleno de salchichas y chucrut. El sueño era lo bastante significativo como para hacerle sentir incómodo, sobre todo si pensaba en la foto que habían descubierto en el periódico la mañana anterior

En lo más profundo de su mente algo le inquietaba y no era sólo la teoría de Bella respecto a por qué Vulturi se había presentado en la reunión de los líderes financieros. Por más que detestase tener que admitirlo, sabía que había llegado la hora de afrontar los hechos. No era casualidad que el hombre hubiese acudido a la reunión, como tampoco lo era que apareciese en todas esas fotos que el FBI le había mostrado en Nueva York
Aro Vulturi sabía muy bien lo que se hacía posando en esa foto. Les estaba sacando la lengua a todos. No era la amenaza del asesino a sueldo lo que le inquietaba, pero algo lo hacía, no podía negarlo. Algo que no encajaba con el ruido del aguacero y la avanzada hora de la madrugada.
Se volvió en la cama y le pegó un puñetazo a la almohada, entonces una fuerte ráfaga de viento le indico que la ventana estaba abierta. Todavía adormilado, debido al profundo sueño del que había sido tan repentinamente despertado, Edward se levantó y se acercó a la ventana de guillotina. La bajó para que no entrase la lluvia y, dando un traspié, volvió a la cama, y se cubrió con las sábanas hasta la barbilla

En la casa se respiraba algo distinto, pensó, y no era sólo la sinfonía de los truenos ni los chasquidos de los relámpagos del cielo. No era algo demasiado extraño, pero lo que ocurría a aquella hora no cuadraba. Era algo que olía como a... ¿café?

Se acabó de despertar de repente y se sentó en la cama. Olió, pensando que lo había soñado, pero por más que el resto de sus sentidos podían resultar engañados por el espectáculo de luz y sonido que se producía al otro lado de la ventana, el olfato lo conservaba bien. Sí, era café. Café recién hecho. El aroma procedía de la cocina.

Demasiado desvelado para ignorar el olor, azuzado por la curiosidad de saber qué significaba, Edward salió de la cama, su puso el pantalón corto de gimnasia y la primera camiseta que encontró. Hizo una pausa ante la puerta para orientarse. Tardó un par de segundos: del piso de abajo llegaba una luz macilenta. No era luz eléctrica, pues no alumbraba demasiado. Era pálida y temblorosa y él la siguió hasta la sala.

Hizo una pausa en el tercer peldaño antes de llegar al pie de la escalera y miró a su alrededor. Bella estaba sentada en el sofá haciendo solitarios con una baraja de cartas a la luz de la única vela de la sala, una vela gruesa que descansaba sobre la mesita auxiliar. La vela proyectaba borrosas sombras en la pared que quedaba a su espalda, pero alrededor de su rostro la luz era tan suave como un susurro y tan dorada como la del atardecer. El resplandor añadía vetas del color de la arena a su cabello, y la luz amortiguada suavizaba la forma decidida de su barbilla. Rozaba sus pantalones y los volvía del color de las sombras ondulantes, hasta su camisa gris y sus zapatillas deportivas de todos los días se vieron tocadas por el resplandor que sigue a un relámpago como los que se producían en el exterior.

Aunque nunca se había considerado un tipo poético, Edward tuvo que reconocer que la imagen le había gustado. Le sorprendió por su toque de color sutil y opalescente, como un escenario desenfocado sacado de una pintura impresionista. Y casi lo habría sido, de no haber aparecido en él una pistola, sobre la mesita, al alcance de la mano derecha de Bella.

—No te habré despertado, ¿verdad? —Ella terminó de recoger las cartas antes de alzar la cabeza. Cuando lo hizo, la luz centelleó en sus ojos. Esa noche, no se veían ni azules ni grises sino de ese extraño color propio del crepúsculo, justo después de ponerse el sol. Sonó un nuevo trueno, agarró la baraja como si el retumbo pudiese llevársela y esperó que se apagara su eco—. He intentado no hacer ruido.

—No has sido tú. —Edward bajó el resto de las escaleras—. Fueron los truenos. Y el café. —Bostezó y miró la humeante jarra que ella tenía junto a la baraja—. Huele tan bien que me ha desvelado por completo. —Entonces lo asaltó una nueva idea, inclinó la cabeza y miró a Bella, desconcertado—. No hay electricidad, ¿cómo...?

—Cómo he hecho el café, ¿verdad? —Bella alzó la taza y con una breve sonrisa que duró lo que un relámpago, dijo—: El otro día encontré uno de esos viejos cacharros que llevan filtro. No... —Sonó otro trueno y Bella cerró los ojos mientras esperaba que acabara—. No pensaba que nunca fuera a usarla, pero con esa cocina de gas, no necesitamos la cafetera eléctrica.

Aunque su sonrisa duró menos que el latido de su corazón, la que Edward le devolvió duró algo más. No pudo contenerse. En el rostro de Bella a la luz de las velas había algo que le hacía olvidar que era noche cerrada, que el mundo ahí fuera parecía estar derrumbándose y que aquella mujer, que le recordaba a una modelo de Monet, tenía una pistola al alcance de la mano, lo que la hacía parecer peligrosa.

—¿Siempre a punto?—preguntó él mirando la pistola.

—No eso es de los Boy Scouts, no del FBI. —Tomó otro sorbo de café y Edward vio que era oscuro y parecía fuerte.

El se desperezó. Las cortinas de la ventana principal estaban corridas pero, por lo que intuía, no se apreciaba todavía ni la más mínima señal del amanecer entre la tormenta.

—¿Qué hora es? —preguntó.

—Las tres menos cuarto —respondió ella tras consultar el reloj.

—¿Las tres menos cuarto? —Pensar en ello le hizo bostezar de nuevo—. ¿Y qué haces aquí a estas horas, jugando al solitario y tomando café? ¿No te preocupa desvelarte?

—¿El café? —Bella tomó la jarra entre las dos manos—. Es mejor así. —Tomó otro sorbo y se estremeció. Cuando el retumbar de un impresionante trueno irrumpió en la habitación, Bella cerró los ojos—. Detesto el café sin leche ni azúcar, pero he pensado que así me despejaría más.

—¿Y por qué quieres estar despejada a las tres de la madrugada?

—Porque no hay luz. —Bella dejó la jarra sobre la mesa pero no la soltó. Apretó los dedos alrededor del asa y los nudillos se le pusieron blancos—. Como no hay electricidad, tampoco tenemos sistema de alarma —se apresuró a ofrecer a modo de información, una posibilidad en la que el ni siquiera había pensado—. Vas a decirme que tiene que haber algún sistema de soporte, un generador, o algo así, y estoy de acuerdo contigo, lo hay. —Arrugó la nariz como si la idea le resultase muy dolorosa—. Pero no funciona, por lo que tienes toda la razón del mundo para enfadarte. Ha resultado un plan muy chapucero, y para una planificación chapucera no hay perdón. Te hemos fallado, lo siento. —Lo miró a los ojos y durante un segundo, que pasó tan deprisa como el destello de un relámpago, a Edward le pareció detectar cierta emoción que no fue capaz de identificar en sus ojos. Si lo que decía era cierto, ¿por qué sonreía?—. Te mereces algo mejor.
Edward escuchó a Bella escurrir el bulto para salvar la cara, no tanto la suya propia como la del FBI. Él debería haberse enfadado mucho ante aquella metedura de pata. Al fin y al cabo, era su vida lo que estaba en juego. Si el gobierno creía que no merecía un generador, tal vez estaba perdiendo el tiempo. Pero si lo que decía era cierto, ¿por qué sonreía?

—Una vez más, agente especial Swan, te equivocas. —Edward respondió a la pregunta que Bella acababa de hacerse mentalmente y avanzó dos pasos hacia el sofá—. La alarma no funciona y tú estás de guardia. —Al pronunciar esas palabras se llenó de admiración: aquella mujer no permitía que nada se entrometiese en lo que consideraba su deber, aunque eso significase pasar una noche de tormenta sin dormir, tomando un café amargo que detestaba—. No podría estar en mejores manos.

Bella despreció con un gesto lo que, para su tranquilidad, era un gran cumplido.

—Es mi trabajo, ¿recuerdas? Y con Vulturi suelto...- Un monumental trueno sacudió la casa hasta los cimientos. Bella esperó a que se apagasen los últimos estertores y luego respiró hondo.

Fue entonces cuando Edward adivinó lo que había entrevisto en su rostro cuando había bajado. Se apresuró a sentarse en el sofá, a su lado, y dijo:

—No tenemos luz, el generador de apoyo no funciona, no sabemos dónde está Vulturi y tú estás aquí abajo, sola, y eso que te asustan las tormentas.

No lo había dicho a modo de crítica, pero eso Bella no lo sabía. Estaba sentada tan erguida que parecía tener un palo de escoba sujeto a la espalda. Tenía la mandíbula endurecida formando una fina línea. Miró a Edward por el rabillo del ojo y dijo:

—Ante un tribunal no lo negaría.

—Yo no te pido que declares ante ningún tribunal —dijo el. Se pasó una mano por el cabello para desprenderse de los últimos retazos de sueño que aún empañaban su conciencia y ordenó sus ideas. Del mismo modo que no era poético, tampoco le gustaba que los que trabajaban para él no hiciesen lo que se esperaba de ellos. Precisamente por eso, no era uno de los jefes más cordiales y simpáticos del mundo. La lucha de Bella contra su miedo irracional no era tema para un gran melodrama. Ella afrontaba su miedo tal como sin duda lo había hecho otras mil veces antes, de frente y negándose a ceder un milímetro. Pese a sí mismo y a la imagen de seriedad que tanto se había esforzado en forjar, se descubrió conmovido.

Intentó sonreírle para tranquilizarla, pero ella estaba demasiado ocupada estrujando la baraja.

—Tendrías que haberme despertado —le dijo.

—Sí, justo eso es lo que debería haber hecho. —Sacudió la cabeza visiblemente enfadada consigo misma—. Eso habría quedado perfecto en mi currículo: «Despierta a un testigo a causa de una tormenta.» —Bella esbozó un amplia sonrisa—. ¿Qué pensarían de mí?
Edward se recostó en el sofá y pasó el brazo por detrás de ella.

—Si sólo fuera un testigo, no te digo que no. Pero podrías haberme despertado como amigo.
Otro trueno interrumpió su conversación y sacudió la casa, pero en esa ocasión Bella no palideció y le lanzó una mirada escrutadora para ver si hablaba en serio. Cuando comprobó que así era, sonrió agradecida.

—Siendo pequeña, me asustó mucho un tornado —le explicó—. Crecer en Nebraska tiene sus desventajas.

—¿Hubo heridos?

—No, no ocurrió nada —sacudió la cabeza—. Gracias a Dios. Pero cada vez que hay una tormenta... —Tembló y se abrazó a sí misma. Edward advirtió que había lágrimas de frustración en sus ojos—. Se supone que tengo que ser dura con los malos y aquí estoy, temblando como una hoja por culpa de una maldita tormenta.

Temblaba de veras y, aunque Edward sabía que lo más inteligente hubiese sido fingir que no lo apreciaba y mantenerse a distancia, le pasó un brazo por los hombros antes de tener tiempo de evitarlo. La estrechó contra sí, pero el temblor no se detuvo. Eso habría tenido que ofenderlo. Le habría gustado pensar que su contacto bastaba para calmar los peores temores de una mujer pero, gracias a una extraña intuición, sabía que el que siguiera temblando era buena señal. Significaba que estaba tan desalentada por la tormenta y por haber revelado un íntimo secreto, que ni siquiera le había recordado que habían firmado una tregua; como para preguntarse si él la había tomado en sus brazos porque tenía motivos adicionales.

Pero, ¿Los tenía?

La pregunta golpeó a Edward como un martillo. Le gustaba pensar que no era tan superficial como para eso. Al fin y al cabo, la había abrazado para consolarla. Pero con Bella tan cerca de él, sintiendo la calidez de la cama que aún se desprendía de ella, tan cerca que sentía cada uno de sus pequeños estremecimientos, tuvo incluso que preguntarse si tenía otros motivos.

Edward contuvo un sonido en su garganta que, de haber salido de ella, se habría convertido en un gruñido. Si bien sus motivos eran cuestionables, el deseo aullaba con fuerza por sus venas. Sólo por abrazarla, sus latidos se habían acelerado. Sólo el notar la sedosa textura de su cabello contra la nuca le hacía sentir como si estuviese a punto de disolverse.

Se tragó el dulce sabor del anhelo que poblaba su garganta, contuvo la respiración y se forzó a controlarse. No se había labrado su fama de Romeo reprimiendo los impulsos de su libido, pero tampoco se había aprovechado nunca de los momentos de debilidad de una mujer. Con esa decisión tomada, aunque su cuerpo no estuviese muy conforme, se apartó lo suficiente como para mirarla a los ojos.

—Te diré una cosa —le susurró—. Tú ocúpate de los malos y yo me ocuparé de las tormentas. ¿Trato hecho?

—No tienes por qué ser tan amable. —La voz le temblaba al borde de las lágrimas. Desvió la mirada, pero ni la tenue luz de las velas consiguió amortiguar la decepción que podía leerse en su rostro—. Afróntalo. Tu guardaespaldas es un desastre.

—Mi guardaespaldas es la mujer más valiente y entregada que he conocido. —Como no sabía qué más decir, y sabiendo que tenía que hacerlo antes de que su deseo de tomar la barbilla de Bella con la mano y volver su rostro hacia él para darle un beso le ganara, Edward le colocó un mechón de cabelló detrás de la oreja—. Mientras yo dormía, tú estabas aquí, pese a la tormenta y pese a cualquier otro contratiempo. —El expresar aquel pensamiento con palabras le hizo sentir un hijo de p** y buscó algo que pudiese compensar la sensación—. A mí me dan un miedo de muerte los sapos —dijo.

—No es cierto —Bella rió entre las lágrimas.

No era cierto, pero ella no tenía por qué saberlo.

—Por el honor de los Scouts —dijo, llevándose la mano al pecho y alzando tres dedos en el aire, al estilo Boy Scout—. Un día, en una competición de golf, fui incapaz de hacer un birdie porque había visto uno.

—¿Un sapo? —Lo miró con total escepticismo.

—Un sapo muy grande. —Edward pasó el brazo por el hombro de Bella pero mantuvo las manos a un palmo y medio de distancia. Ella arqueó las cejas, incrédula, y él acortó de nuevo la distancia entre ambos. No tenía ni idea de cómo eran los sapos grandes y la soltó antes de que Bella pudiese pescarle en una mentira—. Bueno, era horrible, aunque no fuese muy grande. Además, tal vez su hermano mayor corría por allí.

—Gracias —dijo Bella, esta vez con una genuina sonrisa.

Ella se sorbió los mocos con delicadeza y se apartó de él. Por alguna razón en la que Edward no quería pensar, la oscuridad parecía ahora más fría y negra en el espacio de sofá que los separaba. Tanto si Bella lo había visto como si no, entre ellos algo había cambiado. Algo sutil, sin duda, pero ahí estaba, como los relámpagos y los truenos y la lluvia en el tejado. Se preguntó qué habría hecho, qué le habría ocurrido y dónde demonios los llevaría todo aquello a partir de allí.

Examinó ese pensamiento como si fuese un científico estudiando una nueva especie. Estaba acostumbrado a sentir deseos por las mujeres. Estaba acostumbrado a desear a una mujer en concreto. Durante todo el verano, le había sido imposible olvidar que Bella era más bonita, sexy e inteligente que el demonio. Pero aunque sabía lo que eran las punzadas de deseo, no estaba acostumbrado a desear a una mujer sólo para poder consolarla y protegerla.

¿Protegerla?

Edward observó la pistola de Bella, brillando a la luz de la vela.
Lo que menos necesitaba Bella era protección. Eso lo sabía, pero incluso tras pensarlo, decidió que el hecho de que ella no necesitase protección era lo que aumentaba sus ganas de protegerla.

Esa idea era tan extraña como las emociones que evocaba, pero eso no significaba que Edward no tuviese claro lo que quería hacer. Aun así, esperó a que Bella dijese algo. Cuando vio que ella se limitaba a cambiar un ocho rojo por un nueve negro en una de las pilas del solitario, no supo si suspirar de alivio o de decepción.

—Ahora ya estoy bien. —Y como para demostrarlo, un nuevo relámpago iluminó la sala, la casa fue presa del trueno y Bella no perdió la compostura—. No tienes que preocuparte en absoluto por mí, te lo garantizo. Tengo café y una baraja de cartas. Con eso me mantendré despierta. Vuelve a la cama, si quieres...

—Podría hacerlo. —el sabía que estaba en lo cierto. Su seguridad no le preocupaba porque Bella estaba de guardia, pero eso no quería decir que tuviese que dejarla sola haciendo guardia—. ¿Y si jugamos un par de partidas?

—¿En serio? —rió Bella, sorprendida—. ¿Quieres que juguemos a cartas? ¿A estas horas de la madrugada? ¿No estás cansado?

—Ya no. —Antes de pararse a pensar si lo estaba, se puso en pie y se dirigió a la cocina. No le resultó sencillo encontrar el camino en la oscuridad pero consiguió dar con una taza y con el café. Cuando volvió a la sala, ella ya había despejado las cartas del solitario y se disponía a barajar.

—¿Y a qué jugamos? —preguntó.

—Por más caballeroso que me haya comportado hasta el momento —rió Edward—, hay oportunidades que no se pueden desaprovechar. Estaba pensando en un strip póquer.
* * *


N/A aaAAHHH les gusto?? jajaja a mi si, mira que Bella esta casi casi cayendo en las manos de nuestro adorado playboy ^^
Les cuento que el proximo tendra lemmon wiiii sip, escucharon bien, LEMMON
Espero comenten, si son mas de 10 tendran unos mañana! :)
Son sobornables?? jajajaaj espero que si!
Las quiero millones!!
*NENY W CULLEN*

jueves, 20 de mayo de 2010

Un nuevo Regalito

Mis niñas bonitas de http://twilightamorpasionymuchomas.blogspot.com me han otorgado este regalito....chicas lindas se los agradezco enormemente a Romi y Lia.
Miles de Besos niñas, las quiero millones








Mis queridas niñas. Les cuento que he estado un poco complicada, esta semana esoy trabajando de noche por lo cual de dia, aparte de hacer las cosas de la casa, tambien intento dormir :S por que normalmente son mas de 12 horas de trabajo.
Pero hoy viernes, probablemente a mis 12 o sea a las 6pm de nuestras queridas hermanas españolas, se subira una nueva entrada de "Custodiando al Amor"
Los quiero muchisimo!


ME VOY A BORRAR COMO POR 24 HORAS SOLO PARA DORMIR
LAS QUIERO

*NENY W CULLEN*

lunes, 17 de mayo de 2010

Capitulo 11 La Cita

Ok, nuevo capi, espero aquellas que lo pidieron comenten si pos!!! porfavor que mira que a veces me desvelo por escribir y no hay tantos comentarios como reclamos :(
Asustense que se vienen un poco "curioso" los siguientes capi.
No hay lemmon, repito, no hay lemmon. Sinceramente, aun no se porque jajajaj pero ya vendra. Lo prometo
Besos





Capitulo 11 La Cita

No fue idea de Bella sentarse frente a Edward en la cena de cerdo con chucrut organizada por los Caballeros de Colón. Por desgracia, en cuanto entraron en el salón, Alice tomó la iniciativa, y Bella sabía que, cuando Alice tomaba la iniciativa, las ideas de los demás tenían un límite

El recinto estaba ya hasta los topes, pero encontró cuatro sitios vacíos y colgó su bolso en la silla plegable del extremo, reivindicándola como propia. Al ver la señal, Jasper se dejó caer en la silla situada justo enfrente y Bella y Edward no tuvieron otra opción que ocupar las dos que quedaban y que los situaban a uno frente al otro.

Y ahora, allí estaba, sentada justo delante de él, sin nada que los separase a excepción de un hule blanco, un salero y un pimentero de plástico y un jarrón que contenía tres claveles de plástico rosa.

El lucía una camisa retro, tipo años sesenta, azul y negro iridiscente que se ajustaba a cada uno de sus diferentes y variados músculos. Bella no tuvo que esforzarse para recordar que llevaba también unos pantalones negros que le quedaban demasiado ajustados. Seguro que se le veía idiota. Seguro que su aspecto era el de un personaje asiduo a las discotecas de aquella época. Sin duda, él tenía que sentirse tan incómodo de aquella guisa como se sentía ella con su majestuoso vestido acrílico de color azul con su pequeño cuello de encaje.

Vaya uno, el tal Edward, para cooperar. En lugar de parecer idiota, se le veía siniestro y peligroso. En lugar de parecer el rey de la discoteca, se le veía acicalado y sensual. No parecía elegante, al menos no con el mismo estilo que lucía en Nueva York. Ni siquiera tenía un aire respetable. Parecía una encarnación del diablo, desde lo alto de su cabeza hasta las puntas de sus puntiagudos zapatos. Un diablo nacido para romper corazones.

Edward no había tocado apenas su comida, sin embargo todo el mundo parecía encontrarla excelente. Jasper repitió varias veces

—¡Eh! ¿No vas a comerte eso? —Tras haber arrebañado el plato, Jazz miró sorprendido a Edward—. Si no quieres el cerdo...

—Sírvete tú mismo. — le pasó el plato, echó la silla hacia atrás y miró a Bella de un modo en que sólo podía querer decirle que ya tenía bastante de todo aquello: de la comida, de las paredes de paneles negros y de los suelos de linóleo del sótano donde se hallaba situado el salón Jan Sobieski—. Bueno, si la cena ha terminado, lo mejor que podríamos hacer es marcharnos.

Una camarera vestida de blanco, con delantal amarillo y zapatillas de tenis, dejó una bandeja de dulces sobre la mesa. Alice eligió uno de chocolate y le pasó la fuente a Bella.

—Eres tan divertido, Emmett. —Alice rió y le dio un mordisco tan grande a su pastel que se le quedaron los labios cubiertos de chocolate—. Ya sabes que no podéis marcharos hasta que hayamos bailado.

—¿Bailado? —repitió Edward asombrado. Bella se encogió de hombros antes de tomar una galleta de forma triangular rellena de mermelada de arándanos.

—Es la orquesta de Hank Markiewics y los Magos de la Polca —les informó su vecino con la boca llena—. Os encantarán.

Bella vio que Jazz se acercaba a Edward y le decía algo al oído.

Edward se puso blanco como la cera. Miró a Bella unos segundos como si necesitase apoyo, pero con la misma rapidez, sus ojos miraron hacia otro lado y sacudió la cabeza.

Bella se inclinó hacia delante, pero le fue imposible oír nada. Hank y los Magos de la Polca se habían animado y en toda la sala los comensales se levantaron de sus asientos y se acercaron a la pista de baile tomados de la mano.

En esa ocasión, Bella vio cómo Jasper le daba un codazo a Edward en las costillas. Edward cerró los ojos como si rezase. Los abrió de nuevo y alzó la voz para que se oyera por encima de la música.

—Rose —dijo—, ¿te gustaría bailar?

Antes de que Bella tuviese tiempo de decirle que se había vuelto loco, Edward se puso en pie y la esperó en el extremo de la mesa. Jasper asentía con satisfacción y Alice los miraba resplandeciente. Bella no tenia otra opción. Echó la silla hacia atrás y se reunió con Edward que ya se habia puesto de pie

—¿Qué ocurre? —le preguntó ella y él tuvo que inclinar la cabeza para poder oírla.

—No preguntes. —El se volvió hacia la pista de baile con la mano extendida. Cuando vio que no se la tomaba, se volvió hacia ella—. Vamos —le dijo—, tenemos que bailar.

Bella miró la mano extendida de Edward y luego hacia la pista de baile donde las parejas evolucionaban al alegre ritmo de la música. Parejas tomadas de la mano. Parejas abrazadas. Sólo con verlo, Bella notó debilidad en las rodillas. En esa sensación hubo algo que despertó sus sospechas. Entrecerró los ojos y los clavó en Edward.

—¿Y cómo vamos a bailar si me prometiste que no me tocarías?

El suspiró. No era un suspiro como los que ella con tanta frecuencia había dejado escapar desde que la besó. Era casi un suspiro de impaciencia,
S
e levantó las gafas para frotarse el puente de la nariz y miró a sus vecinos, que observaban los prolegómenos con una atención que distaba mucho de ser pasajera. Les dedicó una sonrisa que enseguida ocultaron las parejas que pasaban bailando junto a ellos.

—Mira —le dijo a Bella, acercándose para que lo oyera—, creo que deberíamos hacer una tregua, durante un tiempo, como mínimo. Mientras bailamos te contaré por qué.

El caliente roce del aliento de Edward contra su piel podía hacerla saltar por encima de cualquier precipicio, y estuvo a punto de hacerlo. Le erizó el vello de la nuca y erosionó su fuerza de voluntad. Por fortuna, Bella era tan buena como cualquiera agarrándose a un clavo ardiendo, y en esta ocasión lo hizo, demasiado orgullosa como para demostrarle que todavía vibraba como una cuerda de guitarra a causa del comentario de Edward respecto a las bragas de algodón

Pero entonces a Bella le dio por pensar que todo había sido una representación. La cena con los vecinos, el beso, su matrimonio. Recordó que Edward había demostrado mucho más entusiasmo cortando el césped que besándola. Miró a la pareja de vecinos y le pidió a Dios que encontraran otra cosa que hacer. Pero era imposible, seguían mirándoles, y se rindió con un suspiro. Pero su suspiro no sonó como el de Edward. No era molesta ebullición ni el augurio de un desastre. Sonó, pura y simplemente, lo que era, una rendición.

—Espero que tengas un buen motivo para esto. —Con una palmada, enlazó su mano con la de Edward y se encaminaron a la pista. Terminaba ya la primera polca, pero otra empezó al instante. Y como si se tratase de la cosa más natural del mundo, Edward le pasó la mano por la cintura y empezaron a bailar.

Bella tardó un minuto en pillarle el truco al un-dos-tres del ritmo de la música, y otro más en descubrir que no tenía nada que ver con ella. El, en cambio, era un experimentado bailarín y, aunque los pasos eran relativamente sencillos, ejecutarlos era tan difícil como hacer cualquier otra cosa por primera vez. Si Edward no la hubiese llevado, no habría sido capaz. Probablemente habría caído.

Cuando se sintió más cómoda, aunque no menos sorprendida, se atrevió a alzar la mirada que tenía clavada en los pies y descubrió que Edward la observaba fijamente.

—¿Sabes bailar la polca?

Edward la miró con esa expresión que hacía temblar a todos los ejecutivos que trabajaban con él.

—Tomé clases de danzas populares en la universidad —dijo con el mismo entusiasmo que un médico declarando el carácter terminal de un enfermo—. Si se lo dices a alguien, utilizaré mi influencia para que te trasladen a un lugar en el que llueva nueve meses al año y las cucarachas midan palmo y medio.

Pese a su tono de voz y al hecho de que probablemente podía ejercer ese tipo de influencia, supo que no era una verdadera amenaza. Bella bailó y saltó por la sala, y con cada nuevo compás su asombro aumentaba.

—No pensaba que pudieses bailar.

La sombría expresión de Edward se disolvió bajo una sonrisa que le hizo vibrar la comisura del labio.

—Seguro que tampoco pensabas que supiese besar.- le susurro cerca.

Bella puso los ojos en blanco. Era mejor que confesar que se había equivocado. Llevaba ya un tiempo sospechando que sabía besar de forma extraordinaria. Había pasado buena parte del verano fantaseando con ello, y la semana anterior había comprobado que la realidad era mucho más tentadora que sus fantasías.

—¿Eso es todo lo que tenías que contarme? —le preguntó—. ¿Ésas son tus confesiones? No me lo digas, déjame que lo adivine. Después de una semana entera eludiendo el asunto y fingiendo que nunca había ocurrido, has cambiado de idea y me has invitado a bailar para decirme que lamentas mucho haberme besado y que no volverás a hacerlo más.

—No. —Edward sacudió la cabeza. Un mechón de cabello negro le cayó sobre la frente.

—No, ¿qué?

—Que no se trata de eso. No, no es por eso por lo que te he sacado a bailar. No lamento haberte besado, y no prometo no volver a hacerlo nunca más.

—Bueno, y con eso todo queda aclarado, ¿no es cierto? —El corazón de Bella latía al acelerado ritmo de la música, pero entonces recordó que Edward acostumbraba a provocar ese efecto en las mujeres.

-Todo está relacionado con ellos —dijo el, observando a los vecinos por encima de la cabeza de Bella.

—¿Me has invitado a bailar por los vecinos?

—Es una larga historia —afirmó y, al ver que no se le ocurría cómo explicarlo, decidió ser sincero y claro—. Jasper me pidió que le enseñara a ser romántico, ¿sabes? Y yo...

—¿Jasper te pidió que le enseñases a ser romántico?

—Y como le dije que lo haría, porque no me quedaba otra opción, me he visto obliga...

—¿Jasper te lo pidió? ¿Que le enseñaras a ser romántico?

—Sí, ha estado observándome. Observándonos a los dos, en realidad. Así que, todo lo que hago contigo...

—¿Jasper? ¿Te lo pidió? ¿Que le enseñaras a ser romántico?

—¿No sabes decir otra cosa? —Edward chasqueó la lengua con impaciencia y miró a Bella. Las luces que destellaban contra la bola de espejos que colgaba en el centro de la sala se reflejaron en sus gafas, formando un frenético dibujo que la aturdió.

Pero entonces recordó que Edward provocaba ese efecto en las mujeres...

—Jasper te pidió que le enseñaras a ser romántico. —Bella se obligó a prestar atencion—. O sea que Jasper ha tenido que forzarte para que bailaras conmigo.

—Lo has pillado, ¿eh? — Edward tenía suficiente estilo para fingir incluso que estaba un poco avergonzado—. Bueno, lo que hizo en realidad fue animarme —dijo, como para disculparse—. Quería verme bailar contigo para saber cómo hacerlo con Alice. Se fija en todo lo que hago. No se lo he sugerido yo, ni nada por el estilo, pero supongo que hay personas que exudan un aura de romanticismo. —Al ver que Bella no contribuía a hinchar más su ya descomunal ego, prosiguió—: Nos está observando desde hace días y no deja de preguntarse por qué se nos ve tan poco románticos. Pensé que si no hacíamos algo, acabaría por sospechar.

—Así que bailas conmigo para que los vecinos no sospechen. —Bella quería que su afirmación sonase inteligente y petulante. Sin embargo, sonó decepcionada; no habría estado tan mal de no haber sido exactamente lo que sentía. Tal vez se debía a la alegre música, a la animada multitud que bailaba o al echo que la estaba pasando bien con el.

Pero la diversión no tenía nada que ver con la obligación y Edward la había sacado a bailar sólo porque se había visto obligado a ello. Bella se detuvo y miró a las otras parejas que bailaban a su alrededor.

—De modo que sólo bailas conmigo porque te has comprometido a hacerlo.

—Yo no he dicho eso.:—El tema terminó y la protesta de Edward se oyó muy fuerte. Bella apartó su mano de la de él y retrocedió un paso, pero antes de que tuviera tiempo de alejarse, la orquesta empezó a tocar otra tonada. No era una polca, era Smoke Gets in Your Eyes, y con el acordeón como instrumento solista sonaba increíblemente dulce. Edward volvió a tomarla de la mano y, antes de que Bella se diera cuenta, le había puesto ambas manos en la cintura.

—Baila conmigo Bella. —Ella notó que la invitación vibraba en el pecho de Edward y que esa vibración le recorría todo el cuerpo. Le hacía cosquillas en la oreja y se enroscaba en su interior como miel caliente.

Bella hizo un último intento de huida. Miró él lugar donde los brazos de Edward rodeaban su cintura y después alzó la vista y vio su cara de asombro reflejada en los cristales de sus gafas.

—Pero me prometiste que...

—Hemos firmado una tregua, ¿recuerdas? —Como para que no se le olvidara, la estrechó con más fuerza y, cuando ella entrelazó las manos en su nuca, le dedicó una sonrisa.

Tal vez fue la sonrisa —aunque Bella recordó que Edward provocaba ese efecto en las mujeres—, o tal vez habían sido sus caricias, la manera en que le recorría la espalda con los dedos, con un ritmo sereno como el de la canción. Cualquiera que fuese la causa, Bella sintió que se perdía. Se había puesto a bailar antes incluso de advertirlo.

—No está mal, ¿verdad? —preguntó Edward.

Bella sólo pudo contestar con un murmullo. Se acomodó al cuerpo de el y entrelazar los brazos en su cuello le pareció la cosa más natural del mundo.

—Me parece que en las fiestas de los Caballeros de Colón la gente no baila así —dijo el, y Bella siguió su mirada por el salón. Casi todas las parejas eran personas mayores que incluso los temas lentos los bailaban como habían aprendido en su juventud. La mano izquierda y la mano derecha, juntas. Los codos doblados y tan separados el uno del otro que en medio de ambos cabía la guía telefónica de Manhattan—. Allí hay un tipo con un tupé horrible, y nos está mirando.

—Pues déjalo que mire. —Por un segundo, Bella se preguntó si no habrían puesto algún tipo de droga en la cena. Sólo algo así podría explicar la sensación de aturdimiento que nublaba su cabeza. Al mismo tiempo, todo era como una ensoñación. Le pesaban mucho los brazos y estrechó más a Edward. Tenía las piernas como lastradas con plomo, lo que la llevó a ralentizar el ritmo de sus pasos; al ritmo de la música, rozaba el muslo de Edward con el suyo. Pasó los dedos por la parte delantera de la satinada camisa de el y éste dejó escapar un suspiro con el que demostró que no podía confiarse del todo en él para que llevase el ritmo—. Tendríamos que haber probado esto del baile mucho antes —sonrió ella—. A lo mejor, ahora seríamos más amigos.

—Pues yo lo he intentado.

—Nunca me dijiste nada al respecto. —ella no estaba dispuesta a tragarse aquella descarada mentira—. Al menos nunca me hablaste de este tipo de baile.

No era en bailar en lo que Bella estaba pensando, y mucho menos cuando Edward acarició con el pulgar sus costillas hasta la cintura. Ese roce vibró en toda su piel y los pechos le dolieron. Cerró los ojos y apoyó la mejilla en el pecho de Edward

—Lo que estás haciendo por los vecinos es estupendo. —Bella miró a Edward a los ojos.

—¡Oh, no! —La expresión de Edward pasó de la satisfacción al horror en una décima de segundo—. Eso acabaría con mi reputación. Además, la idea no fue mía, fue de Jasper.

—Bueno, fuese de quien hiera, la verdad es que funciona. —Se volvió para mirar a los vecinos, que bailaban ahora en otra dirección. Era evidente que Jasper aprendía deprisa. Tenia las dos manos en la cintura de Alice, como ellos dos, y Alice sonreía de oreja a oreja.

—Míralos. Ahora se les ve más romántico. ¡Alice es tan feliz!

—Y a ti también se te ve muy contenta.

El cumplido la pilló por sorpresa y la llevó a fallar un par de pasos.

—Bromeas, ¿verdad? —preguntó, cuando volvió a pillar el ritmo—. Claro que bromeas. Aunque te cueste creerlo, no soporto vestirme con fibras sintéticas. Trajes de lana para el trabajo, pantalón caqui y suéter para los días libres. No vayas a creer que... —Le dio un tirón a la falda acrílica azul —que esto me gusta ni me sienta bien. Parezco salida de una tienda de segunda mano cuyo propietario tiene un retorcido sentido del humor. —Un escalofrío le recorrió la espalda—. Se me ve tan anticuada...

—Sí —rió Edward —. Y yo parezco el extra de un teatro de barrio en el que se representa West Side Story. Hacemos muy buena pareja, o la haríamos, si me dejases contarte algo acerca de mí.

No fue lo que dijo sino cómo lo dijo. La miró de tal manera que ella tuvo miedo de preguntar a qué se refería. La sonrisa desapareció del rostro de Edward y sus ojos se ensombrecieron. Con una sola mirada, atrapó los ojos de Bella y ya no los soltó.

—Yo nunca bromeo —dijo Edward, en ese tono prosaico por el que ella sabía que hablaba en serio— cuando hago un cumplido a una dama.

—Gracias. —No sonó tan agradecida como le habría gustado, ni siquiera supo si sonó coherente. No fue consciente de si había tartamudeado. La sangre que se agolpaba en sus venas sonaba como un trueno en sus oídos.

Pero entonces recordó que Edward provocaba ese efecto en las mujeres...

Fue una reacción equivocada. Lo supo desde el principio. No tendría que haber permitido que un pequeño cumplido la hiciese cambiar de opinión, pero así fue. Tampoco tendría que haber estado bailando tan cerca del borde del abismo, pero a Bella no le importó. Edward la abrazaba. El corazón de él latía pegado al de ella y ambos estaban sincronizados al ritmo de la música.

—Esto de bailar está muy bien —dijo Bella con un jadeo y oyó que Edward le decía en un susurro que estaba de acuerdo. Él había apoyado la barbilla en su cabeza.

—¿Podrías acostumbrarte a ello? —preguntó él.

—¿A qué? —Bella no tuvo que detenerse a pensar en la respuesta. Sabía a qué se refería. Sabía que podía acostumbrarse a aquello y a mucho más y, por primera vez, reconoció que le gustaría probarlo. Se apartó un poco porque quería verle la cara y le dijo—: Claro que sí.

—¡Rose..Oh Rosalie! —Bella se vio interrumpida por un dedo que se le clavó en la espalda. Se volvió y vio a Alice, que parecía confundida—. ¡Estábamos bailando al lado de nuestra mesa y ha sonado un timbre en tu bolso!

—¿Quieres decir que el móvil de mi bolso está sonando? —Bella tardó unos segundos en descifrar el mensaje. Se soltó de Edward. Con la distancia, desapareció la sensación narcotizante y la lógica se apresuró a ocupar todos los espacios de su mente que, hasta entonces, habían estado vibrando de deseo—. Papa es el único que tiene el número, ¿qué querrá? —Corrió hacia la mesa antes de que Edward fuese capaz de especular sobre la respuesta.

—Dile a Charlie que muchas gracias por interrumpir lo mejor que había ocurrido hasta ahora —masculló entre dientes, cuando Bella ya se había alejado. Un comentario demasiado malhumorado, pensó. Demasiado sincero. No estaba seguro de si quería admitir la verdad ante Bella o ante sí mismo. No estaba seguro de querer afrontar los hechos por más que estos le hiciesen frente, le golpearan en el pecho o le cogiesen por el cuello de la camisa.

Desde el momento en que había tomado a Bella de la mano y la había llevado a la pista, la había deseado mucho más de lo que había deseado nada ni nadie en el mundo.

Ésa era la verdad, pura y simple; aunque, en realidad, de simple no tenía nada. Era cualquier cosa menos simple.

«Dile a Charlie que estoy en deuda con él por haberme sacado de algo en lo que no sé cómo me he metido.» Eso era más exacto. Era eso lo que tendría que haberle dicho. Y, sin embargo, mientras contemplaba cómo Bella se abría paso entre la multitud, se preguntó si eso era cierto.

¿Se alegraba de que Charlie los hubiese interrumpido? La mente le decía que sí. Su cuerpo le mandaba otro mensaje. Empezó a caminar hacia la mesa y, al mismo tiempo, intentó olvidarse de lo que el contacto con Bella había provocado tanto en su compostura como en su sentido común.

Cerca de la barra, un grupo de hombres que tomaba chupitos y cerveza se hicieron a un lado para dejarla pasar y Edward la contempló. El vestido azul era más anticuado que el demonio, el color no era del tono que mejor combinaba con sus ojos. La falda era demasiado larga y no realzaba sus bonitas piernas. El cinturón era demasiado ancho y grande y no revelaba su cintura, y el escote era demasiado cerrado y no dejaba nada al descubierto, nada interesante, por lo menos.

Y si todo eso era cierto, ¿por qué rayos disfrutaba tanto mirándola?

Edward no quería pensar en esa pregunta, la pasó por alto.

Cuando llegó junto a Bella, ésta todavía estaba sacando el teléfono del bolso. Lo abrió y caminó hacia una puerta marcada con un letrero de salida con una brillante luz roja. Aunque ella no le había dicho que lo hiciese, la siguió hasta allí y no se opuso.

—Aquí estoy, Charlie —dijo, jadeante. Se tapó la otra oreja con la mano, pues le costaba oír debido a la música. Cuando llegaron a la salida,Edward abrió la puerta de un empujón y se hizo a un lado para dejarla pasar.

Era un corredor muy estrecho con unas escaleras que ascendían hasta una puerta trasera. Edward se apoyó contra ella en un ridículo intento de que Bella tuviera cierta intimidad mientras hablaba por teléfono, pero era lo único que podía hacer y a ella no pareció importarle.

—Sí, sí, soy yo, papa? —dijo Bella en voz baja—. ¿Que qué era todo ese ruido? —Repetía la pregunta que le habían hecho desde el otro lado de la línea—. Música, Hanky los Magos de la Polca. Te lo explicaré en mi próximo informe. ¿Ocurre algo? ¿Por qué llamas un sábado por la noche?

Después de unos segundos escuchando lo que Charlie le decía, la alegría que había iluminado su rostro mientras bailaban desapareció de su expresión. Sus ojos se llenaron de sombras y se mordió el labio inferior. Después de escuchar durante un minuto, se había formado una V de preocupación en su entrecejo, por lo Edward que pudo oír, no eran buenas noticias.

—¿Estás seguro? —preguntó ella. Al parecer, Charlie estaba seguro. Bella asintió y formuló un par de preguntas más. Echó un rápido vistazo a la escalera y se situó en el centro del pasillo. Lo hizo con toda la naturalidad del mundo, pero Edward supo al instante qué se traía entre manos.

Lo estaba protegiendo, se estaba colocando entre él y la oscuridad que reinaba tras la salida de la puerta trasera. Por un segundo, se le ocurrió que podía apartarla y decirle que él podía cuidar a la perfección de sí mismo. Pero algo así no habría sido caballeroso, a decir verdad, y además ella podría habérselo recordado. Enseguida rechazó la idea. Bella se limitaba a hacer su trabajo, y lo hacía con tanta vehemencia como hacía todo lo demás

Cuando Bella terminó de hablar y cerró el móvil, Edward ya estaba en condiciones de hablar de cualquier cosa.

—¿Y bien? —Cuando Bella avanzó hacia la puerta, él no se movió—. ¿Qué ocurre? ¿Qué quería Charlie?

Como si intentase encontrar la mejor manera de expresar lo que tenía que decir, Bella se dio unos golpecitos en la barbilla con el móvil. Edward supo el momento exacto en que lo tuvo claro. Sus labios se fruncieron lo justo para parecer decidida.

—Han tenido controlado a Vulturi —dijo.

Pese al encuentro con el falso repartidor de pizzas que había querido matarlo en Nueva York, Edward nunca se había tragado lo de que había un matón a sueldo intentando dar con él. Era demasiado melodramático. Demasiado peliculero.

No lo había creído, pues no hacerlo era más fácil que pensar que el FBI se equivocaba. Más fácil y menos aterrador. Aun así, aunque nunca había creído que ese tal Vulturi le siguiera los pasos, lo que Bella había dicho le supuso un alivio y sonrió.

—Eso es bueno, ¿no? —preguntó.

—Era bueno. Podría haber sido bueno, pero has fallado en el verbo. He dicho «han tenido».

—¿Lo cual significa que ya no lo tienen?

—Exacto. —Bella inspiró con fuerza y luego espiró con un largo suspiro—. Lo vieron en Francia, cerca de Cannes, donde estaba amarrado el Crepusculo. —Edward recordó la expresión en la cara de Bella mientras hablaba con Charlie, la V que se había formado en su ceño a causa de la preocupación.

—No habrán herido a nadie, ¿verdad? Me refiero los agentes. No los habrán...

—No. —Bella rechazó su insinuación negando con la cabeza, lo que hizo ondear su pelo. Se colocó un mechón de cabello tras la oreja antes de proseguir—. Por lo que nosotros sabemos, ni siquiera llegó a acercarse al Crepusculo. Eso es lo que más ha preocupado a todos.
Edward no necesitaba que le contasen las cosas con todo lujo de detalles pero tampoco era demasiado hábil leyendo la mente.

—A ver si lo entiendo: todos estáis preocupados por que Vulturi no ha intentado hacer nada

—Exacto, Sherlock. —Bella cruzó los brazos sobre su pecho y se llevó de nuevo el móvil a la barbilla—. No sólo Vulturi no ha intentado nada sino que justo después de pasarse una hora en el puerto, controlando el Crepusculo, recibió una llamada telefónica.

—¿Y? —Edward se puso nervioso. Bella podía ser tan prudente como cualquier otro agente de la ley con el que él hubiese tratado. La prudencia era, sin lugar a dudas, una ventaja en esa profesión—. ¿Y qué ocurrió?

Bella se encogió de hombros, un gesto que respondía a la pregunta y expresaba parte de la frustración que sentía.

—Nada. No ocurrió nada —dijo—. Vulturi recibió la llamada, dio media vuelta y desapareció. Según dice Charlie, la vez siguiente fue visto en el aeropuerto Kennedy. Ha regresado a Estados Unidos.

—Y entonces nosotros estamos preocupados porque...

—Estamos preocupados porque eso puede significar que no hemos engañado a Vulturi.

Dicho esto, pasó junto a Edward, abrió la puerta que llevaba al salón y el ritmo um-pa-pa de otra polca llenó el estrecho pasillo. Hizo una pausa en el umbral y volvió a mirar a su alrededor, como si midiese la distancia que había entre donde se encontraban en ese momento y el lugar donde había dejado el bolso. Corrió hacia la mesa satisfecha, se colgó el bolso del hombro y tomó la mano de Edward.

—Vamos —le dijo, aunque era innecesario. Edward no conocía a nadie tan resuelto y firme como ella cuando tomaba una decisión. Tiró de él entre la multitud y cuando llegaron a la pista y Jasper y Alice se acercaron, los detuvo tomando a la mujer por el brazo.

—Tenemos que irnos —le dijo a Alice alzando la voz, para que pudiera oírle por encima de la música.

—¿Os marcháis? —Por un segundo, Alice puso cara de asombro. Luego miró hacia la puerta por donde los había visto desaparecer juntos unos minutos antes. Imaginó lo que tenía que haber ocurrido allí; la imaginación de Alice podía ser muy creativa. Un intenso rubor le subió por el cuello hasta las mejillas—. No pueden esperar a llegar a casa, ¿eh? —Le hizo un guiño tan significativo a Edward que éste casi se sonrojó.

Aunque el tuvo que admitir que la idea de que se marchaban tan deprisa a casa para poder acostarse juntos bastó para encender su propia imaginación, no bastó para disuadir a Bella. Le tenía agarrada la mano con fuerza y no estaba dispuesta a soltarlo. Sonrió ante la sugerencia de Alice y se dirigió a la puerta tirando de él.

Cruzaron la calle y pasaron ante la gasolinera.

Estaban ya cerca de la iglesia cuando advirtieron que todavía iban tomados de la mano.

Aunque siempre se le erizaba el vello en cualquiera de los puntos de su cuerpo que Bella tocaba, en esos momentos ella parecía no notarlo. Era obvio que tenía la mente ocupada en otra cosa. Ella estaba de guardia y, cuando Bella estaba de guardia, eso era lo único que importaba. En un minuto se percato de sus manos y la solto rápidamente encaminándose hacia la casa.

—Estás realmente preocupada, ¿no es cierto? —Era una pregunta estúpida y Edward lo sabía, pero después de todo lo que había tenido que aguantar, tenía derecho a formular preguntas estúpidas de vez en cuando—. ¿En serio crees que Vulturi...?

—¿Que Aro Vulturi sabe dónde estás? —pregunto rápidamente interrumpiendo sus ideas- ¿Quieres que te sea sincera? ¿O quieres que te cuente algo que no impida que duermas tranquilo esta noche? —Lo miró por el rabillo del ojo, al ver que no respondía, pensó que era lo bastante hombre como para querer sinceridad—. Creo que es imposible que Vulturi sepa que estás aquí —respondió ella—. Ésa es mi sincera opinión. Pero no sería tan sincera si te dijese que no estoy preocupada. Por ello, no quiero correr riesgo alguno y una fiesta muy concurrida y ruidosa me parece un lugar peligroso. En casa se está más tranquilo. Es más fácil tenerlo todo controlado.

—Y no perderme de vista ni un segundo.

—Exacto. —Bella le dedicó una sonrisa que se apagó en seguida, como la luz ámbar que destellaba cuando pasaron ante un restaurante llamado «Pequeña Varsovia»—. Lo que más me ha sorprendido es que Vulturi se tomase la molestia de seguirte hasta el Crepusculo para marcharse después.

—Pues es obvio. —Un escalofrío recorrió su espalda y se encogió de hombros para librarse de él—. Por la llamada que recibió. Alguien le dijo que no siguiera tomándose la molestia.

—Justo. Y conjeturando un poco más, yo diría que alguien le dijo que no se molestara porque ese alguien sabía que tú no estabas allí.

—Pero... —Edward se interrumpió al borde de una objeción.

—Pero nadie sabe dónde estás, ibas a decir —afirmó Bella.

—Sí, eso iba a decir. —Edward se negaba a culpabilizarse. No había nada por lo que debiese sentirse culpable. Bella no sabía lo de la caja de condones. No sabía que había utilizado la tarjeta de crédito. Esa información no encajaba en la ecuación. Además, si el cargo de la tarjeta ya habia llegado, quiere decir que si Seth lo había visto, todo eso significaría que...

—¿Estás bien, Edward?

Hasta que oyó la pregunta de Bella no advirtió que se había detenido en seco, como petrificado. Ella se le había adelantado unos pasos. Se volvió para ver qué le ocurría.

—Te has puesto un poco verde. No será por el chucrut, ¿verdad?

—No he probado el chucrut —respondió el sacudiendo la cabeza, pero mientras lo decía, no se escuchaba a sí mismo. Su mente corría a miles de kilómetros por segundo.


La idea de que Seth hubiese podido revelarle a alguien el escondite de Edward era de lo más absurda.Convencido de la lógica de sus argumentos y también de la amistad y lealtad de Seth Clearwather, Edward dejó de pensar en ello.

Si era cierto que Vulturi le seguía la pista, no podía correr el riesgo de que lo matase, en todo caso, no sin antes hablar con Seth.

Allí estaba en juego mucho más que su seguridad. Y ahora, más que nunca, era vital ponerse en contacto con Seth. Si no lo hacía, si le ocurría algo, nadie estaría en condiciones de salvarle la vida a Jacob Black.


*******
Pregunta: que tiene que ver Jacob Black en toda esta historia?. Sera Seth el topo que le ha avisado a Vulturi? que pasara ahora que ambos dudan de sus sentimientos?
Acepto ideas y consejos y comentarios
Besos
GRACIAS POR COMENTAR!
*NENY W CULLEN*

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